Sermón de la misa de Ayerbe-Caribdis.

Le pregunté al predicador qué le pasaba, que por qué parecía arrancarse la Bolonia y esto me contestó:

No sé cuántos nuches caben en la pelambre.

No sé cuántos ácaros intransigentes se meten en mis pies desde los hediondos pisos comunitarios de las pensiones decadentes desde donde escribo.

No tengo idea quien lleva la estadística de las pequeñeces nano tamañas que anhelan comer mis despojos. Yo solo me rasco y me prescribo. Es decir, nosotros somos el microbio que desvela a Dios cuando se desvela y envía a que le compren gasolina para echarse en los pelos urticantes.

Retiro lo dicho, es una broma. A dios no le da rasquiña, lo dijo Pablo en una cueva pulgosa, donde asediado por los insectos se percató de que la Apocalipsis entraba en reversa e iracundo maldijo a todo bicho y predijo la sarna eterna como castigo a la existencia.

Son estas sandeces las que oscurecieron a Zaratrusta, otro hijo lleno de chacras mal olientes, que murió asfixiado por un pedo esquizofrénico de un alacrán parasitario.

De Adan no escribo porque me matan, pero cómo sería de lombricero, que resolvió que en el cielo cada uno tendría dioxogen y curitas; cuánto diosecito maricón que se rascan el orto con las uñas después de quitarle el cutre a los caballos.

Multitud estereotipada e insulsa que se reúne en los sagrados templos a escarbarse la pelambre como cucaracha en madriguera, con el desespero de quien no resiste el épico embate de miniatúricos cabezones que se les meten en la faltriquera.

Desgraciados rascachines sucios de meaos, yo os maldigo insípidos sabiondos anhelantes de poesía; cumbiamberos repelentes, bomberos amanguerados, políticos dicharacheros, os digo que os atengáis y predigo que los ácaros sacarán vuestra mollera y se os caigan las orejas por no lavaros las manos antes de esparciros miel de abejas en el Triángulo de las Bermudas.

Amén.

…0…

Apreciado:

¿Esto es lo que haces?

Aprovecha el tiempo desgraciado.

Simón Barberi

De acuerdo, lo retiraré.

Inesperado verso citadino y su injusta crítica.



Poema en el que se le canta a la ciuadad

La ciudad que recu

Pero.

Ahora que Transmilenio

Que café tomo

Que varilla verde

O amarilla

¿A dónde va?

A la 63

¿Con rima?

No, es verso

¿Es libre?

Es urba

NO

Es homenaje

Volvió el frio

Como es campamento

Es el río a descansar

Policía vigila

Monocorde alcalde

Progreso pleno

Abril no escatima

El esfuerzo

Se diluye la presencia

Nadie se impone

Televisión miraron

Unos sí

Otros trabajaron

Se baja la señora

Se sienta la monjita

Frunce el caballero

Sin sombrero, que no se usa

Saco sí

Abrigarse toca

El de los esferos los vende

No es ruta musical

Los compositores van en especial

Un café, una libreta

Antes de rezongar

Good Year ¡Cuánto te debemos!

Transportar y deslizar

Belleza rara

Motor y librería

Debéis caminar

La ceja alzada

Todo igual, todo cambia

Nevera y celular

Ansias de llegar

No todos

Habitante hay

Hordas caudinas

Griegos y latinos

…0…

Apreciado Ramiro:

Muchas gracias por compartir tu bellísimo poema y las fotos artísticas. Estoy seguro de que tienes una percepción innata de la belleza oculta en los quehaceres citadinos y nos revelarás un mundo inexplorado.

Si me lo permites, integraré esta obra a una colección de artistas nuevos que he venido promocionando, porque me llamó profundamente la atención la cautela idiomática y el respeto por el espectador, que no ha de sentirse manipulado ni acosado por el autor a pesar de la fuerza misteriosa de la creación. ¡Por Júpiter que lograste llegar a la esencia de lo que hacía falta!

El pasajero de Transmilenio podrá estar físicamente cansado y agobiado, quizá tenga picazón o sarna, pero nunca se olvida de su condición de trashumante, la cual rescatas con claridad universal.

No es requisito el encuadre o la luz, ni la exquisitez piscélica, tampoco la ridícula rima. Aquí se trata de ser arte cardánico en cuánto comunicación entre el alma humana y el espectador. Te felicito y quedamos en sintonía para una entrevista en el programa que lanzaremos en los próximos días en la emisora.

Sería bueno ver más fotos.

 

José Celestino

La Voz del Amparo

El Amparo, provincia libre de la región.

 

…0…

Apreciado señor:

Sinceramente creemos que su obra no corresponde a los estándares de esta editorial.

Le recomendamos inscribirse en una carrera afín a sus tendencias, a efectos de enmarcar sus ansias de crear en un enfoque literario creíble y estético. Incluso podría hacer un curso intensivo en un instituto de garaje.

O quizá tenga usted algún pariente que lo pueda orientar.

 

Cordialmente

 

Ernesto Caughnhat

Divulgación Literaria

 

…0…

Rami:

Realmente no entendí nada. Creo que estás confundido, no toda sucesión de palabras y fotos es poesía ni creación.

Sigue tu profesión de leyes en la que entiendo que eres más o menos bueno.

No tomes esto a mal, pues si hay alguien que te aprecia y respeta soy yo.

Por favor no envíes las fotos.

Segueler Arjauz Segur

 

…0…

Hola doctor Araújo.

Gracias por compartir, interesantísimo.

Un abrazo

…0…

Viejo Rami:

Usted sí sabe cómo es “la movida” con el arte contemporáneo. He visto cosas más horrendas y vulgares que han trascendido a “Pop de Art”

Un abrazo

Benjamín Sastaque Usme

…0…

 

Querido amiguito:

Le mostré la obra a mis compañeros de oficina y se “totiaron” de la risa.

Un beso.

Las fotos no llegaron.

Katya Cat Unga

…0…

Apreciado maestro:

El Consejo Editorial considera que si cambiamos un par de palabras al poema y le damos un poco de color a las fotos estaremos listos para publicar en el próximo número. ¿Nos autoriza?

At.

Sergio Stick Diet

El Pasquín de las Esquinas

…0…

Nota:

Como podéis apreciar, dilectos seguidores, el último poema ha resultado controversial. Por lo tanto, dentro de nuestra filosofía de sencillez aplicaremos aquello de que nadie es más porque lo alaben ni menos porque lo vituperen y le daremos al trabajo un lugar dentro de la ya extensa producción de autor.

A quienes se han despachado en denuestos por las redes sociales les advierto que: i) nada de lo que se diga contra el autor o su poema es un argumento para juzgar la creación artística; ii) nunca hemos admitido plagio ni tenemos necesidad de hacerlo ahora; iii) las influencias ¡quien no las tiene! son los más grandes maestros de la lírica y la fotografía contemporánea; iv) no opinamos que Gustavo Adolfo Beker sea el rasero de comparación, pero tampoco admitimos los calificativos de “payaso”, “inescrupuloso”, “ofensor de las letras y la  imagen”, “necio y desocupado que por hacer un recorrido en Transmilenio ahora se cree “la quinta teta de la loba” (¿Cuántas debe tener una loba?). En lo de que “se vaya a descansar y deje de escribir  pendejadas” no nos pronunciaremos, pero les estamos haciendo llegar otras opiniones menos pendencieras y las a “favor del bellísimo poema y las fotos artísticas”

Como anexo publicamos todas las fotos, es decir, las que acompañan el poema en su versión original y otras de airplane de los grandes.

El Editor.

 

Gusano, mi amigo

Gusano bajo la tierra, dormido o no, ahí está, ¿qué le digo?

¿Tomas café con leche?

Lo que me contesta es que él está ahí. Bueno, le digo, pero el frío, la tierra, el sol, los enemigos, el futuro, ¿cómo te aproximas a todo eso?

  • ¿!……!.. ?

Entiendo, tú estás ahí. Me desagradas ¿sabes?

