Do you kayak? Yes, I do.
Al zarpar navegar es más bien una cuestión física. Mientras te calientas, como dicen los deportistas, vas inconscientemente estableciendo si la máquina está bien sincronizada, por así decir, porque remar es la propulsión y la máquina eres tú.
Navegar es un acto egoísta, personal, mezquino, placentero, inútil…no siempre, no, pero sí cuando lo disfrutas. Remar, además, puede ser una forma de ejercitarte mientras navegas, pero no lo haces por ejercicio sino por la parsimonia de navegar, cuestión en la que el agua puede estar quieta y en la que puede o no haber viento, brisa, ventolina, fresco, o huracán.
Llegados a este punto ya se entiende que esto no se escribe para ser leído y que puede dejarse, porque lo que sigue es completamente impredecible, no una reiteración, sino algo importante. Un ensayo náutico señores. La velocidad es de aproximadamente 7 kilómetros por hora o 3.7 nudos. Y sí, se trata del mismo kayak en el que se origina el título pretensioso y presumidamente intelectual de este blog, con la única diferencia de que ahora se navega en la Laguna de Guatavita o Embalse de Tominé, o en el estudio donde se lo escribe. No da lo mismo, se trata de decir algo que suene inteligente y no de hacer inteligencia que ¡caramba! suena casi genial.
Se avanza hasta el kilómetro 1 observando la selección brasilera de kayak que participará en los juegos suramericanos. ¡Cómo palean de rápido! Los de canoa indígena van arrodillados haciendo equilibrio porque sus barcos son delgados en extremo; parece forzado haber hecho de esto un deporte de competición.
Los dejamos atrás y, sin más disquisiciones, estamos navegando ¿Quiénes? Mis amigos y yo. Los mismos que salimos a navegar todos los sábados. Vamos y volvemos, a veces norte y después sur y a veces sur y después norte, en ambos casos con alguna figura geométrica entreverada y en referencia a las orillas; la oriental o la occidental, no hay más, dado que la laguna es muy alargada y no admite puntos cardinales intermedios como lo haría si tuviera forma de octaedro (lago en tercera dimensión) hexágono, estrella o figura humana como el lago Ontario.
¿Se acuerdan del comienzo del Tambor de Hojalata de Günter Grass? Un poco raro ¿no? Dicho sea de paso hasta ahí llegué, no me conmovió, no me sedujo, me jartó. Pero se me quedó en la cabeza como un sueño. De mis compañeros de navegación supe que hubo una película que no vi.
Pero creo que a semejante cosa llegué más bien porque estaba pensando, desde hace dos días que asistí a una conferencia con el autor, en el último libro de Fernando Vallejo, “El Don de la Vida”. Se trata de un diálogo entre dos viejos que están en una banca de la plaza principal de Medellín, en frente de la catedral. Hablan de lo que se habla en una banca en una plaza: de la vida, de la muerte, de sus cosas, gustos sexuales, de los vivos y de los muertos, de gramática, de lo que se habla cuando no hay un moderador que lo meta a uno en que “ahora vamos a hablar del pleistoceno” o “del roll del hombre moderno en la evolución del pensamiento contemporáneo”.
Vallejo demuestra que uno puede escribir lo que le dé la gana y como le dé la gana. Esto es interesante, no hay duda, el tipo es fluido, y dice cosas, reflexiona. En cuanto a la forma como las transmite, pues es irreverente. Relata obsesivamente desde un narrador marica, amargado, desengañado. Esto le da fuerza al relato, es atrevido, quizá profundo, hostigante a ratos, repetitivo y… sí, se puede leer. Tiene humor, lo cual en principio parecería ser un accidente. Sospecho que el autor es menos lúgubre de lo que sus personajes y narradores hacen suponer. Aunque se las trae, el autor, digo, porque dice por ahí, para llamar la atención, que ningún escritor le gusta, que todo aquel que narra en tercera persona es un mal escritor o, por lo menos, un presumido, dizque porque ¿cómo hacen para saber lo que otros están pensando o haciendo, si no han estado en el lugar de los hechos? Bonita y simpática cuestión literaria ¿cierto?
