Mi abuelo

De mi abuelo, viejo lobo de mar, para mi, escribano inoficioso, amigo de RAS.

En los largos viajes el capitán con frecuencia participaba en nuestras conversaciones, especialmente cuando la mar estaba en calma pero había brisa o viento generoso, de manera que los aparejos no requerían atención constante. Constituíamos, sin duda, una hermandad.

Desde la época de las defensas  a Tortuga, durante las cuales sí, hay que reconocerlo, la violencia se extendió en el interior del grupo, y hasta mi retiro, no se presentaron peleas internas y, además,  las ejecuciones inmediatas jugaron un papel apaciguador. El capitán era un gran jefe, hombre de mar y guerra que trataba de ser justo y que nunca diluyó la paga.

Recuerdo pues que bajo la luna y al son de la mareta, o en el día, a la vista ya de pájaros de tierra, de seguro a no más de 5 o 6 singladuras del puerto, cada uno escogía su camisa y pantalón y se deleitaba con la ensoñación de sus amores y un plato caliente de arroz. Cosas de marinería. El capitán no era locuaz, pero transmitía de sí autoridad paterna, lecciones de vida. A veces ni siquiera echaba pie a tierra. Leía, pintaba, recorría una y otra vez las cartas de navegación. Pasaba mucho tiempo caminando por el barco y se entretenía reparando pequeños detalles, tomando nota de una escota raída, de un obenque mal fijado, adujaba alguna driza mal estibada, fumaba. Una vez me dijo que le hiciera un haz de guía doble para asegurar una botavara de fortuna para el esquife. En esa ocasión me contó de cuando niño su padre le enseñó el ballestrinque y el llano rizo y de una casa no lejos de Guipúzcoa y de otra en Extremadura. Pero la verdad no sabíamos mucho de él. Que tenía un hijo en la milicia, en el regimiento de infantería, que era viudo. Oficial de fina hoja de vida y algunas medallas en el baúl, que yo pude ver por casualidad una vez que le ayudé a reorganizar  cosas antes de la misión en Playa Calavera, cerca de La Martinica en lo de Paul Berdaujau.

Y aquí vuelvo a los puñales, los cuales, para no entendidos, debo aclarar que no son en realidad armas de guerra, sino compañeros de labor. En el fondo los consideramos una herramienta, como el crucifijo para el inquisidor. Porque yo conocí uno de estos personajes en Cartagena de Indias, cuando presenciamos las torturas a una mujer desgreñada y fea a la cual gritaban que ere bruja y pecadora. La verdad es que el incidente en sí se me borró de la memoria. Porque la muerte no era para nosotros cosa de recuerdo, sino oficio. Como decía el capitán: para el marinero la muerte no es ni miedo ni deber, a cada cual le llega la suya y que cada uno se la busque si le peta. Pero lo de la cruz como herramienta sí se me quedó por ahí para las tardes de guardia, cuando la inmensidad del océano nos hace taciturnos.

El cuchillo de un marinero, en todo caso, debe estar limpio. Primero, porque es cosa de milicia y disciplina, pero, en especial, porque así como la mirada escoge la compañía y debe ser traslúcida, como los bajos fondos en coral, el cuchillo es elemento de mesa y plática. No que se reserve en la batalla, pero nunca va antes del arcabuz o la espada. Un marinero en paz no lleva fuego ni sable, pero jamás deja su cuchillo. El cuchillo no se blande, que sí la espada o la lanza. Es personal y no de muerte, el cuchillo. Que si fuera de guerra su función principal entonces sí que le vendría bien el óxido y otras adherencias, como la sangre seca de paganos. Para que si no se le corta al enemigo vena que lo mate al rompe se tenga luego que lamentar de la ofensa y muera de infección. Que así lava mejor sus culpas y rinde honor a nuestra reina.

Porque hubo ocasión en la que el capitán y los oficiales, después de que destazamos un pez grande y de buena grasa, nos acompañaron en un torneo de precisión contra un tronco que izamos para el efecto. Después de eso el capitán nos explicó de armas y trucos de combate y habló largo sobre la función y trato entre la mar y sus puñales. Eran las cosas en que se iba una tarde cuando el humor era bueno a bordo y el capitán lo permitía. ¡Ah, como recuerdo la sal en la cara, del mar de aquellas épocas!

Mi puñal se lo di un día a mi hijo, que no es marino ni se ocupa de estas artes. Pero allá lo tiene colgado sí, por la chimenea. Continúa limpio, claro, como corresponde. Y hasta alguna vez con él les he enseñado a los nietos sobre la importancia de la precisión y la rapidez. Ellos sonríen, porque ya casi nadie lleva el cuchillo en tiempos de paz y, además, ahora la guerra tiene muchos requisitos y sus causas no se entienden.

Pablo

DE PEDRO A PABLO

Intermediario: Ramiro Araújo Segovia

Recordado Pablo:

Debo contarte que estoy totalmente curado y el psiquiatra me dio de alta.  Ahora ocupo el lugar que me corresponde en el mundo, sin complejos ni condiciones.

Por supuesto, hemos despachado más de 50 sesiones de terapia y he tenido que cumplir tres o cuatro programas para cambiar hábitos.

Por una parte, estoy comiendo menos, sin seguir ninguna dieta en especial.  Simplemente he adoptado “la religión” de jamás quedar lleno ¡que maravilla! Lo segundo ha sido abandonar todo pensamiento de protagonista, pero de esto quizá te cuente luego, no ahora.  En esencia, se trata de acomodarte pacíficamente como sujeto temporal, pasivo, gozoso y razonablemente aportante, pero limitado a “un granito de arena”…… o dos, a lo máximo.  Hemos hecho un inventario de logros por los que debo estar satisfecho.  Y ahora lo estoy.  Este doctor es una gran persona.  Me siento contento por haberlo conocido.  Por último, he dejado de escribir historias.

El médico me dijo que sentir ganas de escribir y no tener nada que decir es perfecto y normal, pero que, además, en mi caso particular, ya he escrito mucho.  Sea lo que fuere, me ordenó dejar de escribir y renunciar al título de escritor que tanto me halaga.

Tu sabes quizá mejor que nadie, con cuanta decisión y arrojo me dedico a las cosas una vez que descubro un punto de interés, por lo cual estoy seguro de que entenderás si te digo que ahora he descubierto un nuevo enfoque vital: no escribir.  El doctor me felicitó por esta decisión.

Te lo voy a contar en forma clara, con una que otra anécdota intercalada cuando sienta que ello es preciso para que esta enriquecedora experiencia que estoy viviendo sea una fuente[1] para ti también.

Bueno, pero no me malinterpretes.  No pretendo negarte el gozo de la utilización del idioma, que de manera tan intelectual nos permite el ejercicio de escribir, ni generarte angustia negativa, no. Sigue pues tus rutinas.  Esto que te cuento es personal, muy mío.  Tanto, que si lo comparto es solo porque se lo inteligente que eres y que le puedes sacar provecho a todo.  Además, ya sabes, a pesar de que no volveré a escribir, no quiero que pienses que soy indiferente.

Los primeros resultados concretos de esta nueva tarea, de esta nueva forma de vida, son los siguientes:

A)  Cuando llegas a una cafetería ya no sientes la compulsión de sentarte solo a leer, ni te sientes en la obligación de sacar un trozo de papel para describir la relación que existe entre esos dos señores, la cual, está claro, se evidencia inefable por lo gestos lentos del uno frente al otro, sin que lo sean de comunicación, sino formas del trato presencial entre personas que ya han pasado mucho tiempo juntos y durante muchas etapas de su vida.  Me aceptarás que se comportan en forma diferente entre sí dos ejecutivos que han tenido que viajar juntos a un proyecto, después de 15 días de estar en ello, a como se comportan cuando se sientan a hacer negocios por primera vez, o a como lo hacen cuando están cada uno con su familia.  La gente que ha compartido celda durante un año sabe a que me refiero.

B) Si lees un libro y la brisa que refresca el rostro de algún personaje melancólico te abre la imaginación para otras brisas y personajes, ya no tienes la obligación de tomar un medio de escritura para perpetuar la imagen dentro de tus circunstancias y experiencia.  En esto hay, sin duda, una liberación fascinante que te hace sentir la levedad que te mereces y de la cual te habías hecho esquivo por fuerza del oficio de escritor, el cual, además, quería enseñorarte del mundo para controvertirlo al menos como posibilidad narrativa, que es una de las especies más antiguas de revolución, trueque y pasión.

Ya tu sabes, es aquello de no dejar pasar tranquilo un tren, sino apropiárselo para cambiarlo por una locomotora vieja, humeante, atestada de carbón, que se anuncia con unos pitos y resoplidos, pero que tampoco son concretos, sino que pertenecen a varias de las películas que has visto, en las cuales el paisaje suave de la pradera cercada por lejanas colinas rocosas, es atravesada, por imperio de quien sabe quien inspiración, por una delgada línea que pronto es asumida por la máquina descomunal dentro de la cual rápidamente te hacen enterar que viaja una noble y emproblemada rubia con un destino precisado exactamente por un esbozo estético en movimiento captado para ti como espectador.

Tampoco tengo ahora ese deber obsesivo de cuadricular el tiempo y la realidad para desdeñar algunos de los cubículos pero asumir otros con la osadía de un observador perverso, un voyerista, por mencionarlo así, y ubicar en él a los tres jóvenes que se ríen viendo como son requisados los viajeros que entran a la sala de espera de un viaje en avión y someterlos, a los cubículos, a un viaje menos denso en cuanto a parafernalia técnica pero un poco más poblado de niebla bajo la óptica de algún escritor que suele ocuparse en extenso de ese tipo de cosas humanas.  Un Saramago, propongo, que requiere de más de 10 páginas para una primera exploración sobre la forma como un señor de 50 años, jubilado, emigrante, llega a un hotel de segunda categoría, pero aún con dignidad y gerente y botones y mucama, y realiza algunos procesos propios de su educación, estudios y situación ante la sociedad, que no haría un muchacho de veinte años que llegase a allí para presentarse a la universidad a la que se ha inscrito.

Ahora puedo oír tranquilo, otra vez, porque de niño ya lo hice, que hay monjes recluidos en un monasterio y casi confinados a una celda de paredes gruesas de piedra antigua, como las de la prisión de Edmundo Dantés, Conde de Montecristo, que como trabajo se dedican a cosas esenciales y básicas, como labrar la tierra unas pocas horas al día y el resto del tiempo lo reparten entre leer despacio, muy despacio, algunos pasajes bíblicos o de autores escogidos por el fundador de la comunidad, tales como Teresa de Jesús, y a orar.