  • …….

Es que estar ahí para mí es difícil. Porque debo estar quieto e incómodo, necesito el “pasar del tiempo”, no se “estar sin tiempo”. Un tic, tac, algo que se mueva y, además….. la incomodidad, el frío, los dolorcitos.

  • ¿……?

El miedo a la quietud de una camilla, de un tomógrafo, cosas así en las que solo se puede pensar, si acaso, pero asediado por imperceptibles incomodidades. Un poquitín de frio en la espalda, algo de saliva en la garganta, un arnés que aprieta el estómago y no deja respirar a plenitud, el pensamiento sobre el tipo al que metían en un gran toro de metal y le ponían una hoguera abajo para que se quemara poco a poco, o la posibilidad de que el tomógrafo se contraiga y te aplaste poco a poco.

Por supuesto, al sexto día puedes incluso dormir … pero ¿qué tal que se te olvide inhalar? No, la verdad, si todo empieza a parecerte cómodo ya el tiempo no importa.

¿Será que me estoy refiriendo a la agonía potencial?

  • ….

No, no digas nada, tú estás ahí, ya lo sé. Pienso si el santón de la India se pasaría igual todo el día viendo lejos si lo metemos en no, no en una nevera pero sí en una caja fría, ¿qué opinas?

  • ¡……!

Si no me explican cuanto voy a estar quieto, un poquito incómodo, no me siento totalmente tranquilo. ¿Debería? ¿Todos somos algo hipocondríacos?

¿Es esto?

Tú no sabes lo agradable que es sentirse a gusto con el cuerpo.

  • ¿¡……!?

Salir por la mañana y gozar del viento, o del sol, de la frescura del ambiente, de respirar y soñar con lo que harás………..

  • ….

En la ciudad, sí, también puedes interesarte en los olores, aunque yo no sea mucho de oler, no importa, los aromas, el olor, que no, no implica siempre “mal olor”, sino que son los matices del aire.

Sentirte delgado, que puedes contraer un poco la barriga y sentirte físicamente muy bien, como los Kung Fu de las películas, sentir que tus pasos son ágiles, que tu desplazamiento es maravilloso, que eres fuerte, que podrías ir de cacería …………. de gusanos ……….

  • ¿¡……!?

Y de otros animales, o también recolectar frutos y verduras para alimentarte y continuar sano, contento y cantar

  • ….

O silbar.

La cuestión es que allá en el fondo hay incertidumbre, pero, como piensas, divagas, entonces te “entregas” a lo indefectible y, para el resto, te apertrechas psicológicamente.

  • ¡….. ¡

Es el gozo vital y la tranquilidad filosófica ¿entiendes?

  • …….

Bueno, quédate ahí.

Para leer en compañía de un adulto responsable. Violencia y sexo.

Para Luis Vargas, como regalo de cumpleaños. Oct 2014

 

“Hay momentos en la vida en que uno tiene que aceptar sus responsabilidades y saber cuáles son sus verdades”, dijo ese señor a su nieto.

 

Ana asintió casi que sonriendo, mientras pasaba por quinta vez una toalla de papel especial sobre mi cabeza para secarme el sudor y continuar con el corte de cabello. Me había parecido amable, lúcida, perfeccionista, buena persona y, por lo tanto, digna de confianza.

 

La situación no estaba enmarcada dentro de ritualidades y era un simple suceso cotidiano, intrascendente, pero, quizá por el hecho de que en unas 2 horas yo estaría ante un juez de la república defendiendo una causa en la cual debería primar “la verdad” de alguna de las partes y ser reconocida por el ministro de la ley a través de una providencia dictada en uso de funciones legales y constitucionales, o al revés, dependiendo de la teoría que sobre tan enorme cuestión reposara en la formación profunda de su señoría, joven agresivo, parco de palabras, directo y antipático. Por estas circunstancias, digo, algo en mi interior me ordenó… no, algo en mi interior me hizo decir la verdad ante la pregunta de Ana: ¿cómo se hizo esa cicatriz en el pómulo?

 

Fue hace quince años, Ana. Un pez saltó del agua a gran velocidad y me golpeó de refilón dejándome un poco atontado y chorreando sangre, aunque en ese instante no fui consciente del golpe, porque a una milésima de segundo del contacto con el pez, otro más grande, de metro y medio, grueso, pesado, interceptó al primero y lo agarró con sus mandíbulas, pero, antes de que este segundo animal cayera al agua a babor del kayak, un tiburón de cuatro metros y veinte centímetros, negro, de mediana edad, atlético sin duda, mañoso, sabido, de malas pulgas, salió justo debajo de mi brazo cacheteándome fuerte el codo con su cabeza y capturó al segundo pez, yendo todos a caer parcialmente sobre la proa del kayak, el cual se zarandeó y habría volcado, si no fuera porque al salir el tiburón y tropezar mi codo, mi cuerpo giró violentamente hacia estribor, lo cual habría conducido a un volcamiento hacia ese costado (Incluso creo recordar que buena parte de mi brazo derecho estuvo sumergido) pero esa inclinación fue corregida por el peso parcial de todo este animalaje que rozó la proa hacia babor, dejando equilibradas las fuerzas e impidiendo la volteada.

 

Por supuesto, dije, quien no ha visto salir un pez de doce kilos a veinte kilómetros por hora, o a treinta, o a toda velocidad, y ser capturado por otro de cincuenta kilos, o de sesenta, o de setenta, a toda velocidad más un factor indeterminado que le permite alcanzar al otro, y no ha visto tampoco a ese conjunto de sesenta y dos a ochenta y dos kilos ser mordido y asegurado tiburónicamente, por supuesto, por un escualo de tonelada y media de peso que sale del agua agitada a toda velocidad más un factor más uno, más otro, no sabe de qué estoy hablando, pero, como no lo sabe, por eso se los cuento.

 

La imagen, para ser claros, es casi todo un tiburón (no se le ve la cola) cuya cabeza finaliza con la punta de la nariz sobre un pez de más de cincuenta kilos al que solo se le ve la parte de atrás del cuerpo, dado que la parte media se confunde con la mandíbula y dientes del tiburón (lo cual captamos para la imagen imborrable en un ángulo de 125°) y debajo de ese conjunto macizo y aterrador, se ve el cuerpo herido del primer pez, de seguro sin vida, cayendo al agua. El resto ya no es imagen, sino algo más bien fílmico, es decir, la cola enorme del tiburón y el splash y las burbujas, sobre las cuales pasa el kayak. Porque parece que mi reacción fue remar para asegurar el equilibrio. No, por cierto, créanme, para huir de la escena, porque todos sabemos que lo que se sumerge, si está vivo, no necesariamente conserva la dirección de sumersión, salvo en el caso de los submarinos[1], por razones de su poca flexibilidad y por la cantidad de comandos que deben intervenir para un cambio de dirección[2]; pero los animales son diferentes, dado que ellos tienen su propia idiosincrasia e instinto.

 

Pasado el sofoco y restablecido el rumbo, antes realmente de atemorizarme[3], sonó el celular que llevaba en la bolsa de adminículos y bebidas, al cual dejé sonar por un rato indescriptible, poco contable.

 

Cuando entré en la rada, ya sin el bamboleo de las olas, volvió a sonar. Era Tina, para decirme que Shark se había ahogado en un extraño accidente de buceo al sur de la isla. Le pregunté que cuándo y me contestó que hace muy poco, que Delio la había llamado hacía 20 minutos. Quedé consternado pero traté de calmarla y le dije que yo estaba precisamente en la zona de buceo, al sur de la isla y que trataría de encontrar a Delio. Realmente no sé qué más pasó ni que nos dijimos, porque en ese momento, como por un gesto reflejo, miré el celular y descubrí que la llamada que había recibido después del suceso del tiburón era de Shark, quien había dejado el siguiente mensaje: “¿Cómo te pareció esa captura? ahora sí estoy seguro de ser el mejor tiburón de Las Américas.” El teléfono coincidía, pero me extrañó porque sabía que Shark nunca lleva celular a sus jornadas de buceo porque confiaba en el de Delio.