Por otra parte me parece que exagera su condición de homosexual, el narrador, el cual en algunos casos llega a exaltar, peligrosa, inmoralmente, la pedofilia, aunque con la doble intención, parece, de vomitar ésta y otras porquerías del género humano. No así el autor, que es un intelectual, un literato, músico, un diletante científico, un observador, un amante de los perros, un peleador, un defensor de los verdaderos valores, una persona que entiende lo que debería ser un mundo digno y correcto, pero que lo ve como es en algunas de sus facetas: una verdadera mierda. Pero da la sensación de que se regocija creando una confusa simbiosis con su narrador predilecto. Quizá podría ser más higiénico en ese sentido, sin perder categoría como niño, o filósofo, travieso en las letras.
Sin embargo, parece obvio que sí ve la otra cara de la moneda, al menos en los perros, porque si no ¿para qué tanta alharaca? No se hace una desesperante, inteligente y profunda disección de la mierda para decir que huele a feo. Porque eso es así y punto y no puede ser de otra manera. En cambio, aquel que se va con todo contra el olor a podrido en la cocina es porque tiene la esperanza de que huela de otra manera. Aunque para ello tenga que declararle la guerra a muerte a todas las putas cocinas que en este mundo hayan sido y serán, en las cuales solo se encuentran cáscaras podridas, carroña y yemas secas de huevo sobre platos asquerosamente humedecidos con miel de abejas fresca y escupitajos de tuberculosos.
Sin entrar, por supuesto, en todos los crímenes y bajas pasiones que se han urdido o ejecutado en las cocinas y en los actos detestables que han cometido ilustres jefes de cocinas, empleados, chefs y dueños de hotel. Y, claro, a los dueños de famosas cocinas no les gusta publicar los crímenes de los cocineros, ni los anecdóticos esputos del barman en el campari de “ese cliente”, ni enumerar los degüellos de niños con champetas afiladas cuyo uso primigenio es cortar carne de res muerta o sacar porciones adecuadas del plátano maduro.
En la obra de Vallejo, en la poca que he leído, hay un saludable desquite contra la hipocresía, contra el poder, contra la iglesia, contra Dios, todo lo cual percibo como un mismo objeto narrativo. Le emberraca tanta exaltación de cosas mentirosas y su furia es el aporte. “Y ahí se los dejo, partida de güevones, para que hagan o digan lo que quieran. A mi no me miren, que yo no tengo la culpa” parece decirnos.
En fin, está bien, cada cual puede y debe escribir con fuerza, para hacer reflexionar, para divertir, para discutir, para crear. Con todo, la diatriba contra la iglesia católica resulta a la larga un poco insulsa, porque no es contra los principios o creencias de esa institución (contra Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo) sino una enumeración de crímenes de sus miembros, frente a los cuales los jerarcas han tomado la actitud de callar y no divulgar, o de castigar con demasiada benignidad a los infractores, tal como han hecho tantas instituciones respecto de los crímenes de sus miembros cuando esto las convierte en blanco de agresiones externas. En esto, ha de reconocerse, la diatriba le sienta bien a la iglesia, pero no la descalifica como institución. La descalificaría que, sabiendo que todo es embuste, haya metido a media humanidad en un sartal de miedos, mentiras, dioses, sacramentos, cielo, salvación, purgatorio, infierno, etc. Pero no tenemos, o no se nos ofrece, la prueba de que todo haya sido urdido por “todos ellos” para ejercer el poder, aunque éste sea uno de los efectos más notorio de la iglesia. De hecho parece que hay muchos que comparten sinceramente sus enseñanzas y les hace bien y hasta debe reconocerse que ha hecho cosas buenas para grupos, naciones o momentos históricos. Encuentro mucho más útil, para el debate de fondo, obras como la de Fernando Savater “La Vida Eterna” o la de Umberto Eco en diálogo con el obispo de Milán, “¿En qué creen los que no creen?” o “Manual de Ateología” de 16 personalidades colombianas, o “Las intermitencias de la muerte” de Saramago. Lo de los curas cacorros, ladrones, manipuladores o asesinos, es tan condenable como la desviación de cualquier adulto con ascendencia que termina en esas, pero como argumento filosófico resulta mediocre. Es como decir que tanto padre violador de sus hijas hace condenable la paternidad.