Digo pues que ahora puedo escuchar tales relatos sin iniciar de inmediato la exploración denodada de la historia detrás del monje o, por lo menos, de las penurias de quienes construyeron la edificación en la cima inverosímil del gigantesco peñasco al cual sólo podrá ascender quien tenga autorización de los allí congregados.  De seguro, diría el escritor, que en aquellas húmedas y oscuras habitaciones convivirán el líder que impone la sabiduría ascética por verbo o reciedumbre ejemplar y el inculto que se arrima por ignorancia o comodidad.  Y no solo diría, sino que de seguro emprenderá un viaje absurdo y estoico para acercarse a esas extrañas convivencias y salir de allí, dirá, enriquecido por la milenaria historia de quienes renuncian al mundo para allanar a otros el camino hacia Dios, pero también para aceptar un debate sobre si hay un Dios que requiere que le allanen a sus hijos el camino a su morada o sobre si hubo monjes tan ambiciosos que enterraron vivos a los superiores de alguna época para años después gozar de tesoros o conocimientos.

Porque recordarás los dibujos en relieve de los jarrones de arcilla o porcelana, en los cuales evidentemente se nos ilustra sobre cómo algunos de estos monjes de riscos inaccesibles ya practicaban el paracaidismo por los años 650 a 1110 d.c.

Tu abuelo, viejo lobo de mar, curioso siempre y atigradísimo, en su célebre libro “Aires de Ascenso y Descenso en la Antigüedad”[2] nos explica que esos paracaídas eran fabricados con cuero liviano de camellos y otras bestias apacibles de las cercanías, a los que sometían a ardides de montañistas para adelgazarlos de tal suerte que el cuero fuera casi transparente pero aceitado, con lo cual, al morir el animal, se destazaba con habilidad, se retiraban las vísceras y con los mismos huesos se trataba dicha piel o cuero, hasta darle la textura que convenía.  Después de recolectar entre una docena o veinte cueros de estos, pasaban los monjes a trefilar lianas húmedas de plantas jóvenes con tripas de aquellas bestias para lograr cuerdas flexibles, pero resistentes, para hacer con ellas el parapeto para el direccionamiento del paracaídas y también colgar de allí el arnés o sillín en el que descendería meditando el monje.

En los rollos antiguos de los historiadores más confiables de la época dorada del paracaidismo desde roca en el área de los monasterios griegos y turcos se consigna con precisión digna de todo crédito, que en las tardes estivales, cuando las campiñas aledañas a las breñas monacales gozaban de viento fresco y visibilidad adecuada se podían divisar hasta 40 monjes planeando cual “aves benignas” disfrutando la paz del más dulce de los movimientos hasta ahora clasificados por el hombre”[3]

C) Si encuentran que algo no responde a un razonamiento crítico, ni se acomoda a la lógica elemental, pero que, sin embargo, se impone por sobre cualquier intento de argumentación, ya no te sientes en la obligación de plantear una explicación no racional pero sí fruto de la credibilidad sentimental.

Te liberas, por tanto, de explicaciones sobre el silencio de la historia tradicional sobre el paracaidismo anterior a Leonardo Da Vinci y dejarás el campo a los antropólogos o historiadores que sabrán, de seguro y sin titubeos, pergeñar recias disquisiciones sobre la autenticidad de las ánforas con relieves y rendirán sus elucubraciones y, en una cita de pie de página polivalente y bibliográfica, dirán si los etruscos también volaron o no.

La diferencia, por tanto, es clarísima y nos coloca en una situación psicológica avanzada, libre de pretendidas creaciones, para dejarnos gozar del frío, o del calor, sin condicionamientos racionalistas.  Y te das cuenta entonces de que no es indispensable pasar de los monjes voladores a los ogros paracaidistas que se peleaban en el Medioevo con los dragones y los arcángeles por el territorio inhóspito de los reconocimientos populares.

Es apenas natural, y no debería casi nombrarse, que el no escritor es un ser humano comprensivo y relajado, sin pendencias esquizoides ni artificios inútiles.

Porque no te importa ya si el paracaidismo fue cantábrico o griego, porque, claro, las posibilidades se reducen a la autenticidad de unas ánforas no sometidas a la prueba del carbono 14.

D) Desde el punto de vista empresarial, por otra parte, el ambiente que tu aportas al trabajo es de colaboración, de “dar y recibir”, de tratos “gana, gana” y no de la tensión propia que generan los escritores con su egoísmo inconmensurable, que todo lo quieren despojar de un sentido comunitario para personalizarlo hasta el extremo de pretender entregar nuevas verdades, como si con la verdad de la existencia y sus dificultades no fuera ya más que suficiente.

Así, no solo es sano para el espíritu, sino beneficioso para a la comunidad abortar toda toxina distorsiva, a lo cual siempre conduce la enfermedad de los escritores.

Porque, además, no se conforman con registrar los sucesos y, si acaso, acompañar opiniones, sino que pretenden replantear la vida para insertar paralelas que nadie ha solicitado.

Está demostrado que generan mayor valor agregado y son más competitivas las empresas, económicas o de las otras, en las cuales los escritores se han logrado mantener a una prudente distancia.  A contrario sensu, se ha podido establecer que las organizaciones, sociedades, países y gobiernos, en los cuales uno o más escritores han permeado la realidad, se hacen confusas, inclinadas al conformismo y, sobre todo, mucho más lentas en salir de productos caducos o de larga maduración.

Es el caso, para citar un ejemplo, de la fábrica de cámaras fotográficas Catton Inc of Japan, la cual presentó índices de ventas y retorno de inversión destacados entre los años 1980 a 2.000, pero a partir de allí, cuando uno de los accionistas transgredió la disciplina de las actas y optó por la tal “creatividad” egoísta del escritor, todo ha tenido un crecimiento negativo.

Porque, en resumen, ¿qué necesidad tenía Otawaska de plantear en un cuento que el origen de la fotografía se remontaba a la época en que la energía de los volcanes estaba constituida por partículas inteligentes que reposaban dentro de la oscuridad de los aposentos de las cámaras fotográficas, pero que se reproducían en fotones, igualmente alegres, cuando la situación se exponía al ataque de la luz?

La empresa ha batallado desde entonces para demostrar que las células fotogénicas no existen ni son la mínima expresión de los nomos y duendes quisquillosos, pero la gente del común ha decidido detener sus inversiones en cámaras fotográficas para dedicarse a esperar si las minúsculas luminarias del imperio organizado del reino de la oscuridad logra conquistar a las huestes petulantes de la luz.

¿No te parece que hubiera sido más sensato haber incrementado las utilidades como era lo real y conveniente, que ensartar a los cuadros directivos en disquisiciones sobre los peligros o beneficios de que el país de la oscuridad triunfare sobre las evidencias de una luz hiriente pero atestada de parsimonia?

Pero claro, cometido un error de esta naturaleza la batalla se desata y por más que se expidan medidas restringiendo o, incluso, prohibiendo el uso de armas en batallas intra cámaras, todos los implicados, ejércitos y portadores, quieren ser mensajeros del bienestar y, en consecuencia, esto no genera crecimiento sino molicie y debilidad.

Como capítulo aparte te puedo contar que en la sesión de terapia No. 33[4] , que se desarrolló, por recomendación de la enfermera auxiliar No. 2 del doctor en el sitio Punta Canoa, sobre el Mar Caribe, en cercanías de Cartagena de Indias, el doctor y las enfermeras decidieron como forma de terapia para ayudarme, relatarme a varias voces las penalidades que ellos, como grupo, habían pasado frente a la sociedad por presentarse como equipo sentimental en un congreso al que fue invitado el doctor.

De hecho, los organizadores no aceptaron que mi psiquiatra apareciera con su esposa y siete enfermeras, todas lindísimas, provocadoras y semi desnudas, como la empresa Horacia, Veleta, Cornisa, Pedagos, Arsenio, Comala, Medida, Mackhete y Sodarno Asociados, ni, por supuesto, concedieron al doctor el pedido de que se les asignara a todo el grupo un solo cuarto con una cama muy ancha en la que pudieran descansar y dormir todos juntos en cualquier momento, por razones de la conferencia y el trabajo que habían preparado y cuyo vídeo entregarían a los asistentes del congreso.

De hecho, en vez de sentarse a la mesa uno al lado del otro, como es lo usual en los congresos, llevaron una silla armable en la que se podían acomodar uno arriba del otro y, con un artificio de poleas y adminículos electrónicos podían lograr que el doctor, durante el almuerzo, según los requerimientos de la conversación, pudiera cambiar de puesto en la torre.

Uno de los asistentes se abalanzó con un hacha a destrozar la estructura de la torre y fue necesario que quien ocupaba la parte alta soltara sobre el atacante una bola de acero que se mantenía siempre en la parte superior de la torre junto con dos litros de aceite hirviendo, para utilizarlos a discreción en este tipo de situaciones.

La potala fue decomisada y el aceite se destinó a la cocina del hotel y los heridos fueron trasladados a donde pertenecían.

El doctor y las enfermeras, que son gente seria y madura no dieron declaraciones a la prensa escrita ni a la radio y, como era de esperarse, el asunto, en cuanto cotilleo, languideció sin demasiada motivación.

Para que tengas una idea, imagínate que en cada sesión de terapia había diecisiete o dieciocho sucesos de originalidad y sustancia similar de los cuales uno podía hacerse partícipe o no sin ofender a nadie.

En otras sesiones había música, cigarros y laxantes, por los poderes curativos de la limpieza del estómago, o películas, o monólogos.

En cuanto a los ejemplos que pueden destacarse, se citan en la literatura especializada[5] casos como el de Panchini, escritor Cuenqueño, quien se liberó de contar que en los Altos del Cachimir vive un señor al que el pelo le crece a una rata de metro por día y a la señora de metro y medio también por día y que entre los dos abastecen cómodamente el único almacén de artesanías de cabello humano que funciona en Perú, porque, además, tienen variedad de producto, en la medida que no es el pelo de la cabeza el único que les crece con esa feracidad,  sino que también lo hace así el de las partes, las piernas, las axilas y la nariz.

Bueno, ya me despido. Salúdame a los tuyos.

Pedro.



[1] He dicho “fuente”, sin explicarte de qué, porque en estos meses he aprendido que ofrecer a otro una fuente, así no sea de algo en especial es maravilloso, útil y poético.  Por supuesto, no soy ajeno a que tu tesis de grado fue sobre la inspiración poética de Sor Juana Inés de la Cruz.  A propósito, te recomiendo le libro “La fuente y la Ventana, Experiencias Paralelas”, de Guy de Fragavachtecour.  Ya sabrás porque lo hago.

[2]Editorial Bonniutu, Lima, 1968

[3] Papeles de la tradición monacal.  Segundo sótano de la abadía de Trepabonita.

[4] Tengo todas las sesiones debidamente redactadas, foliadas y con índices generales, por materia, con citas de pie de página y resaltadas con tinta roja, en especial los aspectos más emocionantes.

[5] Se puede consultar variada y extensa literatura en la obra “Variada y Extensa literatura sobre casos relevantes de beneficios comprobados en Escritores que dejaron de escribir por recomendación psiquiátrica interactuante.

