Pablo

DE PEDRO A PABLO

Intermediario: Ramiro Araújo Segovia

Recordado Pablo:

Debo contarte que estoy totalmente curado y el psiquiatra me dio de alta.  Ahora ocupo el lugar que me corresponde en el mundo, sin complejos ni condiciones.

Por supuesto, hemos despachado más de 50 sesiones de terapia y he tenido que cumplir tres o cuatro programas para cambiar hábitos.

Por una parte, estoy comiendo menos, sin seguir ninguna dieta en especial.  Simplemente he adoptado “la religión” de jamás quedar lleno ¡que maravilla! Lo segundo ha sido abandonar todo pensamiento de protagonista, pero de esto quizá te cuente luego, no ahora.  En esencia, se trata de acomodarte pacíficamente como sujeto temporal, pasivo, gozoso y razonablemente aportante, pero limitado a “un granito de arena”…… o dos, a lo máximo.  Hemos hecho un inventario de logros por los que debo estar satisfecho.  Y ahora lo estoy.  Este doctor es una gran persona.  Me siento contento por haberlo conocido.  Por último, he dejado de escribir historias.

El médico me dijo que sentir ganas de escribir y no tener nada que decir es perfecto y normal, pero que, además, en mi caso particular, ya he escrito mucho.  Sea lo que fuere, me ordenó dejar de escribir y renunciar al título de escritor que tanto me halaga.

Tu sabes quizá mejor que nadie, con cuanta decisión y arrojo me dedico a las cosas una vez que descubro un punto de interés, por lo cual estoy seguro de que entenderás si te digo que ahora he descubierto un nuevo enfoque vital: no escribir.  El doctor me felicitó por esta decisión.

Te lo voy a contar en forma clara, con una que otra anécdota intercalada cuando sienta que ello es preciso para que esta enriquecedora experiencia que estoy viviendo sea una fuente[1] para ti también.

Bueno, pero no me malinterpretes.  No pretendo negarte el gozo de la utilización del idioma, que de manera tan intelectual nos permite el ejercicio de escribir, ni generarte angustia negativa, no. Sigue pues tus rutinas.  Esto que te cuento es personal, muy mío.  Tanto, que si lo comparto es solo porque se lo inteligente que eres y que le puedes sacar provecho a todo.  Además, ya sabes, a pesar de que no volveré a escribir, no quiero que pienses que soy indiferente.

Los primeros resultados concretos de esta nueva tarea, de esta nueva forma de vida, son los siguientes:

A)  Cuando llegas a una cafetería ya no sientes la compulsión de sentarte solo a leer, ni te sientes en la obligación de sacar un trozo de papel para describir la relación que existe entre esos dos señores, la cual, está claro, se evidencia inefable por lo gestos lentos del uno frente al otro, sin que lo sean de comunicación, sino formas del trato presencial entre personas que ya han pasado mucho tiempo juntos y durante muchas etapas de su vida.  Me aceptarás que se comportan en forma diferente entre sí dos ejecutivos que han tenido que viajar juntos a un proyecto, después de 15 días de estar en ello, a como se comportan cuando se sientan a hacer negocios por primera vez, o a como lo hacen cuando están cada uno con su familia.  La gente que ha compartido celda durante un año sabe a que me refiero.

B) Si lees un libro y la brisa que refresca el rostro de algún personaje melancólico te abre la imaginación para otras brisas y personajes, ya no tienes la obligación de tomar un medio de escritura para perpetuar la imagen dentro de tus circunstancias y experiencia.  En esto hay, sin duda, una liberación fascinante que te hace sentir la levedad que te mereces y de la cual te habías hecho esquivo por fuerza del oficio de escritor, el cual, además, quería enseñorarte del mundo para controvertirlo al menos como posibilidad narrativa, que es una de las especies más antiguas de revolución, trueque y pasión.

Ya tu sabes, es aquello de no dejar pasar tranquilo un tren, sino apropiárselo para cambiarlo por una locomotora vieja, humeante, atestada de carbón, que se anuncia con unos pitos y resoplidos, pero que tampoco son concretos, sino que pertenecen a varias de las películas que has visto, en las cuales el paisaje suave de la pradera cercada por lejanas colinas rocosas, es atravesada, por imperio de quien sabe quien inspiración, por una delgada línea que pronto es asumida por la máquina descomunal dentro de la cual rápidamente te hacen enterar que viaja una noble y emproblemada rubia con un destino precisado exactamente por un esbozo estético en movimiento captado para ti como espectador.