 

Cuando llegué a al barrio todo era confusión y ruido, gritos, palabras, teorías. Altisonancia mortuoria, tristeza, perplejidad. Tina me dijo con una voz que más parecía un hilo que otra cosa: “Cómo es la vida, viejo Rami, recibí la noticia en el celular de Shark…” ¿Cómo? Pregunté exaltadísimo ¿No lo tenía él consigo? No, me contestó, nunca lo lleva a bucear, tú sabes. No fui capaz de contestar cosa alguna, pero apenas pude me retiré a un rincón y consulté el número de la llamada. No había duda, era del teléfono de Shark. Le pedí a Tina que me prestara por un momento el teléfono y vi las llamadas realizadas. No había duda alguna, de ese teléfono había salido la llamada post tiburón atrapando pez de cincuenta o más kilos, que a su vez había atrapado un pez de 12 kilos.

 

Sin más, decidí poseer a Tina, a lo cual no se opuso. La abordé desde atrás agarrándole la panocha de manera contundente. Respondió con un aullido vital y se inclinó hacia adelante regalándome generosa ese culo paradisíaco y soberbio por el cual más de una vez había tenido eyaculaciones en altamar. La había visto por primera vez en la plaza de Getzemaní tomando fotos de forma harto desenfadada y pornográfica. Porque ella se metía un pequeña cámara fotográfica en la cuca y, cuando descubría una escena que le parecía gloriosa, se levantaba la falda, se bajaba los calzones, doblaba las piernas, echaba hacia adelante las caderas y se metía un pedo, con lo cual lograba obturar el mecanismo para tomar la foto. Acto seguido, con gran naturalidad, se subía los calzones, bajaba la falda y seguía como si nada. Era bellísima, sensual, siempre así, natural, espontanea.

 

Ana preguntó: ¿Se metía un pedo? ¿No sería más bien que se lo tiraba? A lo cual respondí: “No, se lo metía” Y el abuelo de la otra silla, el que estaba con el niño preguntó: “¿Cómo así? Es que ella, respondí, tenía esa virtud. Con un movimiento sensual, gracioso, de buen gusto, relajaba el trasero, lo expandía, hacía temblar sus suaves y bien templadas nalgas y de inmediato apretaba echando hacia adelante todo aquello como si estuviera haciendo el amor, con lo cual, según me explicó alguna vez, hacía entrar aire, por cuya virtud trasladaba a la vagina una presión suficiente para tomar la foto.

 

Eran otras épocas. En estos días (los de los peces) vivía con Shark. Le pregunté si ella había hecho la llamada, a lo que dijo que no y cuando le mostré los registros se puso a llorar a mares. Cuando se calmó se dio una ducha y salió así, sin vestirse, caminó hasta la orilla debajo del puente y se fue metiendo en el agua. Antes de iniciar el nado volvió la cabeza, me hizo un gesto de adiós con la mano derecha y partió con determinación para nunca más volver.

 

El niño, con una voz muy especial preguntó: ¿abuelo, por qué el señor poseyó a Tina? Porque es un relato de animales, contestó, entre los animales poseer es natural, no pecaminoso. De hecho, muchacho, los hay que para dar el pésame en vez de las palmaditas que se dan los humanos, se echan un polvo. Y Ana intervino: “Pero según National Geographic los tiburones no copulan, no son tan arrechos.” Eso dicen, pero en realidad nadie sabe que hacen los tiburones más allá de doscientos metros de profundidad donde nadie los ve, remató el abuelo.

 

Pagué y di las gracias. Ana, el niño, el abuelo y yo intercambiamos algunos pelos y quedamos de charlar en la próxima peluqueada.

 

Caminé liviano, recordando los sucesos de hace 15 años, con la tranquilidad de haberlos compartido con gente común y corriente que no le harían mal a nadie con esa información, como debe ser.

 

Fin.

[1] Qué en sí mismos no están vivos, pero que, salvo excepciones no adecuadas como comparación en este relato, llevan dentro de sí seres vivos, casi siempre con rango militar.

[2] Primero el contramaestre le informa al capitán que hay un obstáculo adelante, luego el capitán pregunta que a qué distancia de choque, el contramaestre responde que a cien brazas y el capitán pregunta al jefe de comandos sobre la posibilidad de cambio de rumbo inmediato, a lo que este oficial contesta que “estamos libres de coordenadas”, a lo cual el capitán grita: “a babor, a babor, hacia arriba, hacia arriba, rápido, rápido”, a lo cual el el comandante de rumbo grita dirigiéndose al marinero que tiene el micrófono, o el computador, depende, “a babor, a babor, hacia arriba, hacia arriba, rápido, rápido” y 2 o 3 segundos después el oficial o marinero asignado inicia la maniobra y el submarino pasa a 2 milímetros del obstáculo. Los peces son muy ágiles, los submarinos no son ágiles, su poder no radica, no consiste, en la agilidad sino en otras cosas, todas o casi todas, relacionadas con logística militar.

[3] Asustado ya estaba, pero lo de atemorizarse viene después, dado que en una cuestión intelectual, no instantánea ni inconsciente.

Novedades

Ambientación fotográfica: ver fotos en documento anexo: «fotos» Enero 18 de 2.016

 

NOVEDADES DEL NUEVO AÑO

 

Es muy extraño y poco factible, a decir verdad, que alguien presencie algo tan poco usual y aparatoso como lo que pude presenciar desde las 2:40 p.m. de hoy, 18 de enero de 2.016 en la calle 116 Bis con carrera 7ª., costado oriental, justo donde se inicia la zona de ventorrillos del mercado de las pulgas de Usaquén.

Voy caminando con dirección norte y escucho un aleteo como de sábanas o de velas sueltas al viento, me cubre una sombra fugaz y, al levantar la vista, veo una barahúnda atropellada de colores y artefactos que aterrizan en desorden sobre una escultura que en esencia son unas lanzas de afiladísimos triángulos que apuntan hacia el cielo.

Debajo de todo este aparataje, que se va comprendiendo que es un parapente con su tripulante, se oye un grito de auxilio. Caen numerosas gotas de sangre que conforman un hilillo hacia la calle. Por supuesto, en muy poco tiempo hay varios vendedores de mochilas y gorras que empiezan a actuar para prestar ayuda al autor de la gritería, cada vez más aguda y angustiosa.

Yo también, por supuesto, asumo la actitud corporal de quien está dispuesto a ayudar. Pero no hago cosa alguna en concreto aunque creo haber exclamado ¡qué barbaridad! ¡Ayudémoslo! Y otros exclaman: “¡Ojo!, retírele el sleeping, cuidado con la cara, ¡no, no lo jale de ahí!” Y él: “gracias amigo, estoy bien, pero …. ¡No, no me mueva la pierna! “¡Está enganchado! ¡Llamen un médico ¡ ¡Una ambulancia! ¡Qué paso?! Mucha sangre, todo el ropaje está rojo.

Un rufián pretende robarle el altímetro y la brújula. Un personaje lo detiene y recrimina. El rufián abandona la escena.

Llega la policía: “desalojen, desalojen” y, hasta cierto punto se diría que desalojamos, pero se siguen escuchando los alaridos. Llegan los paramédicos[1] y le toman los signos vitales al navegante, que está muy mal. Grita. Diagnostican que por la forma como quedó sobre las alabardas no es posible jalarlo en horizontal, tendrá que ser removido desde arriba, o mejor, hacia arriba. Pasa un gato a husmear la sangre; por ahora no hay perros.

Alguno trata de pararse acrobáticamente sobre la escultura para sacarlo. Pero es evidente que puede caerse y quedar engarzado por mala parte. Además, tendrían que ser varios igual de arriesgados. La cosa no pinta bien. Además, las cuerdas y la vela del parapente, ya bastante desgarrada, incomodan sobremanera toda la operación que, diríase, es algo sub real, casi absurda.