-VAJEXLISOCAREPBECOMENESQUEDESCRIPORECPRINT -, — VASINT–,

Tacronet, Viscorov K., Edit. Poush, Saravejo, 2003.  Reproducido con licencia reg. 14781012. C4T2 por la Universidad de Cataluña Departamento de Varios.  2004.  Traductor:  Malinkor Pérez H. (Lic. 47 MinRel. Exteriores de Colombia)

Kayak La Dorada – Cartagena

KAYAK.  LA DORADA – CARTAGENA

Marzo de 2.007

Ramiro Araújo Segovia.

Voy a contarles la aventura que nos corrimos mi amigo Felipe Sosadías y yo, navegando en kayak buena parte del río Magdalena, desde La Dorada, departamento de Caldas, en el centro de Colombia, hasta Cartagena de Indias, en el Mar Caribe. El recorrido es de unos 918 kilómetros, pero la intención desde el principio fue remar solo 610 en 8 días, dejando 2  días para descansar y  trasladar los kayaks en lancha entre Puerto Berrío y Barrancabermeja y de Puerto Wilches a Gamarra, para un total de 10 días de aventura. Finalmente hicimos más o menos 470 kmts. de remo efectivo.

No contaríamos con ningún tipo de apoyo externo una vez zarpáramos de La Dorada. Pero, por supuesto, sabíamos que sí contábamos con el apoyo incondicional  de Gonza para cualquier “rescate” que resultara indispensable organizar (diga usted, si nos atracaban y nos robaban la plata o los kayaks o ambas cosas) y para llevar los kayaks hasta el puerto de zarpe.

La verdad es que ni el tiempo disponible, ni las condiciones de seguridad del país son óptimos para acampar en despoblado, aunque íbamos bien preparados para ello. Hay grupos de guerrilleros y de paramilitares que secuestran o matan sin mayores miramientos a cualquiera que consideren “rentable” para una “retención revolucionaria” como han dado en llamar en forma cínica y cobarde a estos atropellos a la dignidad humana.

Por supuesto, se trataba de una aventura y no de un acto de locos. Por lo tanto, calculamos que si no salíamos del río y sus riberas el peligro era mínimo, puesto que el ejército nacional ejerce vigilancia por tramos con buenas lanchas artilladas y el reducido tráfico de embarcaciones hace poco factible que los grupos terroristas inviertan en medrar en el río en busca de “secuestrables”. Por lo demás, ya política aparte, para minimizar los  peligros normales de una travesía, contábamos con un excelente equipo, provisión suficiente de dinero y habíamos realizado un estudio detallado de las distancias a recorrer, con un estimado razonable de cual era la mejor ruta frente a cada bifurcación  del río, dados las innumerables islas y bancos de arena que existen; contamos con un GPS básico. De la efectividad de todo esto nos ocuparemos con cierto detalle más adelante.

Por otra parte, debo decir que la razón para relatar nuestra modesta aventura no es solo la elemental de ensanchar con vigor el ego y hacerle saber con vanidad, a quien quiera leerlo, que hicimos algo que requiere entrenamiento, decisión y un desproporcionado esfuerzo físico, en especial cuando se está en los famosos 50 de edad, sino porque nos percatamos, tratando de buscar información, que en Colombia prácticamente nadie hace kayakismo de travesía. De hecho, en los tres años largos que hemos estado yendo regularmente al Embalse de Tominé, ubicado entre las apacibles poblaciones de  Sesquilé y Guatavita, en el departamento de Cundinamarca, ni en el último año de entrenamiento sistemático, hemos encontrado kayakistas de aventura, -o paseo largo, para no sonar presuntuosos- salvo por la honrosa excepción de Alberto Valenzuela, más loco que nosotros, a quien nos topamos, por ahí, 15 días antes de nuestra salida y una semana antes del inicio de su aventura en solitario por el río Atrato, desde Quibdó hasta Turbo, atravesando más de 500 kilómetros de una selva inhóspita y aislada; ya él había hecho un recorrido largo por el río Meta, en los Llanos Orientales, y nos dio algunos consejos valiosos.[1]  No se consiguen buenos mapas del río, ni información sobre velocidad promedió de la corriente, ni nada. Sin embargo, en el Ministerio de Transporte el ingeniero Edgar Buitrago nos regaló un buen mapa, por tramos, que nos sirvió para establecer distancias reales entre las poblaciones y calcular el tiempo de cada jornada. Entre Plato y Calamar (penúltima jornada) el sargento Antonio Soler, a cargo de una lancha artillada del ejército nacional, nos mostró los mapas que ellos utilizan, bien plastificados y en colores. ¡Eso era lo habíamos estado buscando por meses!

Para la próxima aventura, ya sabemos, lo cual aprendimos demasiado tarde para ésta, hay algunos GPS  a los cuales se les pueden instalar, con el adminículo y programa adecuado, los mapas satelitales del Google Earth, y sobre ellos programar una ruta muy detallada con precisión absoluta.

LA DORADA – PUERTO BOYACA.

(Jornada 1. Marzo 8/07)

El miércoles 7 de marzo salimos de Bogota con Gonza y con Javier. El primero es nuestro gran amigo y socio desde la infancia, aventurero él por vocación desde edad temprana, como que a los 16 años se largo a convivir  solo, por 20 días, con los indios guajiros en la desértica península colombiana de La Guajira. Desde hace unos años, en sus tiempos libres, anda recorriendo los caminos de Sur América en unas motos mas pesadas que un toro de casta y más rápidas que un cheetah africano. Javier es un soñador que se ha sabido perder ocasionalmente en las selvas del sur de Colombia y coronar en solitario una que otra cumbre nevada y que ahora esta sacando adelante,  a pulso limpio, un almacén de empaques para maquinaria.

Ni Felipe ni yo somos un dechado de planificadores, de manera que el día de la salida no sabíamos todavía con exactitud qué íbamos a llevar durante la travesía, ni cual era el peso límite adecuado que podían soportar los kayaks. La verdad todavía no lo sabemos. Tampoco sabíamos, ni lo sabemos ahora,  dicho sea de paso, si en caso de volcadura seriamos capaces de enderezar los kayaks y volver a abordar. Pensamos que de todos modos, siendo dos, ahí nos apañaríamos en caso de necesidad.

Los kayaks son marca Old Town Canoe, modelo Milenium 160, que importamos de un distribuidor en Miami a mediados de 1999.  Miden 5 metros de eslora y 63 cms de manga, 30 cms de alto y su peso es de 25 Kg. Nuestro equipaje básico quedo finalmente constituido por una carpa liviana (menos de 3 kilos) dos bolsas de dormir estilo sarcófago, también muy livianas y que se reducen, al empacarlas, a una bolsita de 20 por 10 centímetros. Cada uno empacó un chinchorro liviano y un mosquitero, un pantalón largo, una pantaloneta y una camiseta (una remera, amigos de Argentina). Llevamos una estufita Coleman y dos balas pequeñas de gas, de las cuales apenas si utilizamos un cuarto de una. Por supuesto, nos hicimos de un botiquín de primeros auxilios, con alcohol, aspirinas, dólex, curitas, gasas, antialérgicos, milanta, crema contra hongos, diclofenaco en pastillas y en crema, vaselina para las manos, dado que yo utilizo, cuando las ampollas se hacen grandes y el guante normal no es suficiente, unos guates gruesos de cuero y lona, pero que me generan ampollas en el dorso de la mano; cepillo de dientes, crema dental, etc. Yo llevé una pequeña cámara filmadora marca Samsung, que además tiene un lente que se puede colocar en la cabeza cuando uno está haciendo un deporte que implica tener la manos ocupadas; a la larga no utilicé este accesorio durante este paseo. Para empacar estas cosas nos hicimos de unas bolsas de tela impermeable y una de plástico, que llaman bolsas secas, las cuales resultaron excelentes para proteger el equipaje. Se me olvidaba, también echamos una marmita y una cuchara cada uno, una navaja multiuso y una cinta gruesa de la que utilizaba McGiver en la famosa serie de televisión. Su utilidad es extraordinaria. Además, empaqué un machete, que nunca tuve oportunidad de utilizar, pero sigo pensando que es una herramienta útil para casos de acampada, en los que se requiere cortar ramas y cosas así. También llevé mi puñal de cazador que me acompaña desde los 15 años, pero que por no ser de acero inoxidable al segundo día ya estaba todo herrumbroso. Un sombrero de ala ancha es fundamental, dado que el recorrido a realizar corresponde a una de las zonas más calidas y soleadas del mundo. En fin, no se debe olvidar un buen protector solar y unas zapatillas delgadas, unas para la remada y otras como opción seca para los puertos o acampadas. En Bogota hay unos cuantos almacenes para deportes de aventura en los que se pueden conseguir cosas interesantes.

Subimos los kayaks en el techo de mi camioneta Mitsubishi 1997, un animal grande y espacioso, y salimos de Bogotá a eso de la 3pm con rumbo a La Dorada, por una ruta que baja y serpentea la Cordillera Oriental, sobre la que está Bogota, por una excelente carretera que pasa por La Vega, Guaduas, Villeta y Honda, pueblos ya de “tierra caliente” como se llama en Colombia a los pueblos de clima cálido, que son todos aquellos que no están trepados en alguna de las tres cordilleras que componen nuestro tramo de la gran Cordillera de los Andes. Honda está sobre el Rió Magdalena pero allí se interrumpe la navegación por los famosos Rápidos de Honda. La siguiente población es La Dorada, que es hasta donde el río es navegable hoy día (quizá requiere algún dragado para barcos o remolcadores grandes) y que en la época de La Conquista y La Colonia era el punto hasta donde se podía llegar por agua con los pianos de cola y los luminosos vestidos y joyas de los notables que se instalaron en Bogota, a 2600 metros de altura sobre el nivel del mar, huyéndole descaradamente  a los mosquitos del trópico.

Nos hospedamos en el hotel “Mi Chocita” ubicado justo enfrente del rió, calle de por medio. Como era ya de noche no pudimos ver el río, pero ahí estaba esperándonos con su color amarillo y su corriente mansa, mas no trivial; que supimos, por relato fidedigno, que al hijo del compadre Fide y al sobrino de Avisambra una moya les volteó la panga  y fueron chupados hasta el fondo y uno de ellos quedó enredado en un palo y solo sobrevivió por la calma y fuerza que supo asumir en pasaje tan bravío.

Gonza y Javier se tomaron unos aguardientes y echamos cuentos hasta las 12 a.m., cuando nos fuimos a dormir dado que debíamos levantarnos a las 5am para estar remando a las 6am.

Inmediatamente me desperté tome un baño de agua fría y salí a echar una mirada al río y al estado del tiempo. Realmente el nivel del aguan había bajado bastante desde la vez que visitamos la Dorada en octubre del año pasado, cuando hicimos, a manera de entrenamiento y para tener una primera experiencia de navegación en río, el trayecto La Dorada-Puerto Boyacá, de 77 kilómetros,  en casi 8 horas. Esto daba un promedio de velocidad, incluyendo varios descansos, de 9.6 k/h, bastante más alto del que la corriente nos permitiría en esta navegación. El nivel estaba tan bajo que se había formado un caño sin corriente, casi seco, y se veía una montaña de arena entre el caño y el río de verdad.