Tampoco tengo ahora ese deber obsesivo de cuadricular el tiempo y la realidad para desdeñar algunos de los cubículos pero asumir otros con la osadía de un observador perverso, un voyerista, por mencionarlo así, y ubicar en él a los tres jóvenes que se ríen viendo como son requisados los viajeros que entran a la sala de espera de un viaje en avión y someterlos, a los cubículos, a un viaje menos denso en cuanto a parafernalia técnica pero un poco más poblado de niebla bajo la óptica de algún escritor que suele ocuparse en extenso de ese tipo de cosas humanas.  Un Saramago, propongo, que requiere de más de 10 páginas para una primera exploración sobre la forma como un señor de 50 años, jubilado, emigrante, llega a un hotel de segunda categoría, pero aún con dignidad y gerente y botones y mucama, y realiza algunos procesos propios de su educación, estudios y situación ante la sociedad, que no haría un muchacho de veinte años que llegase a allí para presentarse a la universidad a la que se ha inscrito.

Ahora puedo oír tranquilo, otra vez, porque de niño ya lo hice, que hay monjes recluidos en un monasterio y casi confinados a una celda de paredes gruesas de piedra antigua, como las de la prisión de Edmundo Dantés, Conde de Montecristo, que como trabajo se dedican a cosas esenciales y básicas, como labrar la tierra unas pocas horas al día y el resto del tiempo lo reparten entre leer despacio, muy despacio, algunos pasajes bíblicos o de autores escogidos por el fundador de la comunidad, tales como Teresa de Jesús, y a orar.

Digo pues que ahora puedo escuchar tales relatos sin iniciar de inmediato la exploración denodada de la historia detrás del monje o, por lo menos, de las penurias de quienes construyeron la edificación en la cima inverosímil del gigantesco peñasco al cual sólo podrá ascender quien tenga autorización de los allí congregados.  De seguro, diría el escritor, que en aquellas húmedas y oscuras habitaciones convivirán el líder que impone la sabiduría ascética por verbo o reciedumbre ejemplar y el inculto que se arrima por ignorancia o comodidad.  Y no solo diría, sino que de seguro emprenderá un viaje absurdo y estoico para acercarse a esas extrañas convivencias y salir de allí, dirá, enriquecido por la milenaria historia de quienes renuncian al mundo para allanar a otros el camino hacia Dios, pero también para aceptar un debate sobre si hay un Dios que requiere que le allanen a sus hijos el camino a su morada o sobre si hubo monjes tan ambiciosos que enterraron vivos a los superiores de alguna época para años después gozar de tesoros o conocimientos.

Porque recordarás los dibujos en relieve de los jarrones de arcilla o porcelana, en los cuales evidentemente se nos ilustra sobre cómo algunos de estos monjes de riscos inaccesibles ya practicaban el paracaidismo por los años 650 a 1110 d.c.

Tu abuelo, viejo lobo de mar, curioso siempre y atigradísimo, en su célebre libro “Aires de Ascenso y Descenso en la Antigüedad”[2] nos explica que esos paracaídas eran fabricados con cuero liviano de camellos y otras bestias apacibles de las cercanías, a los que sometían a ardides de montañistas para adelgazarlos de tal suerte que el cuero fuera casi transparente pero aceitado, con lo cual, al morir el animal, se destazaba con habilidad, se retiraban las vísceras y con los mismos huesos se trataba dicha piel o cuero, hasta darle la textura que convenía.  Después de recolectar entre una docena o veinte cueros de estos, pasaban los monjes a trefilar lianas húmedas de plantas jóvenes con tripas de aquellas bestias para lograr cuerdas flexibles, pero resistentes, para hacer con ellas el parapeto para el direccionamiento del paracaídas y también colgar de allí el arnés o sillín en el que descendería meditando el monje.

En los rollos antiguos de los historiadores más confiables de la época dorada del paracaidismo desde roca en el área de los monasterios griegos y turcos se consigna con precisión digna de todo crédito, que en las tardes estivales, cuando las campiñas aledañas a las breñas monacales gozaban de viento fresco y visibilidad adecuada se podían divisar hasta 40 monjes planeando cual “aves benignas” disfrutando la paz del más dulce de los movimientos hasta ahora clasificados por el hombre”[3]

C) Si encuentran que algo no responde a un razonamiento crítico, ni se acomoda a la lógica elemental, pero que, sin embargo, se impone por sobre cualquier intento de argumentación, ya no te sientes en la obligación de plantear una explicación no racional pero sí fruto de la credibilidad sentimental.