Un policía corta cuerdas, hace un paquete grande y pesado y lo mete dentro de la patrulla. Nadie se percata. Yo, porque ahora lo recuerdo.   Exclamaciones: ¡Una grúa pequeña! ¡Se necesita, por Dios, una grúa pequeña! El hombre grita, jadea, pero la sangre ya no brota. No a borbotones, ni de otra forma. Diríase que no va a morir.

  • ¿Tendrá afectada la yugular?
  • No creo, habríase desangrado, tío.

Grúa pequeña no hay, pero alguien dice que quizá una de las grúas enormes, ciclópeas, de la construcción de la esquina podría servir. Un policía sale hacia la construcción, pero camina despacio. Los paramédicos le tienden una manta encima y, para calentarlo, encienden debajo un reverbero que ha ofrecido la señora de una tienda cercana.

  • No lo dejen morir, noo!! , exclama un alma buena.
  • Ayayay¡¡, grita el navegante.
  • Que el que maneja la grúa salió a la tienda a tomar gaseosa, pero que no demora, informa el policía. Llegan 2 patrullas más.
  • No dejen entrar los perros, grita un teniente.
  • ¿Qué pasó? Me pregunta uno
  • Que un parapentista se enganchó en la escultura y está grave.
  • ¿Cómo?
  • Calculó mal el aterrizaje.
  • ¿De dónde salió?
  • De la montaña, no hay duda. Quizá estaba pagando una promesa.
  • Como los que suben de rodillas a Monserrate?
  • Sí, pero en parapente.

Le han puesto suero, un respirador artificial y hay tres personas de medicina y algunos policías, todo diríase controlado. Al filo de la media noche hay unas poderosas lámparas y ha llegado la familia, todos muy conturbados. Ya no se escuchan alaridos. Dicen que el de la grúa puede jalarlo, pero que el de la casa intermedia exige precaución.

Entonces un operario camina por la horizontal hasta el extremo y se pone en contacto con otro operario que transmitirá las decisiones a ejecutar por el gruero. El levantamiento fue catalogado por los transeúntes como muy exitoso, aunque hubo alarma por las heridas evidentes en la cara, el hombro, la cintura y las piernas. Perdió un zapato. El suero y el respirador fueron izados en un andamio colgante armado a la perfección y colgado del pecho y los pies del navegante. Hubo aplausos sí, pero la escultura quedó llena de sangre. Alguien dice que el parapentismo urbano debería regularse. Estoy de acuerdo.

[1] Así exclamó alguno, pero podrían ser médicos

K16 Aeropuerto

K16 Aeropuerto

 

El día puede llamarse gris, pero fresco, más bien normal para la ciudad. Diríase adecuado para cuestiones urbanas, es decir, traslados en servicio público, consignaciones, entrevistas, elaboración de memoriales, cosas así, de monta, ni de poca ni de mucha, simplemente días de esos en los cuales uno puede caminar de vuelta a la oficina y pasar por enésima vez por el restaurante de pollo apanado del cual ni conoces al dueño, ni lo has visto, ni lo verás[1]; en realidad ni siquiera has entrado allí, salvo, quizá, una vez que entraste solo a mingir[2]

 

La cuestión es que este fue el día. El bus tren va por la avenida que referencia mi barrio entre el kilómetro 10 y el 15, hasta la otra, la que deriva al occidente y luego vuelve a acostarse hacia el sur hasta perderse en zonas desconocidas. En un punto discreto de la geografía urbana el bus tren tuerce radicalmente hacia el occidente, hacia el aeropuerto.

 

Para algo se hizo a filosofía, el pensamiento. Lo importante no es la meta sino el discurrir. Me explico, en la primera estación intermedia abordan un vendedor de esferos y un músico. El ciego sin una pierna y el que acaba de salir de la cárcel no lo hicieron hoy, estarán de seguro en otra ruta, la de La Caracas quizá. No todas las rutas sirven a todas las profesiones, eso ha de quedar claro.

 

El hombre de la música lleva su pista en un equipo colgado al pecho y canta con micrófono y parlante. No es Plácido Domingo, ni siquiera un canario veredal, pero, he aquí que tiene lo suyo. Por lo menos personalidad, producto de la necesidad, no ha de negarse, pero personalidad. El de los esferos, entre tanto, baja, pero es reemplazado por un exitoso vendedor de mandalas a quien no le va nada mal. El producto es interesante y a buen precio. Las lesbianas de enfrente le compran 3, la señora de allá 2, y adiciona un ejemplar de recetas de ensalada. La gente le pide algunos ejemplares específicos y el hombre responde como un profesional; tiene un equilibrio perfecto y no se desestabiliza por curvas o frenadas, bien sea en posición erguida con libros en la mano o en cuclillas buscando en el morral.

 

La primera fue uno de esos clásicos, digamos “alumbra luna, alumbra luna, alumbra luna, que ya me voy pa la montaña, llevo en mi mochilón café y canela, también mi corazón pa Micaela, cuando salga el sol en la mañana. Llevo también mi tamborcito pa entona un buen merengue…”

 

También se mandó La Gata Golosa y otros aires muy colombianos. El bus tren pasó entre los límites de los barrios de comerciantes a uno y otro lado, por edificios públicos, por la Universidad Nacional, por el Centro Administrativo Nacional, por el periódico El Tiempo, por la Hemeroteca Nacional, por un cementerio, por el barrio Antonio Nariño, por el barrio El Salitre, por el antiguo patio de los buses troleys. Dejó la izquierda el Centro Administrativo Distrital y le dijimos adiós desde muy lejos a los cerros Monserrate y Guadalupe y al edificio Colpatria.

 

Nadie tiene la culpa[3], pero me acordé de unas tardes lejanas en las que había andado por ahí atendiendo compromisos poco célebres unos y otros de celebridad media. Cosas pálidas, de las que uno se acuerda con sensación plana. Como esos potreros urbanos con el pasto siempre un poco alto. Idas a matiné, jugadas de bolos, alguna fiesta por la tarde, cosas que se recuerdan en gris. ¿Por qué de esa manera? ¡Vaya uno a saber! La urbe es un estado del alma…quizá. Cosas indefinibles.

 

Me llené de esa palidez extraña de memoria imprecisa y, en ese preciso instante, se me vino encima como lo hace la niebla en sus parajes, la certeza imperiosa de que aunque también la ciudad desaparecerá algún día, es más claro y contundente que dentro de lo que duró lo que ya se fue, digamos en unos 60 años, ya yo no estaré ni en el bus tren ni en parte alguna de estos recuerdos y nadie sabrá si hubo un pasajero que se iba de viaje e inventariaba la ciudad sobre la tenue brisa de un día que hemos calificado de gris.

 

Sentí el acoso de un rio interior del que no supe si saborear o avergonzarme. Y todavía faltaban algunas estaciones antes de mi destino.

 

Ahora recuerdo cuando estuve en Roma y caminé por entre esas ruinas legendarias y me hablaron de una señora que había vivido allí hace más de 2.000 años con un emperador que dejó unos arcos y conquistó otras urbes y anexó regiones lejanas para gloria de un futuro que ya hace cientos de años se volvió piedra que se vende para que mucha gente conquiste su propia experiencia de desbocarse hacia el infinito del pasado, como consuelo de que todos seremos un soplo imperceptible en el recuerdo milenario de la historia. De hecho a muchos lugares de Roma también se llega en tren o en bus y habrá un pasajero que inventará su propia nostalgia como una despedida en el idioma susurrante de la música.

 

[1] Y, sin embargo, un español te preguntará en Estocolmo si lo conoces, porque el hizo un curso en Caracas

[2] Lo que se hace en el mingitorio.

[3] Queriendo decir “nadie tiene la causa de”

Yoruba

Yoruba

Ramir Al Harajab

 

La sangre de caballo en una botella de Coca Cola no es normal en los aeropuertos, pero cuando adquiere el mismo color de la popular preparación pasa desapercibida.