En fin, bajamos los kayaks de la camioneta, acomodamos el equipaje, desayunamos, y decidimos bajar al caño e intentar comenzar a remar desde ahí, en vez de vadearlo, subir la montaña de arena y ubicarnos de una vez en la corriente. Tuvimos suerte, porque sí fue posible remar o empujarnos con el remo contra el fango hasta alcanzar el río. Los kayaks, aun cargados y con uno abordo, no requieren más de unos 10 centímetros de fondo.

Claro, hubo abrazos, fotos, deseo de buenaventura y ahí estábamos el viejo Filip y yo metidos en la que nos habíamos inventado, remando suavemente rió abajo, con esa sensación entre eufórica y cautelosa que genera la soledad y el silencio. Al kilómetro de haber salido comenzamos a tocar fondo con los remos y adelante, en la orilla derecha, vimos unos baquianos que nos hacían gestos y gritaban que debíamos acercarnos a ese lado para encontrar el correntón. Pues resultó que eran Gonza y Javier, que rápidamente habían salido en la camioneta, cruzado el puente, cinco kilómetros abajo, y nos estaban dando una ultima despedida desde Puerto Salgar.

Bueno, ahí si quedamos a nuestra suerte. Pasamos debajo del puente y empezamos a sentir el río. Felipe comenzó a dar reportes e indicaciones con base en el GPS. ¡Muy bien! Era cuestión de continuar así por unas 8 horas ese día y repetir la secuencia durante los 7 días siguientes. ¿Cómo suena el remo al entrar y salir del agua? “cuash”, “cuash”, “cuash” (¿?)

El sol reverberaba sobre la superficie del río, pero no había sed, ni incomodidad de asiento, ni nada que perturbara nuestro armonioso discurrir. Además, estábamos bien aprovisionados de líquido. Unas 5 botellas de Gatorade y cuatro de agua cada uno, dosis que yo incrementé ligeramente en las siguientes jornadas. Felipe siempre ha sido menos consumidor de líquido que yo, cosa que ya habíamos podido establecer en nuestras aventuras ciclísticas de los años anteriores. Remar y pedalear se parecen mucho, salvo por aquello de los miembros que intervienen, pero incluso en lo del sufrimiento de culo se asemejan.

A la hora y media de navegación o cosa así, enfrente de una isla, ya casi entrados en el brazo derecho, grita el Filip: ¡ojo, viejo Rami! ¡El GPS indica que era por el otro! ¡corrijamos, corrijamos! Y bueno, pues a corregir se dijo, lo cual implicaba un poco de navegación contra corriente y otro tanto a través… y, finalmente, entramos en la ruta ¡correcta!  Pero… ¡que raro! La corriente es menor, el brazo parece más angosto que el otro y unos trescientos metros adentro empezamos a tocar fondo con los remos, luego con el kayak pero sin tener que detenernos, ahí íbamos, seria cuestión de pasar un bajo y la cosa cambiaría.

Pero la cosa no cambio, sino que, por el contrario, quedamos encallados. ¡Grandioso, encallados en unos kayaks de fondo plano que pueden navegar hasta en un plato de sopa! A caminar por el río se dijo. A los 30 metros volvió a haber algo de fondo y nos embarcamos de nuevo, pero a los 50 metros nuevamente varados, pero a los 50 metros otra vez fondo, pero a los 30 metros otra vez…… y así como por dos kilómetros. Pero hasta aquí el fondo era de arena dura, no problemático para vadear arrastrando los kayaks ¡como pesan estos bichos navegando sin agua!

Como dice Peter: lo que puede empeorar, empeora, y henos allí entonces metidos en un barrial inmundo, enterrados hasta los tobillos, sintiendo la tierra entre los dedos de los pies y, por supuesto, confiados en que no habría rayas, tan gustosas de ese tipo de suelo. Al poco rato estábamos metidos hasta la rodilla, las zapatillas se quedaban enterradas y la cosa no pintaba para acabar pronto. Al contrario, a veces la enterrada era hasta casi la cintura y entonces reculábamos y tratábamos de caminar por la orilla llevando los kayaks por la poca agua. Sirgar, creo que es el verbo marinero para esta operación tan hermosa. A todas estas, ya era claro que el siguiente punto del GPS estaba como a un kilómetro a la derecha. Bueno, pero ahí avanzábamos ¡con tal de que no se secara totalmente este absurdo caño! No podía ser, porque había corriente, pero… Bueno, finalmente el curso cambió hacia el este, lo cual indicaba que ya estábamos camino al río ¿pero donde estaba realmente el condenado?

Dos horas largas nos tomó alcanzar nuevamente la corriente principal. Aliviados, decidimos hacer un alto para almorzar, para lo cual calentamos unos frijoles que nos comimos con pan ¡bien!

¡A remar! Se había perdido tiempo, pero quizá todavía teníamos posibilidades de llegar a Puerto Boyacá antes del anochecer. No serian 8 horas sino 10, o quizá menos, porque ahora seriamos mas criteriosos frente al GPS.

Pero, ¡lo que es la vida! Nos metimos, sin formula de juicio, ni explicación lógica, en un brazo sin corriente. “Esto es una piscina”, nos dijo un pescador, “tienen que mantenerse en el río, en unos 40 minutos llegan, muy bonitos los barcos, ¿Dónde va el motor, que no se oye?” ¿Broma de pescador? No, luego nos dimos cuenta de que la duda se repetiría a lo largo del recorrido. “El motor son nuestros poderosos brazos” contestaríamos orgullosos. ¿Qué tal? Creo que es lo mínimo que responde cualquier cazador de cocodrilos. Que si ya no hay cocodrilos, ni caimanes, ni yacarés, ni babillas en este río…no es nuestra culpa. Acuérdense que yo llevaba conmigo, debajo del asiento, mi puñal de cazador que me acompaña desde los 15 años.

Y el río volvió a aparecer, no se había ido. ¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se ensarta? La tarde, en todo caso, avanzaba, de hecho ya el sol había cedido y se sentía el fresco. ¿Nos tocaría hacer nuestra primera vivaqueada? Pues para eso estábamos preparados. Además, no se percibía problema de seguridad alguno, puesto que  salvo pescadores muy ocasionales, este río, en esta zona, no lo recorre alma alguna.

Llevábamos 8 horas y media y no habíamos alcanzado Puerto Triunfo, pueblo que en la jornada de entrenamiento habíamos topado antes de las 6 horas. El GPS lo mostraba todavía lejos.

Pues nada, a remar y remar y ya se vería, además, no había nada que hacer. Lo razonable, ya lo habíamos decidido, era pernoctar en Puerto Triunfo, pero esto comenzaba a alterar seriamente el itinerario planificado. Finalmente habíamos salido de La Dorada a las 7am, por lo cual, al cabo de 10 horas de jornada eran las 5pm y en algo así como hora y media deberíamos estar en Puerto Triunfo. ¿cansados? ¡Nooho! Habíamos entrenado con jornadas de 4 y más horas cada sábado desde hacia unos 6 meses y desde antes con jornadas menos exigentes. Y habíamos hecho nuestro viaje de 8 horas en este mismo recorrido. ¿Nunca habíamos pasado de 8 horas, ni realizado jornadas así de largas en días seguidos? Pues no, pero tampoco nos sentíamos tan desgonzados como en aquel primer viaje largo; y todavía quedaba liquido.

Así iban las cavilaciones, cuando a las 5 y cuarto p.m., ¡un sonido de motor que nos daba alcance! Nos miramos, saludamos al lanchero y…¡hey amigo!  Y el hombre se detiene. Y era una embarcación arenera, espaciosa, larga…y sería la única y la ultima…mejor dicho, como ya se habrá intuido, somos gente madura, que ha oído decir que lo cortés no quita lo valiente y cosas similares que aunque no cuadren a la situación…al buen entendedor pocas palabras.

La verdad es que Puerto Triunfo estaba lejos. Alfredo, que así se llamaba el barquero, vivía con mujer e hijos en una casa a la orilla del rió, en zona inundable a las afueras del pueblo. Un playón, un barrial, un barranco resbaloso, una “playa alta” sucia y desordenada, muchas familias en una casa desvencijada y oscura. Arreglamos que nos cuidaría los kayaks y nos guardaría el equipaje y… esta parte es vergonzosa… que al día siguiente, para recuperar el itinerario, nos llevaría hasta media hora adelante de Puerto Boyacá, para así poder llegar con luz a Puerto Berrío, próxima escala, a unos 77 kilómetros de P. Boyacá.

El hombre resultó un negociante feroz y, como buen marinero profesional, con sus trucos ingenuos. La cuestión es que sí nos llevó hasta Puerto Boyacá, pero apenas llegamos allí disminuyó la velocidad de la lancha, por los bajos, según él, y porque esa parte del rió no la conocía, y porque “la gasolina está carísima” y porque además, alegaba, el arreglo era hasta P. Boyacá. Y bueno, como no teníamos planeada una batalla contra marinero e hijo de 10 años y, además, Alfredo parecía creerse sus propias razones, aceptamos que nos dejara, a eso de las 9 y media o 10 de la mañana, a unos 3 kilómetros adelante de P. Boyacá. Nos pidió que lo llamáramos al celular cuando llegáramos a Berrío. Por esto le tomamos cariño y, ya se sabe, un buen tipo que nos dio una mano cuando lo necesitamos.

PUERTO BOYACÁ – PUERTO BERRÍO

(Jornada 2. Marzo 9/07)

Remamos sin ningún afán, saboreando el paisaje. El río comienza a ser un poco más ancho y las curvas son menos seguidas, de manera que los puntos de referencia son un árbol o una montaña bien lejanos, lo cual psicológicamente tiene el efecto de que las etapas, en cuanto a división psíquica, tienden a coincidir con las distancias. No soy muy claro, lo se, pero es toda una experiencia.

Al pasar enfrente de la población de Nare, a pesar de que el río es ancho allí, quedamos encallados en toda la mitad del mismo, para disfrute de los niños del pueblo que nos gritaban quien sabe que cosas. Debíamos parecernos a Jesucristo  caminando sobre las aguas con su kayak en el mar de Tiberíades…digo.

Superado el incidente nos fuimos por la otra orilla, muy cerca de las casas del pueblo, que realmente es extenso. Salían de las casas, situadas arriba del barranco, bien altas, unos chorros de agua intermitentes y largos que…¡casi nos bañan! Aguas negras, sin procesar, pero, bueno, afortunadamente no alcanzamos a tomar la ducha del día; pero quedó claro que tampoco es bueno acercarse tanto a la orilla en pueblos como éste.