Te liberas, por tanto, de explicaciones sobre el silencio de la historia tradicional sobre el paracaidismo anterior a Leonardo Da Vinci y dejarás el campo a los antropólogos o historiadores que sabrán, de seguro y sin titubeos, pergeñar recias disquisiciones sobre la autenticidad de las ánforas con relieves y rendirán sus elucubraciones y, en una cita de pie de página polivalente y bibliográfica, dirán si los etruscos también volaron o no.

La diferencia, por tanto, es clarísima y nos coloca en una situación psicológica avanzada, libre de pretendidas creaciones, para dejarnos gozar del frío, o del calor, sin condicionamientos racionalistas.  Y te das cuenta entonces de que no es indispensable pasar de los monjes voladores a los ogros paracaidistas que se peleaban en el Medioevo con los dragones y los arcángeles por el territorio inhóspito de los reconocimientos populares.

Es apenas natural, y no debería casi nombrarse, que el no escritor es un ser humano comprensivo y relajado, sin pendencias esquizoides ni artificios inútiles.

Porque no te importa ya si el paracaidismo fue cantábrico o griego, porque, claro, las posibilidades se reducen a la autenticidad de unas ánforas no sometidas a la prueba del carbono 14.

D) Desde el punto de vista empresarial, por otra parte, el ambiente que tu aportas al trabajo es de colaboración, de “dar y recibir”, de tratos “gana, gana” y no de la tensión propia que generan los escritores con su egoísmo inconmensurable, que todo lo quieren despojar de un sentido comunitario para personalizarlo hasta el extremo de pretender entregar nuevas verdades, como si con la verdad de la existencia y sus dificultades no fuera ya más que suficiente.

Así, no solo es sano para el espíritu, sino beneficioso para a la comunidad abortar toda toxina distorsiva, a lo cual siempre conduce la enfermedad de los escritores.

Porque, además, no se conforman con registrar los sucesos y, si acaso, acompañar opiniones, sino que pretenden replantear la vida para insertar paralelas que nadie ha solicitado.

Está demostrado que generan mayor valor agregado y son más competitivas las empresas, económicas o de las otras, en las cuales los escritores se han logrado mantener a una prudente distancia.  A contrario sensu, se ha podido establecer que las organizaciones, sociedades, países y gobiernos, en los cuales uno o más escritores han permeado la realidad, se hacen confusas, inclinadas al conformismo y, sobre todo, mucho más lentas en salir de productos caducos o de larga maduración.

Es el caso, para citar un ejemplo, de la fábrica de cámaras fotográficas Catton Inc of Japan, la cual presentó índices de ventas y retorno de inversión destacados entre los años 1980 a 2.000, pero a partir de allí, cuando uno de los accionistas transgredió la disciplina de las actas y optó por la tal “creatividad” egoísta del escritor, todo ha tenido un crecimiento negativo.

Porque, en resumen, ¿qué necesidad tenía Otawaska de plantear en un cuento que el origen de la fotografía se remontaba a la época en que la energía de los volcanes estaba constituida por partículas inteligentes que reposaban dentro de la oscuridad de los aposentos de las cámaras fotográficas, pero que se reproducían en fotones, igualmente alegres, cuando la situación se exponía al ataque de la luz?

La empresa ha batallado desde entonces para demostrar que las células fotogénicas no existen ni son la mínima expresión de los nomos y duendes quisquillosos, pero la gente del común ha decidido detener sus inversiones en cámaras fotográficas para dedicarse a esperar si las minúsculas luminarias del imperio organizado del reino de la oscuridad logra conquistar a las huestes petulantes de la luz.

¿No te parece que hubiera sido más sensato haber incrementado las utilidades como era lo real y conveniente, que ensartar a los cuadros directivos en disquisiciones sobre los peligros o beneficios de que el país de la oscuridad triunfare sobre las evidencias de una luz hiriente pero atestada de parsimonia?

Pero claro, cometido un error de esta naturaleza la batalla se desata y por más que se expidan medidas restringiendo o, incluso, prohibiendo el uso de armas en batallas intra cámaras, todos los implicados, ejércitos y portadores, quieren ser mensajeros del bienestar y, en consecuencia, esto no genera crecimiento sino molicie y debilidad.