Aun así, si estás sentado en el trono de un baño público y has dejado tú mochila con la botella de Coca Cola con la sangre de caballo en uno de sus bolsillos laterales y de repente un brazo nervudo y veloz se la lleva, puedes ponerte nervioso. No solo por la sangre, sino porque en algún documentos o en otros efectos personales aparecerá tu nombre.

Me arreglé como pude para ver de recuperar la mochila, pero, obvio, ya al salir del baño no vi a nadie con ella. Asumí que la habrían desocupado y que a lo mejor la encontraría en alguna caneca con la botella de marras. Casi nadie toma bebidas ya empezadas, pero, si era un especialista en el tema que me hubiera estado siguiendo, el asunto sería diferente.

El día anterior Yoruba y yo habíamos salido con las jeringas a desangrar caballos en los potreros que hay entre El Monumento a los Héroes y el barrio Polo Club, sección Los Álamos. Nos habíamos hecho hábiles y eficientes de jóvenes y muy rápido lográbamos insertar una jeringa en la vena del cuello de los animales y llenábamos una botella de Coca Cola de 600 centímetros cúbicos por cada uno; nos ocupábamos de unos 6 por noche. Casi nunca nos atrevíamos con el azabache que había matado a un gamín de un patadón en la frente. Nos las sabíamos todas porque veíamos muchas películas de vampiros y cosas de esas. Me acuerdo con nitidez de “Comanches a Caballo contra los Hijos de Lucifer”, una película protagoniza por Kir Sharton y Cjepa Toclina, la diva de la época, en la cual un viejo zorro del tráfico de sangre animal se suelta una verdadera y didáctica clase sobre cómo inyectar caballos en la vena del cuello y sacarles 600 centímetros cúbicos de sangre, bien para consumo personal o para la venta. En cambio, el pobre gamincito no sabía del asunto y se equivocó de lado, tropezó con la grupa del caballo y éste lo alcanzó con la pata derecha apoyándose en las patas delanteras en un asombroso y potentísimo corcoveo. Recuerdo perfectamente el sonido: ¡cockr! Y una cantidad de sangre. Esa vez corrimos como locos y cuando llegamos al barrio nos hicimos los que estábamos en la zona verde echando cuentos con las niñas de la casa de la esquina que habían salido por ahí.

Nos habían enseñado a tomar sangre rendida con masato casi podrido, lo cual, decía El Profe, aunque producía diarrea, generaba una fuerza descomunal y, sobre todo, nos habilitaba para ser parte del club de Los Bucaneros, una especie de secta de revendedores de sangre de caballo.

Con el tiempo, nos hicimos populares en el barrio Santa Sofía en el cual tuvimos clientes hasta bastante después de la muerte de El Profe. Ahora bien, debe aclararse que la salida a los potreros para obtener la sangre que llevaba en la mochila en el suceso objeto de este incidente no fue en la época juvenil, sino una aventura un poco fuera de tiempo ya de adultos, para satisfacer a un cliente ocasional. Casi diríase, que lo hicimos para generar una anécdota para los amigos, aunque algunos denigraban de nuestra antigua actividad por aquello de la reciente moda de defender a los animales, lo cual nosotros nunca consideramos ni siquiera como posibilidad intelectual, quizá porque no lo éramos; intelectuales, digo; nadie leía ni el periódico.

De todos modos fue una faena “como en los viejos tiempos”, diestra, aunque debe admitirse con melancolía que tuvimos afán. Nos bebimos 400 centímetros cúbicos cada uno y el resto lo entregamos a los hijos de El Maestro. Guardé una botella para llevarla al mar y venderla en el Mercado de Bazurto a Pitín Decabriaseau, un antillano que siempre quería ofrecer a sus clientes sangre de caballo de tierra fría con tajaditas de plátano verde y Kola Román.

Nunca me sentí traficante de nada y, además, Yoruba, con sus conocimientos ancestrales nos había desde siempre adoctrinado en que si el caballo no es maltratado la extracción le hace bien.

Sea lo que fuere, me dediqué a recorrer el muelle nacional revisando cada una de las canecas y observando cuidadosamente a todo los bebedores de líquidos rojos, morados y negros y a los comensales de comidas espesas del mismo color, pues sabía también desde antaño, que puede haber cambios de contenedor y que hay quienes la comen como gelatina o yogurt.

Observé detenidamente a un sujeto elegante con cara de vampiro que desayunaba con su graciosa y joven esposa y con los hijos, uno de 10 y otro de 5 años, todos educados, apropiadamente vestidos y de buenas maneras, lo cual constituye un cuadro típico para disimular la ingesta de sangre de caballo indebidamente adquirida.

 

Telefoneé a Yoruba, quien me explicó que lo más factible era que la mochila estuviera en una caneca, pero me recordó que en los aeropuertos las desocupan con frecuencia, por lo cual debería disimular y asomarme al cuarto general de basuras, en el costado noreste, primer piso, al lado del parqueadero de los montacargas.

Al darle la descripción de la familia me dijo que no perdiera el tiempo con ellos porque nuestra bebida los niños la han reemplazado por Milo y, especialmente, porque tampoco hay ahora vampiros evidentes a pesar de las muchas películas sobre el tema.

Mi instinto me dijo que no debía bajar al primer piso pues me pondría en evidencia. Por otra parte, reflexioné que si no había movimiento policial ni gente con los labios rojinegros el asunto no era grave y lo más factible sería asumir que el drama había terminado.

La cuestión era que sin la botella mi viaje no tenía sentido y, además, si llegaba sin el encargo en el mismo aeropuerto sería considerado como un inepto y me doblarían el pedido para la próxima oportunidad. Pero, por otra parte, si abandonaba y la policía había descubierto la sangre de caballo, al hacer el control final del vuelo me pondrían en la lista de sospechosos. Por lo tanto, decidí viajar y afrontar la cuestión ofreciendo un reemplazo con sangre de caballo de cochero, que no es lo mismo, pero tiene sus clientes.

Echado a mi suerte me relajé y produje algunos eructos para saborear la sangre bebida el día anterior durante la faena en el potrero. En eso ¡Que veo y oigo! La azafata del mostrador de Avianca levanta mi mochila y pregunta por el altavoz si alguien había perdido ese morral, a a lo cual inmediatamente levanté la mano y me dirigí a recibirlo. Todo estaba intacto pero encontré una nota que decía: ¡gran pendejo, si no lleva computador no disimule!, firmado por un tal Citio.

Llamé a Yoruba. Me dijo que al llegar comprara patacones y me fuera en taxi al mercado porque la fiesta iba a estar buena y que, para mi consuelo, él renunciaba a su parte.

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Nota de viaje a Ciudad Perdida

Sierra Nevada de Santa Marta. Del 29 de marzo al 3 de abril de 2015.

 

Jornada inicial. Caminar en la montaña.

Nos recogieron a mi hijo Santiago y a mí a las 9am. De ahí a la oficina de la agencia a pagar lo que hacía falta y tomar los vehículos para llegar al Mamey, o Machete Pelao como también se le conoce, porque no es un sitio donde uno pueda alebrestarse sin que te amansen a machete. Además, fue punto fuerte de guerras entre marimberos, narcos y guerrilla. Allí se inicia la jornada.

El principio es suave, desniveles cruzando el río Buritaca hasta “la piscina”, lugar en el que hay suficiente profundidad para lanzarse desde una roca al agua helada, cristalina, realmente deliciosa. Sitios de baño similares habrá a lo largo de todo el recorrido. De ahí en adelante se cruza nuevamente el río y se inicia la primera gran escalada, “la amansa guapos”, por unos cincuenta minutos ¡Duro! Hicimos un esfuerzo atlético y nos sentimos bastante bien. Quizá me dejó un poco de dolor de cabeza, nada que unas horas de sueño no puedan reparar.