A uno o dos kilómetros de Nare desemboca el río del mismo nombre y poco después el río Magdalena se estrecha notablemente, por lo cual allí la corriente se hace bastante más fuerte y con remolinos, de manera que el paso entre una fábrica de cemento en Puerto Inmarco y Puerto Serviez es realmente emocionante y se condimentó, además, con el cruce de un remolcador que nos hizo dudar si debíamos esperar que cruzara o pasarlo por delante. Con la velocidad de la corriente no fue fácil calcular bien en cuanto tiempo nos interceptaría, por lo cual debimos parecer un poco torpes, especialmente yo, que en ese momento iba quedado unos 60 metros de Felipe. El remolcador comprendió la situación y bajó la velocidad para que cruzáramos holgadamente. Alcanzamos una velocidad record de 16 k/h

De almuerzo comimos fríjoles otra vez, con pan y galletas. Quizá salimos a remar un poco apresurados, pero lo cierto es que me entró un sopor y una sed insuperables. Como sucede después de un sancocho a fondo de esos que nos obligan a tomar una siesta, pero sin poder dormir. Disminuí el ritmo y a las dos horas tuve que hacer una parada para acostarme un rato, tomar un baño en el río y ahí más o menos me recompuse. Creo que fue una deshidratación. Ya con el sol más bajo, la segunda jornada de la tarde tuvo mejor cara. En términos generales hacíamos un descanso cada dos horas y, ocasionalmente, dependiendo de las circunstancias, uno adicional.

Como siempre, comenzamos a especular, Felipe con tendencia al optimismo y yo con un realismo casi pesimista pero que en general resultaba acertado, sobre cuanto faltaba para P. Berrío. “La torre que se ve en el horizonte tiene que ser el pueblo,”  y no. “Pero entonces debe estar detrás de aquella colina,” y no. “Bueno, allá hay un pueblo, ese debe ser Berrío, porque según el GPS ya estamos cerca”, y no.

Finalmente apareció un puente enorme y entramos en una buena corriente con algunos remolinos inofensivos que apenas si alcanzaban a cambiarnos la dirección de la proa. Al pasar el puente aparece un muelle alto,  para barcos grandes, y uno ve pasar impotente esa enorme muralla de acero inaccesible. Preguntamos a gritos a los de un barco que si había un embarcadero de lanchas y nos dicen que en la próxima curva a la izquierda pero que nos mantengamos pegados a ese costado porque la corriente nos jalará con fuerza hacia el otro. Así lo hacemos y en efecto aparece el puerto de lanchas y canoas, nos acomodamos de través para buscar un espacio entre ellas pero sin quedar en peligro de que la corriente nos recostara contra un pontón que hace las veces de muelle flotante. La maniobra fue perfecta y quedamos bien acomodados varando en una playa de tierra negra y dura.

Teníamos la aprehensión de cómo sería la cuestión de la seguridad para los kayaks durante la noche, dado que en estos puertos siempre hay un buen número de tipos sin oficio observando todo, opinando, gritando. Sin embargo, se va entendiendo que el asunto es así y punto y que hay un vigilante del puerto al que se le tiene respeto. El de éste es Rubén, quien nos asegura que estemos tranquilos que allí no les pasará nada a los kayaks.

Nos dirigimos pues hacia el mejor hotel según las recomendaciones que vamos recibiendo a medida que caminamos hacia las calles del lugar. El Hotel Las Palmas resulta bastante cómodo y allí Susan, la recepcionista, nos entrega jabón y nos acomoda en una habitación con balcón comunal, con vista a unas calles atiborradas de baratillos, tenderetes y almacenes.

P. Berrío es realmente un pueblote, con algunos almacenes bien montados, un paseo peatonal con sus buenas cantinas y un par de excelentes restaurantes. El uno es “Casa Vieja” y el otro “El Portón de los Frijoles”. Como al día siguiente no habría remo, sino transporte en lancha hasta Barrancabermeja, nos permitimos unas tres o cuatro cervezas y luego fuimos al Portón por una buena carne. Allí llegan en grandes camionetas los ricos de la zona a hablar de negocios. Por si las dudas, no dejan sus pistolas. ¿estarán como los gallos de “Los Dos Generales,” del gran Jose Alfredo, dispuestos a morir?

PUERTO BERRIO – BARRANCABERMEJA

(Jornada 3. Marzo 10/07)

Llegó la “línea”, es decir, una lancha taxi como motor fuera de borda de 200 caballos, con una cabina de madera en la que caben unos 20 o 25 pasajeros con los equipajes en el techo. Tuvimos suerte, porque no hubo problema alguno en acomodar los kayaks en el techo con equipaje y todo.

Este paseo resultó pintoresco. El lanchero va recogiendo y dejando pasajeros en pequeños e “invisibles” caseríos, o en simples chozas a la orilla del río. En cualquier caso siempre salen muchos niños. También se estila que le entreguen al lanchero cartas o encomiendas para fulano, o “para doña Emilia, la de la casa en las Bocas del Carare”. Se baja un señor, se sube una señora con una niña  envuelta en una sábana, ambas es evidente que van enfermas para el hospital de Barranca. En algún momento el piloto acoda la lancha a un remolcador en donde le sirven desayuno e intercambia cariñosos y burdos improperios con la tripulación. Todos son unos cabrones e hijueputas, pero se ve que esto, más que disociarlos o generar violencia como en otras partes, aquí, entre lancheros y marinos, es un símbolo de estatus, especialmente si el título se concede con un grito que sea escuchado en forma clara por la tripulación, los pasajeros y los habitantes del caserío, y todavía más si se le añade una crítica a la forma chambona como el insultado ha realizado una tarea que, digamos, dañó recientemente un motor costoso.

Llegamos a Barranca, ciudad petrolera de Colombia por tener la mayor refinería de crudo del país, pero su atracadero de lanchas es, como casi todos, un trepequesube de voluntarios deseosos de ganar una propina por cargar los kayaks o el equipaje. En esta oportunidad creo que perdimos el control de la situación pero nuestras pertenencias quedaron indemnes y completas. En un segundo dos grupos de 3 tipos cada uno habían cargado los kayaks y se los llevaron para donde Montes, un carpintero con un taller bastante precario a unos 50 metros del lugar donde desabordamos. Otro se encargó del equipaje y en un instante tenía todo agrupado sobre el playón. Pues no había nada que hacer, así que agarramos el equipaje, fuimos a echar un vistazo  a lo de Montes, en donde encontramos a tres muchachos haciendo una detallada inspección de los kayaks, los cuales luego colocaron sobre unas armazones de madera y nos dijeron que todo estaba bien. En fin, hay que confiar si no tienes más opción, de manera que atravesamos un par de bailaderos de regular calaña pero con extraordinario volumen, subimos unas escaleras y aparecimos en una calle pavimentada, en donde nos indicaron que el mejor hotel estaba justo delante de nosotros pero que la entrada era por el otro lado de la manzana.

Y sí, un buen hotel, con piscina, etc. “El Pipatón”, en honor al cacique del mismo nombre, de seguro héroe por gracia de la historia local. El administrador se interesó en nuestra aventura e Isbedia, la recepcionista, fue muy amable. Jesús, el mesero, estuvo presto con un par de limonadas. Sesenta mil pesos cada uno la noche. Una bestialidad, puesto que en Puerto Triunfo pagamos 25.000 por los dos y en Puerto Berrío 40.000. Pero, claro, esto era otra cosa. La construcción es similar a la del hotel Caribe en Cartagena y a la del Hotel del Prado en Barranquilla, porque, de hecho, fue construido por un arquitecto discípulo del arquitecto de aquellos, por los años 30 o 40 del siglo pasado cuando el Estado, según el administrador, financió y promovió el turismo en Colombia con este tipo de obras.

Eran apenas las 11 de la mañana, de manera que teníamos toda la tarde para descasar al lado de la piscina y tomar un par de cervezas. Ya a eso de las 5 p.m. salimos a comprar las bebidas y provisiones para la jornada del día siguiente hasta Puerto Wilches, a 38 kilómetros.

Es muy difícil establecer en cual de las poblaciones en las que habíamos estado hacía más calor, pero es factible que la ganadora en esta materia sea Barrancabermeja, sí señor. Por allí todavía no alcanza a llegar la brisa que refresca el norte de Colombia con más o menos intensidad durante todo el año, pero en especial durante los meses de diciembre a marzo. Los Alisios o “Trade Winds”. “Alisios, de seguro, como un homenaje a mi tía Alicia, la que vive en Cali. O quizá no es un homenaje a ella, pero uno nunca sabe.

BARRANCABERMEJA – PUERTO WILCHES

(Jornada 4. Marzo 11/07)

Cuando zarpamos de Barrancabermeja por el caño que conduce al río, una señora gritaba y nos advertía, pero con un toque de algazara: “en el río tomen la costa del lado de allá para que no los atrapen los remolinos” y repetía. Así las cosas, pues tomamos la orilla del lado indicado y, si hubo remolinos, no nos atraparon.

Hermosa navegada, río amplio, buena corriente. El GPS funcionó a la perfección. Ademas, saber que la jornada es de máximo 5 horas alegra el espíritu. Yo diría que lo ideal pare este tipo de expediciones seria programar jornadas de 6 horas, máximo 8.

En fin, se gozó el trayecto con sus bandadas de patos negros, entre los cuales se meten unas cuantas garzas blancas. También hay siempre por ahí unas gaviotas que se ponen a volar sobre nosotros emitiendo unos graznidos que parecerían como una advertencia de intromisión territorial. Las garzas son vanidosas, eso se sabe de sobra, y las gaviotas caprichosas y difíciles de tratar.

Atracamos sin problemas, somos saludados por el tradicional grupo de gentes que siempre está en los puertos, pero, como siempre, aparece el cotero mayor, un tipo iletrado y sencillote, de nombre Oscar en este caso, que es objeto de ciertos comentarios poco elegantes de la concurrencia cuando le damos cinco mil pesos y le decimos que mañana recibirá otro tanto. Para ellos, aparentemente, un tipo tan bonachón e iletrado debería trabajar por cualquier cosa. Nos vamos a buscar hotel con Oscar, quien nos acomoda en el Posada Real, que resulto excelente, dadas las circunstancias, a pesar de que durante la noche se metió a la habitación una chicharra, o un sapo, o ¡que se yo! pero animal en todo caso, con un sonido constante y fuerte. Primero pensamos que era el ventilador, pero luego, a eso de las 4am, concluimos que era un bicho. Demás está aclarar ahora que nosotros, aventureros sí, pero burguesitos, ni más faltaba que nos íbamos a poner a sacar al bicho del cuarto, de manera que cada cual a lo suyo y a dormir como se pudo.

Pues bien, una vez que nos hubimos instalado, salimos a buscar a Oscar para que nos presentara al vigilante del puerto. Todavía no había llegado, así que fuimos a buscar un restaurante para almorzar. Como era domingo, los restaurantes estaban cerrados, pero en cambio, estaban abiertas todas las cantinas, que son muchas, dos y tres por cuadra, las cuales albergaban, sin que todavía fueran las 2 p.m., un número colosal de borrachos y mujeres de vida alegre.

