DEL HAY FESTIVAL – OTRAS VOCES

 

 A este evento algunos no asistieron. Como ya sucedió el año pasado, fueron invitados al desgaire, sin entusiasmo. Parece que la base de datos estaba desactualizada, no se constataron las direcciones y, para terminar, no se hizo el más mínimo seguimiento. Por tanto, no se supo ni siquiera si alguno confirmó asistencia y luego se sintió desairado.

En fin, el hecho incontrovertible es que habitantes urbanos tan cartageneros como el que más, colombianos todos, no asistieron a tan trascendental evento.

Por ello, sin hacer ruido, me di a la tarea de buscarlos en sus quehaceres e indagarles de primera mano el motivo de su ausencia y otras opiniones. Ya se vería en el transcurso de la entrevista.

Con ayuda de un intermediario de alcurnia y poder conseguí la cita. Sería en el Puente Román, ni en Getsemaní ni en Manga, sino en la frontera, en sus dominios.

Ya se sabe, todo en ellos pertenece al mar, o a los barcos veleros, o a la sal, o a la brisa.

Allí estaba pues puntual y serio, casi doctoral; ríe poco. Cuando me vio llegar terminó de inmediato, pero con estilo, la faena de pesca que lo ocupaba bajo ese cielo azul cartagenero y apacible, emparentado con el calor y el horizonte.

Un velero se hacía a la mar sorteando con cuidado los bajos de la bahía.

– Buenas tardes

– Buenas tardes

– Déjame presentarme y proceder con mi cometido, no quiero quitarte tu valioso tiempo.

– Valioso sí pero extenso, esa es ya una de mis diferencias con ustedes, siempre tan atragantados de tareas irrealizables.

– Bueno, en todo caso…

– Ven, acércate a este costado del puente y te muestro mi casa y parientes.

Consideré prudente permitir algún silencio antes de preguntar y al fin dije:

Voy a ser directo: ¿por qué no asistió usted al festival y sus eventos?

– Bueno, por ahí he atisbado….. pero, la verdad, usted sabe, interpreté que querrían estar solos.

– ¿Qué indicios?

– De todo tipo. Fíjese usted, todo aquello de las sillas, las mesas, el aire acondicionado, el micrófono, las autoayudas, la disposición del escenario. Creo que la logística está dispuesta para excluirnos. Y esto lo digo bajo la cortesía de la respuesta, no como reclamo o queja.

– Bueno, ¿no habrían podido pedir algunos cambios? De seguro se habría podido llegar a algún acuerdo. Usted sabe, los organizadores son gente interesada en complacer a los conferencistas y esas cosas.

– No valía la pena, además, es posible que en ciertos casos la diversidad deba solo respetarse sin mezclarse.

– ¿En que están ustedes en cuanto escritura, en cuanto a palabra?

– Pues, viendo el asunto sin prejuicios ni petulancia, bastante bien, pero, quiero aclararle que nuestras formas de escribir y nuestra tradición milenaria de comunicación ha tomado, o tomó desde hace mucho tiempo, un objeto de narración, una reflexión, diferente de la de ustedes.

– ¿Producen muchos libros?

– No, en realidad no. Pero déjeme explicarle: el libro y los documentos conservables en general, son una invención reciente y a decir verdad, excluyente de nuestra cultura, lo cual nosotros no solo hemos desechado como poco útil, sino peligrosa.

-¿Es malo escribir documentos?

– Pues no lo sé, pero lo evidente es que su cultura ha sobredimensionado la cuestión de la comunicación permanente.

– ¿Pero ha sido indispensable para el progreso, hemos logrado crear una verdadera historia y avanzar de forma impensable hace 6.000 años, cuando todas las culturas u organizaciones asociadas compartían el ideal de estabilidad.

– He ahí otro tremendo prejuicio, ustedes creen que mejoran porque escriben y progresan. Nosotros, en cambio, hemos generado un devenir asociado mucho más acompasado, predecible, estable e igualitario.

Créame, nosotros seguimos con mucho interés sus manifestaciones culturales, en especial la escrita. Pero claro, como nunca se nos ve leyendo, se ha formado la idea errónea de que no lo hacemos.

¿Sabe usted cuál es la función y la permanencia de nuestra “palabra”?

– No, no, me sorprende usted.

– ¿Vé? Nosotros tenemos escritura de playa y aérea, programada para perdurar una generación y media. Lo cual, lo hemos demostrado por milenios, es suficiente para alimento, vuelo y ensoñación ¿cree usted que nuestras cabriolas son caprichosas y caóticas?

– No, sí…

– ¿Ve? Déjeme explicarle, venga, acérquese, observe a ese colega que parecería estar volando.

– Soñando.

– Si, parecería, pero no, está escribiendo importante información. Mire aquel otro en la playa, pensativo y serio. ¿qué cree que hace con sus huellas?

– ¿Escribiendo?

– Claro. Lo que pasa es que no nos amargamos como ustedes con todo ese discurso de la cultura, la historia y las diez mil y más cosas por las que ustedes discuten.

– Pero bueno ¿qué los llevó a esta elección cultural?

– Muchas cosas, pero remontémonos a los albores del deshielo ¿habrá usted leído sobre ello? ¿no?

– Domier, uno de nuestros antepasados fundadores, algo así como Adán, Abraham o Moisés para ustedes, tuvo la visión fundamental, de la cual estableció el orden de convivencia, más o menos como Los Diez Mandamientos para los judeo cristianos. En ella quedó establecido que es mejor preservar que mejorar o poblar.

– ¿Son ustedes conservadores?

– No, por cierto, pero tampoco liberales. Primero, no hacemos política, aunque entendemos muy bien el fenómeno del poder; además, realmente no nos interesa. Pero bueno, la cuestión es que el primer antepasado funcional, recogiendo la experiencia y sabiduría de siglos, aunque usted no lo crea, propuso un voto de permanencia. De ahí que no nos armamos y casi no peleamos y, por lo tanto, no somos muy aficionados al Festival Hay de literatura.

– ¡Magnífico! Está claro. Cambiando de tema: cuando ustedes se zambullen desde 15 o más metros de altura ¿entran al agua con la boca abierta, o la abren después de haber pasado la superficie?

– Bueno, es opcional, lo importante es no sobrepasar el punto en que la aerodinamia entraría en choque con nuestra anatomía.

– ¿Cómo corrigen ustedes el fenómeno de la refracción?

– Bueno, eso es cuestión de milenios y, además, siempre están las fórmulas redactadas por los maestros.

-¿Están escritas?

– No, no se trata de eso, pero existen y, créame, son confiables. Pero no me pregunte usted por ellas, porque de seguro serían comercializadas y nuestra cultura irrespetada, así que, por favor, no más preguntas.

-Muchas gracias.

-A usted.

 

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