Terminada la subida volvimos a las ondulaciones hasta llegar a la empalizada donde pasamos la noche en hamacas. Llegamos a eso de las 4pm y como no hay nada que hacer, pues no hacemos nada. Me siento en una butaca, diríase “a fumar”, pero sin cigarrillo, es decir, a vivir la pasividad de la contemplación, como lo haría un fumador acompañado por el humo. Algo conversamos con los otros excursionistas. Somos 22 en total, no daré nombres porque no se requiere, fuimos una tribu, una familia de cuatro días. Dos hermanos con un sobrino de 16 años, uno médico y otro abogado, gente muy sintonizada, alegres y bacanes, cantantes, bogotanos como el ajiaco según se definen, con actitud. Una pareja con la hija que estudia en la Universidad de los Andes; la señora más adelante me regalaría crema analgésica para el muslo; ella tuvo que abandonar en el último campamento pues se lesionó la rodilla; bogotanos, pero él nacido en Icononzo, Tolima. Una pareja de catalanes, ella médica y él trabajador social, jóvenes, independentistas, estuvieron haciendo un trabajo en Apartadó y seguirán a otros países de por aquí. Una pareja de suizos de lengua francesa, arquitectos, visitarán Bogotá y el resto de Suramérica. Una francesa, graduada de administración de finca raíz, llevaba su diario de viaje, muy clara en sus decisiones sobre si quería fotos o no. Dos amigos de la zona cafetera, buenos viajeros, curiosos, tomadores de fotos, utilizaron cada uno dos bastones de caminante, compraron café en una cabaña. Una danesa muy joven, jovial, alegre, muy linda y con un estado físico descomunal, subía de primera y al final de alguna de las jornadas participó en un partido de futbol con los indígenas. Otra pareja, él escalador de categoría, quiere subir el Everest, ya trepó el Kilimanjaro y el McKinley en Alaska y ella no supe, pero ambos, como todos los del grupo, excelentes personas, me regalaron un diclofenaco en algún momento; los acompañaba la mamá de ella, la mayor del paseo, con unos 66 años pero firme para andar; después seguía yo con mis casi 60. Una señora de Pitalito, Huila, radicada en Neiva, de 57 años, todo terreno. Un estadounidense profesor de inglés en Barranquilla, viajero del mundo, subió el Kilimanjaro no hace mucho. Otro estadounidense, ingeniero, radicado en Medellín, independiente, callado. Los guías, Gabo y José, amables, profesionales en lo suyo, más bien parcos de palabras, buenas personas con las que te sientes cómodo.

Somos turistas especiales, una mezcla de deportistastas y aventureros, de esos que nos gusta dormir por ahí dejándonos sorprender por lo que venga, sea jaguar o zaíno, oír historias e inventar las nuestras.

La comida fue un suculento plato de arroz, pollo, ensalada y una chocolatina de postre. Como sobremesa, Gabo, nuestro guía principal, nos dio una charla sobre algunas costumbres de las etnias de La Sierra, todas de la cultura Tayrona. Los Wiwa, nuestros anfitriones en esta ocasión, los Kogui, los Arhuacos y los Kankuamos. Cada uno tiene un mamo, es decir, un líder espiritual que se encarga, entre otras cosas, de preparar a los jóvenes para iniciarse en la adolescencia y, además, les asigna una mujer mayor para que les enseñe todo sobre la vida, la convivencia en pareja y sobre la familia. Las jóvenes reciben una preparación similar. Después de esta preparación cada uno elige su pareja, pero también hay la opción de que el mamo la elija.

En los poblados hay dos construcciones más grandes que las demás, también redondas, como el sol y la luna, una para el mamo y otra para la saga (la mujer mamo) cada una coronada con dos troncos, que simbolizan los dos picos mayores de La Sierra. La de él tiene unas estrellas del mismo material básico de las cabañas, que es caña brava, la cual, para las paredes, mezclan con bareque; el techo es de paja.

Cuando los muchachos cumplen 18 años les asignan un primer demburro, que es el adminículo que utilizan para el mambeo. Consta de un recipiente y de un palo que atraviesa una piedra o algo así, todo lo cual sirve para mezclar cal, obtenida de moler conchas marinas, con hojas de coca e ir mascando y escupiendo de vez en cuando durante sus viajes. Les queda una sustancia amarilla en la boca, que se va diluyendo. La coca es un cultivo sagrado, con un sentido ritual y cultural, que da energía, pero sin relación alguna con la búsqueda de exaltación desaforada que se le da por la gente en las ciudades al producto del procesamiento de la hoja de coca con químicos. Cuando le pregunté a José, el otro guía, antes de la explicación de Gabo, qué era lo que llevaba y que en ese momento calentaba un poco en el fogón, me dijo que era un juguete. Flor, la encargada de la cocina, soltó una risotada.

La presentación de Gabo fue lenta, buscando las palabras con la ayuda de José, lo cual me hizo recordar el tono y la narración de la película “Los Viajes del Viento”. Es claro que el español no es su idioma materno. Cada etnia tiene su propia lengua, aunque entre ellos hay traductores con la función básica de que los mamos se puedan comunicar. Diría de pocas palabras, aunque en la noche les oí echar cuentos entre ellos.

Después de la presentación debemos ir a dormir, lo cual, siendo apenas las 8:30 pm, me parece un poco exagerado y me preocupa que a las 2 am esté sin sueño. Decido que el ideal es esperar a que sean al menos las 10 pm y así dormir las 8 horas sin mayor sobresalto. Para el efecto me dedico a escribir estas notas utilizando la lámpara de minero, elemento indispensable en estas jornadas, rodeado de la gran oscuridad del lugar y dentro del silencio, solo cortado por algún grillo y un gruñido ocasional de los perros antes de irse a dormir. El silencio y la oscuridad del campo cuando el cielo está encapotado. Nos dijeron que no hay planta eléctrica en ninguno de los campamentos, lo cual es sobrecogedor, magnífico. Nos contaron que por aquí hay tigre y puma y nos advirtieron que en las caminatas debemos concentrarnos y evitar pisar hojarasca o levantar piedras porque ha llovido y puede haber culebras y alacranes, pero todo dicho con la misma naturalidad con la que a uno le pueden advertir en Bogotá que es mejor mirar a lado y lado antes de cruzar las calles.

En fin, el día fue nublado, neblinoso, perfecto para caminar. En nuestros morrales tenemos todo lo que se requiere para sobrevivir estos cuatro días. Esto, constituye un retorno a las esencia de la vida, porque ¿Qué puede ser más fundamental que la sobrevivencia? ¡Nada! Por lo tanto, cuando hacemos estos “retiros espirituales” para llenarnos de lo esencial, estamos viajando a lo profundo del espíritu, aunque suene prosopopéyico.

Mañana debemos estar caminando a las 6 am, es decir, que nos levantaremos a las 5am con un café cerrero. Me siento muy bien. De hecho he roto por estos pocos días todo cordón umbilical con los tontísimos deberes que me corresponden a diario. No lo son tanto, ya lo sé, pero ya lo dije y así se queda. Y sí, “somos lo que hacemos”[1] Pero, en todo caso, hace mucho, mucho tiempo, que no me “desaparecía” totalmente de las llamadas y correos de la oficina. Aquí en La Sierra, aunque sospecho que podría no serlo por mucho tiempo, por la noche se duerme. No veo televisores, aunque por aquí ha habido colonos, cafeteros, taladores de árboles, guerrilla, paramilitares, antropólogos, arqueólogos, aventureros.

Un bicho me obliga a terminar esta nota que luego complementare. Volveremos mañana.

Dia 2

Cansancio. Una jornada muy exigente. Los larguísimos descensos (más que los ascensos, sí) han minado la fuerza de mis piernas y las rodillas están en situación crítica. Podría mañana amanecer gravemente lesionado y, para completar, tendremos otra etapa ciclópea. El bastón ha sido fundamental. Ya veremos cómo se dan las cosas.