Entramos a una e intentamos preguntar si había cervezas en lata para llevárnoslas, pero como el ruido de la música era altísimo el tendero solo captó “cerveza” y con tres movimientos rapidísimos del destapador nos las puso enfrente con gran agresividad. Punto. Salimos esquivando un chorro de cerveza que escupía un borracho a la mitad de la cantina, sin que los demás se dieran por enterados. La verdad es que el volumen parece ejercer una suerte de dopaje sobre los asistentes, que se limitaban a mirar al piso con sus ojos enrojecidos. No nos pareció buena idea quedarnos por ahí  a ver como sería la cuestión al avanzar la tarde, de manera que regresamos al puerto, conocimos a Cecilio, el vigilante, y nos fuimos a nuestro hotelito, retirado del tropel de borrachos y con una piscina de 3 por 4 metros que resultó magnifica para pasar la tarde y tomar… un par de cervezas.

Allí en la piscina nos relajamos y nos hicimos entrevistas mutuas, las cuales esta registradas en la película oficial de esta travesía. Documentos fundamentales para entender la razón y modo de esta aventura ¡claro! Uno de los aspectos mas destacables de esa tarde lo constituyó, sin duda, una modesta pero profunda incursión compartida en la entomología (estudio de los insectos) Resulta que había una pareja de cucarrones (escarbajos, mariquitas, bichos) que caminaban hacia la piscina con esa lenta y sabia determinación de tanque de guerra que los caracteriza, y, en un momento de solidaridad universal de seres vivos, les cambiamos el rumbo hacia el otro lado para así evitarles una muerte segura por ahogamiento. Pero, dato curioso, a los pocos pasos los bichos cambiaban el rumbo y se dirigían nuevamente a la piscina; a veces, debe registrarse, se desestabilizaban y quedaban boca arriba, moviendo las patas y balanceándose en un acto no del todo claro. En ocasiones permanecían de esa forma, pero de vez en cuando lograban recuperar la posición por si mismos, por lo cual decidimos que los podíamos voltear para facilitarles las cosas, sin que ello constituyera una intervención indebida en el curso de la naturaleza y, menos, un acto anti ecológico o políticamente incorrecto. ¡faltaba más!

En todo caso, era incuestionable que nuestros amigos querían ir a la piscina, a la cual se  dejaban caer para flotar viéndose las patas y, finalmente, morir ahogados. O ¡quizás no!, y este es el aporte a la ciencia, quizá se dejaban caer, para morir, pero no ahogados, sino de viejos, simplemente porque les gusta hacerlo bien refrescados en el agua. Una prueba de esta hipótesis es que cuando quedan acostados en el agua dejan por fuera la nariz (o su equivalente) y se les ve relajados, tranquilos, como quien entiende su situación y la asume después de un debate interior sosegado y maduro.

No estoy completamente seguro, pero no estaría demás determinar  si la tendencia humana a bañarse en ríos, lagos, mares y piscinas y acostarse boca arriba para flotar, tiene su origen en nuestro origen entomorfológico. Si así fuera, creo que mejoraría sustancialmente nuestra relación con los cucarrones y otros bichos, lo cual, es obvio, sería un paso adelante en la consecución del equilibrio medio ambiental. Hago pues votos e invito a la comunidad científica a que se acerque de manera desprevenida a las piscinas y establezca un diálogo, un puente, con los cucarrones y, de allí en adelante, con todos los insectos. Y…sí, no importa sin son o no dueños de kayaks. Los científicos, digo.

PUERTO WILCHES – GAMARRA

(Jornada 5. Marzo 12 07)

Desayunamos bien y nos fuimos para el embarcadero a ver como nos trasladábamos con nuestros kayaks en una línea hasta Gamarra. Pero esta vez la cosa no fue tan fácil. La primera salió llena. La segunda, que venia de Barranca e iba para El Banco, pasó a eso de las 10 a.m. y tampoco tenía cupo.

Estábamos pues allí medio preocupados, cuando apareció un taxista que nos había estado siguiendo “la película”, dijo, y nos sugirió que alquiláramos un carro. ¡Perfecto! Fue y trajo al sobrino con un camioncito, acomodamos los kayaks y partimos.

Primero saldríamos a la población de San Alberto, sobre la carretera principal que une a Bogota con la Costa Atlántica. Luego a Aguachica y de ahí a Gamarra. El primer tramo tiene una buena porción sin asfaltar. Unas 3 horas en total.

Luis, nuestro conductor, resultó un joven amable y culto, dedicado a la reparación de televisores y otros aparatos eléctricos. Nos explicó que de P. Wilches a San Alberto todo lo que veíamos eran palmas de aceite, cuyos frutos son unas especies de piñas, pero enormes, que pertenecen a 3 o 4 empresas y a un tal Perez. Ya en la carretera principal el asunto es menos pintoresco pero se avanza a buena velocidad.  Sin embargo, íbamos bastante apretujados los 3 en la cabina del camioncito. Pero, salvo el calor, nada especial para contar.

En Aguachica compramos las provisiones para la jornada del día siguiente y seguimos a Gamarra, en donde nos acomodamos en el hotel Sol y Luna, una casona oscura de un solo piso, habitada por Yazmin y sus hijos, en la que metimos los kayaks a un patio interior en frente de la habitación, algo rustica, pero con aire acondicionado y televisor. En estos hoteles las toallas son casi transparentes pero están limpias; en todo caso, usándolas rápido todo va bien. Dada la cercanía de lo kayaks a la habitación aprovechamos para limpiarlos un poco.

Gamarra nos resultó más acogedora que P. Wilches. Por lo menos tiene su paseo peatonal sobre el río y después descubrimos una especie de café restaurante, con cierto ambiente y excelente comida. El encargado, un joven grueso, parecía adicto al Internet, lo cual detectamos también en otros jóvenes de estos pueblos, en los que no hay mucho más que hacer para un adolescente. Además, la distancia entre la realidad global de la web y el Internet, y la rutinaria, calurosa y lenta vida de estos lugares, debe ejercer una poderosa fascinación. Entre estos dos sitios pasamos la tarde y algo de la noche, hasta temprano, pues la próxima jornada, hasta El Banco, seria de 91 kilometros bien medidos y esperábamos estar navegando a las 6 a.m.

GAMARRA – EL BANCO

(Jornada 6. Marzo 13 07)

Bueno, pues resultó que nos atrasamos una media hora porque no oímos los 7 pitos del despertador de mi reloj de pulso, con lo cual la primera palada no fue a las 6 sino a las 6 ½, lo cual, de todos modos, constituyó un excelente inicio.

Cielo azul, sin una sola nube, brisa y algo de oleaje en contra. Esto baja la velocidad pero hace el viaje menos monótono. Además, le otorga aire marinero a las primeras horas de remo.

Ayer vimos pasar enfrente de Gamarra los 2 únicos remolcadores grandes de todo el viaje, con 6 planchones cada uno. Realmente imponentes. No había más por el nivel del río. De hecho, supimos que se había encallado alguno  saliendo de Calamar, por lo cual los demás habían decidido regresar a Barranquilla o a Cartagena a esperar el invierno y la subida del nivel del río, lo cual se pronosticaba como muy pronto. Estos remolcadores dejan una ola enorme de alta, pero angosta, que se repite por unos doscientos metros, semejando la cola de un dinosaurio gigante. Decidimos que seria mejor tratar de no pasar demasiado cerca de los remolcadores, pero, como dije, no hubo más.

Alguna bandada de loros y más patos,  garzas y gaviotas. Descansamos a las 2 horas y media, a las 5, a las 7, y una parada adicional a la hora 8 u 8 1/2, después del cual  salimos con la idea de que en una hora u hora y media, máximo, estaríamos en el hotel del Banco saboreando una Coca Cola helada.

Pero no era así el asunto y tuvimos que remar buenas 4 horas, con brisa y oleaje en contra buena parte del trayecto.

Por otra parte, aprendimos que las respuestas de los pescadores deben tomarse con mucha cautela, porque si uno les hace la pregunta en afirmativo, sea negando o asintiendo, ellos responden en el mismo sentido. Por ejemplo: “Amigo, ¿El Banco esta cerca”? la respuesta invariablemente va a ser: “Si hombe, ya están cerquita”. Pero si la pregunta va ¿”todavía estamos lejos de El Banco, verdad”? la respuesta sería: “Si, están lejos todavía” Hay que aprender a captar el mensaje en términos campesinos ante respuestas como “Sí, están cerca, ustedes llegan de día” y son las 2 de la tarde. En fin, quizá no estábamos entrenados para jornadas tan largas.

Los músculos de remar no me dolían, en eso me sentía bien, pero el agotamiento general era evidente. Además, los esfuerzos repetidos de cargar el kayak o simplemente sacarlo a un playón, sacar el equipaje, volverlo a meter y quizá el esfuerzo de arrastrar los kayaks en la primera jornada estaban pasando su cuenta de cobro. No era un dolor muscular propiamente dicho, sino un dolor como por dentro de la caja toráxica, difícil de explicar. Curiosamente, después de 2 horas de remo siempre sentía cansadas las piernas y un dolor fuerte, como una punzada, en el glúteo derecho. Definitivamente me atrevo a afirmar que un aficionado de 51 años, que trabaja tiempo completo como abogado durante la semana y que solo rema cuatro horas los sábados, nunca alcanzará el nivel de entrenamiento óptimo para este tipo de travesías, de modo que deberá asumir con estoicismo dolores y agotamiento. Tengo la sensación de que Felipe, de la misma edad, arquitecto de estudios pero comerciante de oficio, resultó, en términos generales, mejor preparado que yo.

Poco a poco, horizonte tras horizonte, nos fuimos acercando al destino del día. El sol bajó, luego se hizo rojo de nube y soltó arreboles, el clima refrescó sustancialmente. Desapareció el sol y nos dejó esa luz residual que llamamos el ocaso. Las primeras luces de las casitas ribereñas se encendieron y en breve tendríamos que hacer playa para colocarnos nuestras linternas de minero. Pero, por otra parte, el condenado pueblo tenía que estar ya muy cerca pues en el GPS no estaba a más de un punto (medida indefinida de entre dos y diez kilómetros según la señalización que había hecho Felipe, la cual fue perfecta para escoger los brazos del río, pero más laxa en el resto de la ruta y, por tanto, no nos daba una medición exacta de la distancia entre un punto y otro. Apostamos a que algo de luz nos quedaría hasta la llegada y le metimos duro al remo.

Por fin, después de una curva larga, larguísima, la proa y la iglesia de El Banco se enhebraron. Estábamos ahora sí a menos de dos kilómetros y tuve la discutible lucidez de profetizar que me tomaría “la mejor Coca Cola de mi vida” y que la segunda y la tercera también tendrían esa categoría, lo cual resultó indiscutiblemente cierto.

Llegamos técnicamente de día, 6 ½ p.m., pero con muy poca luz. Como siempre, aun a esa hora, hubo testigos, comentarios y algo de bullicio y opiniones a nuestra llegada, pero, como ya éramos veteranos todo quedó rápidamente definido con el vigilante del puerto y con el cargador de equipaje, que en este caso fue uno solo, pues nosotros alcanzamos a agarrar una bolsa cada uno y al hombre le quedaron los remos y las otras dos bolsas secas.