Vallejo me trae a la memoria un gran narrador, igual o más irreverente, dada la época en que se publicó, Henry Miller, en quien también encuentra uno alguien que llega hasta el fondo de la hipocresía por la vía de ponernos de frente y sin tapujos contra lo que podríamos pensar si estuviéramos solos ante la película de las sutilezas e intimidades del género humano. En esto hay un mérito y se cumple una función, con tal de que no se confunda el objeto de la coprología médica con el pastel para el lienzo.
Por otra parte, a pesar de que está fascinado con el tema de la muerte ¡quien no! Y ha jurado no volver a escribir sino sobre eso, y a pesar de que contempla el suicidio ¡quien no! Porque, digo, la gracia de suicidarse o no es sabiendo que la opción existe y es físicamente fácil y no porque ¡calle esos ojos, Jesús Credo! Pero, a pesar de tanta trascendencia, se nos deja venir también con una obra maestra del humor, algo muy vital, muy poco suicida, como “Manualito de imposturología física”, en la que se burla a fondo nada menos que de Newton ¡virgen santísima! Hay que tener muchas ganas de joder ¡que los muertos no joden! para semejante aventura tan divertida.
Pero bueno, basta ya, estamos es navegando a remo, no haciendo crítica literaria.
Pasada la playa del pueblo, entrados y salidos del el extremo nororiental y habiendo girado 180 grados para otra vez seguir al norte, vino la cuestión de la autoridad, que al fin y al cabo es fundamental en la navegación, en la cual babor es babor y no izquierda. Un tipo con escopeta utiliza un silbato para hacernos saber que hasta allí podemos llegar porque hay unas barreras adelante. Pero no tiene en cuenta que las tales barreras permiten pasar, pues no son continuas. Le explicamos a grito limpio que las barreras son para que no pase el buchón y que él, que es su guardián, está para evitar que se roben las barreras y no para reglamentar el uso de la laguna.
Pero ¡qué ingenuidad! Si todo aquel a quien se le encomienda una labor crea una ley. Todo ser humano es un legislador. Este guarda entendió que si el debía cuidar que no se roben las barreras lo mejor era crear la regla, la norma, de que nadie podía pasar de ese punto. De ahí el silbato y la escopeta. Porque claro, es de sentido común que la mejor manera de evitar que se roben las barreras es prohibiendo que cualquiera llegue hasta ahí. Igual hace el vigilante de los carros de los invitados a una fiesta. El tipo, por sí y ante sí termina prohibiendo que pase cualquier persona por esa calle. Lo cual, dicho sea de paso, siempre le parece magnífico al oferente de la fiesta y a los dueños de los carros. El único problema es que esa actitud constituye un abuso frente a los usuarios de la calle o de la laguna.
Pero así es la cosa y todo el mundo lo hace. Por ejemplo, la Corte Constitucional recibió el mandato de hacer un control de forma, de procedimiento, sobre los actos que reforman la Constitución Política. Pero a ella le pareció, hace unos años, no de ahora, que eso no era suficiente y decidió que también podía hacer algunos controles de fondo. Como es obvio, a los que no estaban de acuerdo con la reforma objeto de análisis les pareció genial, natural, conveniente, sensato, jurídico, profundo, que así se hubiera hecho. Y hubo aplausos, editoriales, palmaditas en la espalda, artículos, tratados, explicaciones, y conferencias que demostraron que así era la cosa. Y así es ahora. Punto.