Dormimos muy bien en la empalizada que ahora llamaré La Empalizada del Jaguar, aunque ayer no apareció el animal. A eso de las 3am me desperté por algún ruido y a partir de ese momento el sueño no fue igual. Además, a las 4pm comenzó el paso de mulas y el ajetreo en la cocina y la preparación de la expedición por parte de los guías.

Nos levantamos oficialmente a las 5am con un pito y a las 6:15 ya estábamos caminando. ¡Qué jornada! Empezó en serio con un descenso de nunca acabar. Después, subidas, después, bajadas, piedras, desniveles, “escalones” grandes, pequeños, irregulares, resbalosos los unos, puntiagudos los otros ¡de todo! La amiga de Nono, la española, dijo que en “en realidad no es tan difícil como uno se imagina, son más subidas y bajadas”; tiene todo mi respeto, supongo que es una atleta consumada y, por supuesto, más joven que yo (¿no es vieja, sería la expresión honesta?)

A las 9:30 estábamos en La Esperanza, campamento Wiwa, allí almorzaríamos a las 11:30. Mientras tanto, a descansar en otra piscina del río, de agua todavía más fría, refrescante. Nadamos con Santi, tomamos el sol. Creo que estamos cogiéndole el tiro a “no hacer nada” cuando esa es la opción. El hombre moderno vive, obsesionado con “hacer algo útil”, incluso cuando quiere descansar y, por supuesto, se va desquiciando. José, muy bajo y menudo, se sienta en una piedra y espera; en algún momento se dio un chapuzón. Su pelo es largo y muy negro, con facciones clásicas de Tayrona.

A las 11:30 almorzamos arroz, alverjas , ensalada de tomate, lechuga y cebolla; puede que algo de carne, ya no recuerdo. Siempre las comidas fueron excelentes en cantidad y calidad, fresca.

Después de almuerzo llegó “la subida” de la jornada. Más de una hora, hora y media, algo así. Aquí las cosas no se cronometran al “estilo ciudad”, sencillamente porque no hace falta. Cada cual va descubriendo su paso y ¡hágale mi amigo!, respire, disfrute la montaña. Y esto lo digo sin ironía, la verdad, a mi esta mezcla de paseo, aventura, escape, descubrimiento personal, meditación y deporte, me alimenta, me hace feliz, por eso lo disfruto en grande “a todo lo ancho y a todo lo hondo, en la periferia, en el medio y en el sub fondo”[2] pero, siento que no la tengo perdida aunque la arriesgue por el camino y aunque al poema no le cambie una coma. Es inexplicable, con la ayuda de Borges -aunque estoy citando a De Greiff ¡tanta cita, qué pedantería! podría decir que hay una contundente dignidad en “llevarla perdida sin remedio” y, por eso, “jugarla”, pero, tengo que aceptarlo, en la montaña, en medio de estos árboles colosales y palmas de sideral apertura verde contra el cielo, pájaros, vegetación húmeda, “culebras y cigarras”, horizontes de volúmenes superpuestos, arrieros y mulas que arrastran troncos que “le parten las piernas mi amigo, mejor oríllese, mire como tengo las manos rajadas de lidiar con ellos”, en estas montañas, digo, me siento vital.

No pude averiguar si una recua de mulas se puede o no detener por artes de arriería. Cuando se oyen venir en un camino estrecho, cañada a un lado y pared de monte tupido del otro, retumba la tierra y gritan a pulmón los arrieros, a veces escuchando música de un radio, a veces cantando, pero siempre con arrojo, machete al cinto, lazo a la mano y una energía que desborda cualquier concesión o manierismo, con perro andariego o no, estampa ya conocida, pero nunca es lo mismo la foto que la tromba de este conjunto de fuerza pura que se traga la montaña y claro, nos hace entender lo de “sobre mi caballo yo y sobre yo mi sombrero” aunque la frase no sea canción de arrieros sino de vaquería. Tampoco presencié cómo se cruza la recua que baja y la que sube, pero claro que se puede. Esta gente tiene reglas claras.

Los Wiwa, los Kogui, los Arhucos y los Kankuamos, son agricultores, gente que no colonizó, porque aquí nacieron, o, en todo caso, llegaron “antes de todo” y tienen un Dios –Teyuna-, una cosmogonía, un padre fundador, y saben, porque son sabios, que la Sierra es su madre protectora, por sus ríos, sus árboles, sus minerales y sus piedras y saben por qué están las ranas en el campo y comprendieron desde siempre que si La Sierra les da la vida tienen que honrarla como se honra a la leche que mamamos cuando de niños el instinto nos prendió de una teta, sagrada, por supuesto, como la vida misma, porque viene de un lugar que nadie conoce, aunque a unos y otros nos contaron mil veces que los ancestros de los abuelos tuvieron tatarabuelos y uno de ellos, más allá, mucho más allá, mil años más allá, dijo que sus ancestros milenarios le dijeron que en la antigüedad, antes de la sabiduría misma y del idioma, cuando no hablábamos siquiera pero las aves cantaban y el río estaba allí y era la vida, y la selva también y era la vida, y el mar y era la vida… y también la muerte, pero sin antagonismos ni miedo, porque la vida y la muerte son lo mismo, pues si no ¿dónde están todos los que ya murieron? si de ellos nos originamos, si son ellos quienes conocieron a los primeros, los que nos dieron la certeza del sol y la fertilidad del suelo, si es así, todos forman parte de lo que hoy somos, o mejor, somos parte de ellos. Por eso hay una tumba donde te entierran sentado, para que llegues mejor a dónde has de llegar después del viaje y por eso hay círculos sagrados alrededor de los cuales rindes tributo a Teyuna, que fue el primero, y le pides permiso para entrar y le prometes que lo harás limpio dejando en la piedra todo lo impuro, todo lo que te perturba y luego pasas a otro círculo y vuelves a pedir permiso para entrar a la ciudad de la oración, del rito, de la ofrenda a la montaña, pero es un permiso distinto, porque lo haces como un ser que comparte la pureza de los muertos que son quienes te regalaron la vida. Concedida la entrada, entras, en un razonable silencio, pero no se trata de no hablar, simplemente se trata de comportarte, no por el rigor de un mandato legal, sino por el alma del lugar, por su condición, porque no en vano allí tiene su nido, sobre un árbol altísimo, el más bello pájaro de la creación, la alondra de cabeza y cola de colores rojos y amarillos que intercambia con las cacatúas, loros y guacamayas.

Los Tayrona de La Sierra, al igual que los Wayuu de la Guajira, no fueron conquistados por los españoles, porque se replegaron totalmente, o se recogieron, los primeros en la Sierra y los segundos en el desierto guajiro. Tan pocas leyendas de oro y reinos habría que los dejaron tranquilos, si cabe la expresión. Se fueron a buscar sus Dorados al interior, a las tierras de los Chibchas, Panches, Quimbayas, Zenús, al Perú, a las selvas sin fondo, igual que la ambición que los motivaba. A todos les dieron cruz y espada, misas y coros celestiales. La civilización, esa aventura humana descomunal no es mala, pero en nombre de ella no se respetan algunas cosas y, menos, historias propias, las cuales pretenden ser absorbidas por la “verdad”.

Los colonos son otro capítulo en la Sierra. La fuerza que ya mencionamos nos recuerda la historia de la humanidad. La historia es irreversible y los que están, están. El “hombre blanco” expidió leyes y ahora La Sierra es un parque natural y la colonización y la tala están reguladas. El ejército, con postas estratégicamente ubicadas, vigila que la guerrilla no haga de La Sierra un refugio. Los guerrilleros llegaron incluso a secuestrar a un Mamo, el cual fue rescatado con la colaboración de los indígenas. Además, por esa época hubo un deslizamiento que taponó un río. El asunto se iba a arreglar con dinamita, pero el Mamo predijo que no sería necesario, pues el río, tal como efectivamente sucedió, arrasó con la tierra y las rocas y el asunto volvió a la normalidad. También hubo paramilitares, los cuales ahora parece que tienen sus organizaciones turísticas y trabajan como guías, tal como lo hacen algunos indígenas, que crearon una cooperativa: Tours Wiwa Wayuu, con la que nosotros viajamos. Estos tienen la ventaja de dar información como la que ya mencionamos y de permitir al turista una mirada a su cultura.