Hotel Panorama. Excelente, es decir, no una casita, sino un hotel, con restaurante y todo, cerrado en el momento, pero con restaurante. Pero hubo uno a una cuadra, tal que conseguimos la carne del día.

Le encomendamos al cotero que estuviera a las 6a.m. en punto en el hotel, pues nos esperaba otra jornada larga al día siguiente.

EL BANCO – MOMPOX

(Jornada 7. Marzo 14 07)

La de ayer podría llamarse “La Etapa Reina”, pero la de hoy es un clásico. Porque en El Banco se acaba el Magdalena Medio, que comienza en Honda, donde, a su vez, termina El Alto Magdalena. Aquí el río abre sus más famosos brazos: El Brazo de Loba y El Brazo de Mompox. Este ultimo era la corriente principal del río hasta principios del siglo XIX, cuando por esas cosas de la geografía comenzó a perder cauce y cederlo al Brazo de Loba, sobre el cual desemboca el río Cauca, el otro gran río sur norte del país, que forma el valle que lleva su nombre. Hoy día el Brazo de Mompox es prácticamente un canal de no más de 80 metros de ancho, con una corriente bastante suave, pero que, en otro aspecto, resulta muy hermoso, lleno de pájaros y con peces que con frecuencia saltan fuera del agua. Sus meandros llegan a formar círculos, por lo cual la distancia real a recorrer no la teníamos establecida. Asumimos que deberían ser unos 90 kilómetros.

A las 6 a.m. menos 10 minutos estaba Jairo (el cotero) esperándonos y nos fuimos para el puerto. No hubo manera de sacar los kayaks del agua, de manera que debimos aperarnos y meter las cosas en ellos desde el pontón que sirve de puerto, lo cual es incómodo porque implica maniobrar con los kayaks a unos 50 centímetros por debajo de uno y, por supuesto, bajo la mirada, preguntas y comentarios de 20 o mas curiosos que arriesgan sus pronósticos sobre si nos caemos o no al agua, sobre el tiempo que nos tomara la jornada, etc.

Pero bueno, finalmente salimos de El Banco hacia Mompox bajo gritos de despedida y 100 metros río abajo otro grupo de pobladores agitan sus brazos y sueltan una despedida adicional, lo cual no cae mal para el espíritu de la aventura.

Fue otro día soleado y en las primeras horas de la mañana me percaté de varias cosas en relación con las aves acuáticas. La primera, que los patos son deportistas de velocidad y buceo. Es indudable que antes de desayunar les encanta volar a toda velocidad cerca del agua. Cualquier observador medianamente atento y con una mínima formación deportiva, percibe de inmediato que esto no tiene función de pesca, apareamiento, o cosa de ese estilo. Es puro deporte. Basta, para contrastar, echarle un vistazo a las gaviotas o a las garzas para notar que ellas vuelan para buscar desplazamiento o planeo, pero que los patos lo hacen por amor a la velocidad. Debo decir, sin embargo, que admiro también el vuelo de los alcatraces y de los gallinazos, pero es evidente que a estos lo que les gusta es la observación, la bohemia, pero no la velocidad deportiva (no propiamente huéspedes del río ¡pero qué bohemios!). La segunda, que los patos son excelentes buzos, aunque no pude establecer si puede haber fines deportivos en esta actividad, de la cual, no se discute, derivan el sustento alimenticio básico.

Otro tema que se instaló en mi pensamiento a eso de las 7 y ½ a.m. fue lo de los dos hipopótamos machos que no tendría nada de raro que se hubieran establecido en algún rincón de este brazo. No quiero decir que en este río, o en Colombia, haya hipopótamos, que todos sabemos que pertenecen al África. Sin embargo, como aquí, al igual que en todo el mundo, incluido el África, hemos tenido unos narcotraficantes de leyenda, ellos nos han aportado, además de terrorismo y descrédito internacional, uno que otro detalle digno de novela.

Pues bien, don Pablo Escobar, que en su buena época, al tiempo que sobornaba políticos y hacía explotar aviones de pasajeros en pleno vuelo, tuvo un zoológico en su hacienda de Puerto Triunfo y trajo varios hipopótamos, los cuales, a la muerte del capo, se quedaron tan tranquilos por ahí, pero últimamente se han reproducido y ya constituyen una pequeña manada, de la cual el macho dominante expulsó a los dos  que ahora me ocupan y que fueron vistos por ultima vez por estos lados. Se sabe que estos hipos son gordos de malas pulgas y resultaría ridículo terminar engullido por un animal fuera de querencia. Pero, por otro lado, seria emocionante verlos.

¿Y los caimanes? Pues mi madre me contaba que cuando era niña su padre la llevo a ella y a sus hermanos a un paseo por el río en un barco turístico y contaron muchísimos caimanes tomando el sol en los playones. Hoy oficialmente no hay, pero en las ciénagas y lagos de tierra caliente es normal ver babillas, por lo cual podría haberlas en el río y, si hay babilla, a lo mejor hay caimán. ¿y anacondas de 20 metros?  Pues no, no hay, pero si las hubiera…recuerden que llevo el cuchillo de cazador que me acompaña desde los 15 años.

Después de un par de horas de remo, cuando hicimos el primer descanso, acordamos que, dado el promedio de velocidad que veníamos haciendo, no llegaríamos a Mompox de día, menos después de la extenuante etapa de ayer, así que pernoctaríamos en Guamal, que debería estar unos 30 kilómetros antes de Mompox.

Hay fincas ganaderas con sus vacas de mirada triste y larga, de cierta indiferencia ante nuestro paso. Pero… ¡es que las iguanas, que abundan en las orillas, ni siquiera se enteran!

Avanzamos a buen ritmo, pausado, sin exageración. Cielo azul y el sol empieza a subir, poco a poco, como arrastrado por una polea movida por el artilugio de nuestros remos. Igual que el río, que da la sensación de que lo vamos trayendo hacia nosotros y no que nos lleve él por entre la vegetación. Olor a majada, uno que otro grito de vaquería o pesca. Información entre quien está en lo suyo y el que pasa. La eterna confrontación entre labor y trashumancia, búsqueda y cultivo, ensoñación por el mañana y fábrica de recuerdos. ¿Para qué se viaja? Cada uno lo sepa, pero el día que se le descubra alguna utilidad dejaremos de hacerlo. Punto.

Y se acuerda uno de cosas y puede pensar sin propósito diferente al pensamiento mismo, raro placer, porque en las ciudades, quienes “hacemos”, estamos esclavizados por tomar decisiones. No se piensa o medita por lo que ello implica sino para lograr que algo pase. En cambio aquí, con una jornada de muchas horas por delante, frente a la deliciosa incertidumbre de si se dormirá en cama de cristianos o en una playa incierta, con la lentitud consustancial a esta elección inútil que es la aventura de navegar, pensar, o no hacerlo, da lo mismo y es de igual valor y, por lo tanto, lo uno o lo otro se disfrutan como la poesía, por su inmensa transparencia. Se siente el alma indefensa y, por tanto, serena, como una brizna, volátil, desarraigada, flotando en el paréntesis que constituyen la vida y la muerte. Estos viajes son un alimento grande, ingerido contra toda prescripción burguesa, solo por el ansia egoísta de hacer aquello que le podemos arrebatar a la muerte mientras llega. Como aquello de lo que haríamos si nos anunciaran con claridad que nos morimos el próximo mes. Como así puede ser, así se hace. Es una elección aristocrática, se acepta, pero no burguesa, esto debe quedar claro.

Me acordé, en esa variopinta sucesión de digresiones que permite el remo, que Conrad dice que los marineros tienes el espíritu casero, porque su hogar está siempre con ellos: el barco; y que lo mismo sucede con su patria: el mar.

“Un barco se asemeja mucho a otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de lo que los rodea, las cosas extrañas, las caras extrañas, la inmensidad cambiante de la vida, resbalan sobre ellos, sin cubrirse por una sensación de misterio sino por una ignorancia levemente despectiva, ya que nada le es misterioso al hombre de mar excepto el propio mar, que es dueño y señor de su existencia y tan inescrutable como el Destino. Por lo demás, tras sus horas de trabajo le bastan un paseo o una juerga ocasional en la costa para revelarle el secreto de un continente entero, y a menudo se da cuenta de que no merece la pena conocer este secreto. Las historias de los marineros son de una simplicidad directa, su pleno significado cabe dentro de la cáscara de una nuez rota.”   

Almorzamos bocadillo de guayaba y pan bajo un árbol sobre el talud y arrancamos para la jornada de la tarde. A eso de las 8 horas de viaje intuíamos que teníamos que estar muy cerca de Guamal, en donde habíamos decidido pasar la noche o contratar una embarcación hasta Mompox. Efectivamente, al cabo de un tiempo divisamos la iglesia detrás de una colina, pero era claro que podían faltar varias revueltas del río para llegar allí.

Desapareció la iglesia y no hubo señales de la población. Vemos unos pescadores y les preguntamos: ¿estamos cerca de Guamal? “Si, ya casi”. Y luego: “si, esto es Guamal”; ¿y el embarcadero? “Mas adelante”.

Resultó que no hubo embarcadero, ni puerto, ni a Guamal el río le importa un higo. Nos pasamos de Guamal, pero no lo aceptamos como un hecho sino cuando recorrimos un par de kilómetros adicionales. Desolador. ¿Navegar río arriba? No gracias, llevábamos buenas 9 horas dándole a este asunto. Buscaríamos donde pasar la noche.

Pero, por fortuna, apareció un puente y debajo de él una cuadrilla de obreros desguazando una barcaza abandonada. Nos acercamos para indagar si habría una volqueta o algo que nos pudiera llevar a Mompox, a lo cual al principio contestaron con cierta indiferencia que no, pero uno de los muchachos de pronto se manifestó con gran entusiasmo en el sentido de que nos bajáramos a tomar agua y comer panela y que en el pueblito cercano había un señor con un fuera de borda. El jefe de la cuadrilla, que tenia un campero Zuzuqui pequeñito se ofreció llevarnos a negociar con Hernán.

El tal Hernan demostró una pereza insuperable respecto del asunto, aunque finalmente aceptó. Pidió un adelanto de 50.000 pesos para comprar gasolina y aceite y dijo que lo esperáramos en el río.

Pues no llego el muy cabrón. Por fortuna, el dueño del jeep, Adel, se ofendió con la irresponsabilidad del tipo y él mismo fue a recuperar la plata y decidió que nos llevaría hasta Mompox en el campero. Ahí quedó demostrado que estos kayaks son realmente portátiles, pues los acomodamos en un santiamén en el techo y nos fuimos por carretera destapada los 20 kilómetros hasta Mompox. En el camino Adel nos contó que Hernán le había dicho que el problema era que no encontraba las llaves del cambuche. ¡vaya!