A la Corte Suprema de Justicia, por su parte, le pareció que el mandato constitucional de elegir un fiscal de una terna propuesta por el presidente de la república no es lo que ella debe hacer, sino que debe agregarle que, además, los miembros de la terna deben ser penalistas, inteligentes, buenas personas, ágiles, no amigos del presidente, inmaculados. ¡Bravoooo! Grita la tribuna, como debe ser, que la ley no puede cumplirse o incumplirse así no más, debe ser interpretada dentro del sentido y contexto de la constitución política y la democracia y el sentido común y la justicia y la claridad y la transparencia y la ética.
Por su parte, el director de aduanas tampoco se puede quedar atrás ¡NADIE SE PUEDE QUEDAR ATRÁS! Y, por lo tanto, él también echa una circular agregando deberes a lo que dice la ley, el decreto y el reglamento. ¡Bravoo! Gritan los industriales a quienes la medida beneficia ¿Qué es ilegal? ¡Pendejadas de los contrabandistas! Y así puede ser.
Lástima que estemos navegando en kayak y remando, además, lo cual implica que tenemos las dos manos ocupadas y, se comprenderá, no estamos para consultar documentos o entrar al la web para sustentar estos pensamientos que, por tanto, se mojarán con la próxima ola que se nos meta por la espalda y quedarán por ahí, en la laguna, o en los montes cercanos, o en el fondo, o serán alimento para esos monstruos de aguas frías como el narval, el tiburón de los polos, el oso polar, las focas o los microorganismos de menos 50 grados Celsius, si es que existen y habitan en estos parajes.
Pero reflexiones veloces al fin y al cabo, sensaciones oníricas, ramalazos en el rincón de las neuronas destinado a estos efectos, y pasan muy rápido, de tal manera que no logran concretarse en un tratado o tan siquiera quedar escritas, sino que ¡zas!, como un pez volador, como el paisaje mismo o como el cansancio de este actividad deportiva tan desprovista, tan prolija, tan entusiasta, tan bonita, tan adjetiva.
Hablando de cansancio, es muy factible que haya alguna glándula, no gónada, que produzca algún tipo de exaltación del ánimo o embriaguez, porque llegando a la Isla Norte, el profesor Gordon empezó a declamar, a gritar, que el podía comandar los elemento o crear ahí mismo una roca si le daba la gana o, que, en todo caso, podía decir y pensar, pero especialmente decir, porque pensar es tan íntimo que todo el mundo puede, lo que él quisiera, de tal manera que dijo que en términos cervantinos podía proclamar que era un hideputa, o que iba a aprender una serie de trucos para realizar en el kayak y gritaba y gritaba y seguía remando con pasión, primero exagerando el movimiento, pero después en una franca locura gestual acompañada de improperios y maldiciones, para dar paso a unas sinceras y sonoras carcajadas. No se en qué momento, pero lo cierto es que entre las carcajadas empezó a disparar los remos, los cuales, aunque parezca increíble, tenían un dispositivo como de fusil y de a tres tiros por cada extremo, de manera que ¡Pann! Un tiro por un lado y ¡pann! Otro tiro por el otro lado, con la precaución, debe reconocerse, de que lo fogonazos salían siempre del lado del remo que estaba en la parte alta, en previsión quizá de no volarnos la cabeza a ningún de nosotros. Y uno más ¡PANN!, y otro ¡PANN! Y se reía a carcajadas festejando su ocurrencia.
Navegar pues, es divertido. La última parte tocó con olas de través. Enormes olas de hasta 40 centímetros, ¡qué barbaridad barbarita! Y eso que ahora, en esta época, la laguna está baja por el verano y han aparecido islas, troncos enterrados, remedo de muelles o quioscos de otras épocas, cosas así. ¿icebergs? No gracias, no los hay en la laguna, pero si graniza puede que en la playa se acumule el hielo y ahí te he de ver resbalando y maldiciendo, como en Groenlandia.
Fin.