Como capítulo aparte te puedo contar que en la sesión de terapia No. 33[4] , que se desarrolló, por recomendación de la enfermera auxiliar No. 2 del doctor en el sitio Punta Canoa, sobre el Mar Caribe, en cercanías de Cartagena de Indias, el doctor y las enfermeras decidieron como forma de terapia para ayudarme, relatarme a varias voces las penalidades que ellos, como grupo, habían pasado frente a la sociedad por presentarse como equipo sentimental en un congreso al que fue invitado el doctor.

De hecho, los organizadores no aceptaron que mi psiquiatra apareciera con su esposa y siete enfermeras, todas lindísimas, provocadoras y semi desnudas, como la empresa Horacia, Veleta, Cornisa, Pedagos, Arsenio, Comala, Medida, Mackhete y Sodarno Asociados, ni, por supuesto, concedieron al doctor el pedido de que se les asignara a todo el grupo un solo cuarto con una cama muy ancha en la que pudieran descansar y dormir todos juntos en cualquier momento, por razones de la conferencia y el trabajo que habían preparado y cuyo vídeo entregarían a los asistentes del congreso.

De hecho, en vez de sentarse a la mesa uno al lado del otro, como es lo usual en los congresos, llevaron una silla armable en la que se podían acomodar uno arriba del otro y, con un artificio de poleas y adminículos electrónicos podían lograr que el doctor, durante el almuerzo, según los requerimientos de la conversación, pudiera cambiar de puesto en la torre.

Uno de los asistentes se abalanzó con un hacha a destrozar la estructura de la torre y fue necesario que quien ocupaba la parte alta soltara sobre el atacante una bola de acero que se mantenía siempre en la parte superior de la torre junto con dos litros de aceite hirviendo, para utilizarlos a discreción en este tipo de situaciones.

La potala fue decomisada y el aceite se destinó a la cocina del hotel y los heridos fueron trasladados a donde pertenecían.

El doctor y las enfermeras, que son gente seria y madura no dieron declaraciones a la prensa escrita ni a la radio y, como era de esperarse, el asunto, en cuanto cotilleo, languideció sin demasiada motivación.

Para que tengas una idea, imagínate que en cada sesión de terapia había diecisiete o dieciocho sucesos de originalidad y sustancia similar de los cuales uno podía hacerse partícipe o no sin ofender a nadie.

En otras sesiones había música, cigarros y laxantes, por los poderes curativos de la limpieza del estómago, o películas, o monólogos.

En cuanto a los ejemplos que pueden destacarse, se citan en la literatura especializada[5] casos como el de Panchini, escritor Cuenqueño, quien se liberó de contar que en los Altos del Cachimir vive un señor al que el pelo le crece a una rata de metro por día y a la señora de metro y medio también por día y que entre los dos abastecen cómodamente el único almacén de artesanías de cabello humano que funciona en Perú, porque, además, tienen variedad de producto, en la medida que no es el pelo de la cabeza el único que les crece con esa feracidad,  sino que también lo hace así el de las partes, las piernas, las axilas y la nariz.

Bueno, ya me despido. Salúdame a los tuyos.

Pedro.



[1] He dicho “fuente”, sin explicarte de qué, porque en estos meses he aprendido que ofrecer a otro una fuente, así no sea de algo en especial es maravilloso, útil y poético.  Por supuesto, no soy ajeno a que tu tesis de grado fue sobre la inspiración poética de Sor Juana Inés de la Cruz.  A propósito, te recomiendo le libro “La fuente y la Ventana, Experiencias Paralelas”, de Guy de Fragavachtecour.  Ya sabrás porque lo hago.

[2]Editorial Bonniutu, Lima, 1968

[3] Papeles de la tradición monacal.  Segundo sótano de la abadía de Trepabonita.

[4] Tengo todas las sesiones debidamente redactadas, foliadas y con índices generales, por materia, con citas de pie de página y resaltadas con tinta roja, en especial los aspectos más emocionantes.

[5] Se puede consultar variada y extensa literatura en la obra “Variada y Extensa literatura sobre casos relevantes de beneficios comprobados en Escritores que dejaron de escribir por recomendación psiquiátrica interactuante.

-VAJEXLISOCAREPBECOMENESQUEDESCRIPORECPRINT -, — VASINT–,

Tacronet, Viscorov K., Edit. Poush, Saravejo, 2003.  Reproducido con licencia reg. 14781012. C4T2 por la Universidad de Cataluña Departamento de Varios.  2004.  Traductor:  Malinkor Pérez H. (Lic. 47 MinRel. Exteriores de Colombia)

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