¿Cuánto les queda a estas etnias? Puede que mucho, si “la civilización” sigue la tendencia actual del respeto por las minorías, reservas, ayudas, de forma que sean las etnias mismas, cada cual a su manera y ritmo, las que decidan qué incorporan y qué no, cuándo cambiar o amoldar creencias y costumbres. Un médico que iba con nosotros le preguntó a Gabo cómo se curaban las garrapatas y la respuesta fue directa y genuina: con Baygón (el insecticida creado por la multinacional Bayer en 1973). Es decir, no hay rezos, ni aplicación de extracto de alguna planta ancestral. Como todo el mundo, cada cual va tomando conocimientos, expresiones, idiomas, “a su manera”. Oyen radio y tienen celular y van a de cuando en cuando a Santa Marta.

Cada vez comparto más con Gandi que todas las religiones son lo mismo, solo que algunas se comportan, a ratos históricos, con más soberbia que otras. Pero, con el debido respeto, humildad e ignorancia, no veo gran diferencia entre la purificación del Ramadán, el ayuno de Semana Santa católico, y la meditación y oración de todas, con el rito que practicamos en Ciudad Perdida con nuestros hermanos Wiwa. Para ellos la coca es sagrada, de seguro porque facilita la vida en un medio de gran exigencia corporal y para los católicos lo es el vino cuando el sacerdote lo transubstancia en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Terminado el ascenso, “ya pasó lo peor”, dice José. “Ahora son desniveles solamente”. Mintió, porque hubo 500 metros más o menos planos, pero después vino una larga hora de, sí, desniveles, pero cada uno de 20 metros de subida y su consecuente bajada. Finalmente el río, quitarse los tenis y las medias y ponernos los zapatos de cruzar río, para mi unos Crocs, para otros chancletas, tal como lo tuvimos que hacer ayer y hoy varias veces. Pero es una gran idea no mojar los zapatos y medias de caminar. También cruzamos el río por dos puentes colgantes con balanceo y que si te caes te matas, porque hay barandas pero la parte de abajo queda libre para ir a parar a unas rocas gigantescas. En este último cruce hay una tarabita, pero parece que se usa en invierno cuando el río está muy alto y, como estamos en verano, la dejamos tranquila. Ya estamos a 20 o 30 o 40 minutos, anuncia José con socarronería, “ya llegamos”. Y sí, el estimado fue adecuado, pero esta vez los desniveles eran desde la misma orilla del río, en vertical, por unas rocas mojadas y luego la bajada otra vez hasta la orilla. Finalmente unos desniveles moderados con un camino y, a lo lejos, el último campamento, de utilización común para todas las expediciones. Comedor, empalizada de hamacas, baños buenos, como los de todos los campamentos, pero, se entenderá, sin perfume, ni espejo, ni tina, ni jabón, ni bidé, ni secador de manos, pero buenos baños, limpios sin exagerar y algunos hasta con papel de labor. Mucho inglés, buena cantidad de extranjeros, quizá más que colombianos. Todas las hamacas a lo largo del trayecto están dotadas de mosquitero y cobija, pues hacia el amanecer se siente frío. La verdad, muy poco mosquito. Esto es sencillamente un paseo extraordinario, estoy eufórico, enriquecido. Santi es un gran compañero de viaje, pendiente, se sabe regular en el camino, paso muy firme en las bajadas. No voy a la piscina del río, Santi sí, yo opto por una ducha. Dejamos todo preparado para dormir y nos vamos a comer arroz con salchicha en porción de arriero, postre, algún comentario y para la hamaca, dentro de la cual, con mí linterna de minero logro escribir una buena parte de esta nota.

Tercer día.

A las 3am me levanto un rato, voy al baño, contemplo las estrellas y vuelvo para un último sueñito. Ya Flor y su hijo estaban en función preparando arepas. A las 4 suena el pito, desayunamos, escogemos algunas cosas indispensables y esta vez dejamos los morrales a resguardo del de la tienda, que es el mismo de las hamacas y las cobijas, posiblemente el dueño del negocio. Diría que esta gente cobra por el uso del lugar y la cocina, pero cada expedición prepara sus comidas. Por supuesto, nosotros no tenemos que pagar un centavo más, solo gastamos en bebidas y una que otra papa frita o chocolatina.

Salimos al linde del río y a poco andar encontramos los primeros de los 1500 o cosa así de escalones que deben subirse para llegar a Ciudad Perdida. Es una escalera empinada, con escalones no demasiado grandes, más bien, por el contrario, algunos son demasiado pequeñitos. Se llega a un primer conjunto de terrazas rodeadas de rocas, en una de las cuales hacemos la ceremonia de pedir permiso para entrar al lugar sagrado y dejando una hoja de coca simbolizamos una ofrenda y dejar nuestras cargas negativas. Meditamos por un minuto y pasamos a otro conjunto de terrazas en donde hacemos una segunda ceremonia. A partir de allí vamos subiendo hasta llegar al gran centro ceremonial donde está el sapo representado por una roca enorme. Podemos tomar fotos y disfrutar del paisaje por un buen rato. Tomamos un refrigerio.

El descenso, por esos escalones pequeñitos y resbalosos exige concentración, porque, además, es bastante empinado. Ya en el campamento base recogemos los morrales y partimos hacia el campamento Wiwa en donde pasaremos la noche. Llegamos al final del atardecer, casi de noche. El último descenso fue realmente duro porque las piernas y las rodillas no me daban más. Si no hubiera sido por el bastón no habría podido llegar. Pensé que realmente me había lesionado la rodilla, pero después de un diclofenaco y de un masaje en el muslo con una crema que me regalaron el asunto mejoró. Mañana, los que estamos programados para 4 días caminaremos unas 4 o 5 horas saliendo a las 5am. Los demás saldrán más tarde y solo harán la mitad del recorrido.

 

Cuarto día.

Amanecí adolorido, pero dentro de lo normal, sin impedimento alguno, con la certeza de que podría hacer el recorrido sin inconvenientes. Básicamente fue un descenso larguísimo, con algo se sol, pero finalmente llegamos a Machete Pelao dentro de lo programado. Todo bien. Buen almuerzo y vuelta a la civilización.

 

 

[1] ¿Gregorio Marañón?

[2] Porque como de costumbre, he releído a León De Greiff

Poesía viejo man.

A MIS TENIS

 

No se me facilita la poesía y eso me ator

menta ba, porque no tengo facil idad

pero oigo las historias del festival y digo:

bueno, voy a escribir con todo

como cuanto troto, que se me facilita, ya se sabe,

y digo: si mis tenis escribieran,

yo diría: (ellos) tap, tap, tap.

 

Y si digo tap, tap, tap

y les cuento lo que veo, tap, tap, !que ritmo! tap, tap, tap

como en el festival, como los grandes poetas cuando salen a trotar

tap, tap, tap

y veo lo que veo, pero lo importante no es lo que veo,

tap, tap, tap, sino lo que veo y no les cuento tap, tap, tap

nada, no les digo, solo troto tap, tap, tap

 

Pero luego me animo tap, tap, tap y digo: ahora si les cuento

tap, tap, tap

como los grandes

veo el mar, tap

veo lo brisa, tap

veo lo que veo, tap

y más adelante, tap, tap, tap veo la negra de las frutas, tap,

los manes que venden camisetas, tap, tap, tap

y el corralito todo, tap

y lo que no les digo cuando troto, tap, tap, tap

 

La torre de la iglesia, tap

las troneras, tap

y la gente, cada uno con su tap, tap, tap

lo que dicen, tap

y lo que llevo en la pupila, tap, tap, tap

y me siento por ahí y veo lo que veo aun después del tap, tap, tap.

 

!Que poesía! lo que veo

y puro tap, tap, tap.