Lo primero que hacemos al llegar es ir, en el mismo campero, a la orilla del río a ver si por ahí podíamos dejar los kayaks a cargo del vigilante de puerto, pero nos encontramos que no había puerto, ni lanchas, ni nada. Primero, porque el nivel del río está tan bajo por esta época, que a poca gente se le ocurre transportarse por agua hasta o desde Monpox. Segundo, porque ahora, a diferencia de lo que sucedía hasta hace un par de años, se puede llegar al pueblo por carretera desde el centro del país, gracias al puente en donde nosotros encontramos la cuadrilla de desguazadores. Así las cosas, pues nos vamos a buscar un hotel turístico, de los cuales hay varios, pues este pueblo es una joya colonial, quizá un poco descuidada últimamente, pero con un legítimo encanto y un ambiente de bohemia religiosa, como que una de sus más tradicionales celebraciones consiste en las procesiones y fiestas cristianas de Semana Santa, en cuya preparación, pudimos constatar de primera mano esa noche y la siguiente, participa toda la juventud del lugar en una actitud bien sorprendente para los tiempos que corren, signados por la moda.

Optamos por el Hostal de Manuela que está instalado en una casona enorme de gran portón y con un hermoso patio interior con un árbol cuyas ramas conceden una sombra de lujo en el día y un apaciguador murmullo de hojas durante la noche. Nos permiten dejar los kayaks en uno de los salones de fiestas, en los que bailó Simón Bolívar con Manuelita Sanz, y nos conducen a una de las habitaciones del fondo, enfrente de una piscina que han logrado acomodar sin perturbar el ambiente histórico del lugar.

Como Mompox es un pueblo para caminar, dado su tamaño, arquitectura y calles, lo hacemos una vez estuvimos instalados y terminamos comiendo donde Matilde, la más afamada de las fritangueras del lugar, en un tenderete de una plaza que quizá merecería mejor suerte, pero que, por el momento, alberga a las mejores cocineras de la región y esto, como no, tiene su mérito. No se si con razón, o por pura nostalgia, mi idea del pueblo, en el que pasé un par de días en el año 1994 con unos amigos (Alejandro, Rafa y Gonza) con los que alquilamos una lancha de motor y fuimos desde Puerto Boyacá hasta Cartagena, era la de una joya colonial equivalente a Villa de Leyva en Boyacá, o, en pequeño, a Cartagena. Sin embargo, ahora lo encontré decaído para el turismo, pero eso si, con mucha actividad comercial en las calles y, a propósito, con un número desproporcionado de droguerías. Si P. Wilches es el paraíso de las cantinas, Mompox lo es de las droguerías y de las iglesias.

De sobremesa, en otro un acto de madurez, tomamos la decisión de pasar el día siguiente descansando en el hotel, así se descuadrara un poco el plan pre establecido. Además, esto nos permitiría definir con calma cómo deberían ser las etapas siguientes, porque estaba claro que la etapa Mompox – Plato, que era lo previsto, podía resultar demasiado larga y con un buen trecho por el Brazo de Mompox, el cual, como ya se ha dicho, prácticamente no tiene corriente. Lo razonable parecía ser avanzar en lancha hasta Las Bocas de Pinto, en donde este brazo se une con el Brazo de Loba y el río recupera su corriente usual, lo que nos dejaría con una etapa de más o menos 68 kilómetros, que ya era manejable. Pero no había lanchas en el puerto, luego el asunto era incierto.

En la noche, para pensar con calma, nos fuimos a los bares bohemios del paseo peatonal sobre el río, los cuales son encantadores, salvo por la competencia entre ellos de cual pone la música a mayor volumen. Al fin logramos que en el elegido le bajaran unos cuantos decibeles al asunto y pasamos un buen rato escuchando cubanas de la vieja guardia y saboreando un par de Cubalibres. A unos policías que andaban de patrullaje les indagamos sobre el asunto de la lancha o chalupa para ir a Pinto y nos mencionaron a los balseros que se encuentran corriente abajo y a un señor, al otro lado del río, que tiene un fuera de borda.

Al día siguiente nos tomamos un par de relajantes musculares y fuimos con calma a deambular por ahí en un mototaxi para dos pasajeros, con su parasol,  para buscar al del fuera de borda y a los balseros. Pero nos percatamos de que estos últimos están en lo suyo, que es pasar gente de un lado a otro del río o sacar arena y no les llama la atención una travesía. Al otro personaje, al del fuera de borda, le mandamos la razón con uno de los balseros pero pasó el tiempo y no apareció. Entonces el señor del mototaxi nos habla de su hermano, que tiene un campero, y se entusiasma con la idea de hacernos el viaje hasta el Brazo de Loba, para que crucemos a Magangué, donde, según él, sí encontraríamos una lancha para avanzar hasta Las Bocas de Pinto o desde donde, en todo caso, podríamos navegar con mejor corriente hasta Plato. Un poco a trasmano el asunto, pero cerramos el negocio y quedamos que nos recogerían a las 6 a.m.

Aparecieron muy puntuales y con una muy buena noticia: el hermano del dueño del mototaxi sabía de un carreteable que llega hasta las Bocas de Pinto ¡magnifico! El viaje resulta divertido, pasando por entre fincas ganaderas e incluyendo un paso sobre el Brazo de Monpox en un ferri constituido por tres canoas con unas tablas sobre ellas en las que se acomodan dos automóviles por viaje. Por un mal entendido de mi parte, nos dejan en Pinto, que no es en la boca, sino un par de kilómetros antes, pero en todo caso estamos de muy buen ánimo para la jornada.

En Pinto, para no perder la costumbre, están los desocupados, el borracho y muchos niños, pero aquí, a diferencia de en otros lugares, nos otorgan cierta distancia para acomodar nuestras cosas en los kayaks. Nos advierten sí, que no nos metamos al río en ese lugar, porque hay muchas rayas. Tomamos pues las precauciones del caso para entrar a los kayaks apenas puedan flotar y nos despedimos por señas de los lugareños y de los niños que ya se habían aproximado un poco más.

PINTO – PLATO

(Jornada 8 Marzo 16 07)

Al principio no parecía un día de sol, pero cambia rápidamente y comienza la sudadera. Una primera parada para la cuestión estomacal de Felipe que hasta el momento no se había definido, la segunda para almorzar a la sombra de un excelente árbol y la tercera para un baño de sombrero y para que me picara una avispa (“baño de sombrero”, aclaro, para evitar invenciones, quiere decir que usted toma su sombrero, se agacha, toma agua del río, se la echa encima y exclama “!aaaahh!”) La cuarta parada es para comprar gaseosas heladas en Santa Cruz, un pueblito con 80 niños disponibles en ese momento. En un santiamén se riega la noticia “de que llegaron los cayucos como en la televisión” y ahí fue Troya.

Yo me fui a buscar las bebidas y Felipe se quedó lidiando con los niños que casi lo hunden. Cuando regresé, con unas cuatro botellas para el resto de la jornada en la mano, después de haberme tomado otras cuatro gaseosas heladas con sabor a piña, encontré a Felipe, que no tenía sed, dando explicaciones de manera didáctica sobre el uso del timón, de los remos, y, en especial, del GPS. Por esas cosas de la presión resolví, antes de embarcarme, devolverle la parte no utilizada del dinero que me había entregado para comprar las bebidas, que era todo, y  resulta que los billetes se cayeron al agua y empezaron a navegar río abajo. Pero, a la velocidad del rayo, uno de los muchachos mas grandes se metió un poco al río y con habilidad de pescador de atarraya recogió todos los billetes y me los entregó en una especie de amasijo, lo cual le agradecí, pero detecte, sin sentirme habilitado para exigir explicación o conteo alguno, que cruzó una risita con otro de los muchachos.

Uno de los lancheros nos preguntó que si íbamos para Plato y ante la respuesta afirmativa manifestó: “ustedes no pueden subir el caño en esas chalupas, porque la corriente no los va a dejar, tienen que pedirle a alguien que los remolque” No comprendimos bien la intención de sus palabras, si es que intención había, y simplemente comenzamos a remar. Teníamos claro que para llegar a Plato debíamos mantenernos en la orilla derecha y que en algún momento tendríamos que meternos por un brazo más bien delgado.

Cuando el GPS nos indicó que estábamos en el sitio para tomar el brazo, no lo notamos, pero, repentinamente, como una inspiración, recordamos lo que había dicho el lanchero y entonces caímos en cuenta de que habíamos pasado por un riachuelo que desembocaba  al río y llegamos a la conclusión de que tenía que ser ese el brazo hacia Plato, que ya nos iba quedando claro que no era brazo sino un caño que desemboca en el Magdalena. Viramos rápidamente e hicimos unos 50 metros contra corriente hasta llegar al caño y con cierto escepticismo nos metimos en él. ¡Claro que podíamos remontarlo! ¡Ni más faltaba! Pero lucía realmente desolado y estrecho. Sin embargo, a eso de 500 metros encontramos unas chalupas y lanchas amarradas a cualquier cosa y arriba, una empalizada donde estaban los consabidos personajes de todos estos pueblos, pocos en esta ocasión, a decir verdad, pero completos, es decir, el vigilante del puerto, otros dos, uno de ellos con una motocicleta de 100 cc y, por supuesto, un borracho joven al que le faltaban 2 dedos.

Nos reciben bien, sacan los kayaks del agua y los acomodan bajo la empalizada, nos ofrecen limonada y el borracho se deja venir con un discurso en el cual exalta nuestra calidad de aventureros que merece todo el respeto, etc, etc, pero intercala en su ditirambo algunas exigencias al de la moto para que lo lleve hasta su casa, a lo cual este accede, pero entonces el joven le aclara que a él “nadie le va a venir con vainas y que lo tiene que llevar y que el lo único que quiere es irse a dormir” Cuando le repiten que se acomode en la moto para llevarlo replica que el se va cuando le de la gana. Así las cosas, el de la moto decide que nos llevara a nosotros con todo el equipaje en un solo viaje, lo cual nos parece algo excesivo, por lo cual acepta hacer dos viajes. Felipe va primero y yo me quedo charlando con el vigilante del puerto, un campesino curtido y amable, pero que ante las necedades del borracho, quien había continuado con sus aclaraciones, lo saca a empujones de la empalizada y le iba a entrar a trompadas, a lo cual de seguro hubiera procedido sino es por mi sugerencia de que no vale la pena ponerse en semejante cosa. Por fortuna aparece el de la moto y lo convenzo de que lleve al borracho a su casa y después regrese por mí, a lo cual finalmente el borrachito accede y salva los dientes.

Me dejan en la casa de doña Edilia y don Orlando donde me está esperando Felipe, quien, como no, ya ha entablado conversación con los anfitriones. El resultó ex marinero del río y carpintero de ribera en sus años mozos y se muestra fascinado con nuestra aventura. Ella es su mujer y las historias de las mujeres no son tan repentinas. Hay que imaginarla, pero el tiempo no lo permite, no todo es conclusivo, al contrario, a nuestro paso todo es solo indicativo…¿presente del indicativo?  ¡No, hombre! Me refiero a lo poético (¿?)

Otro tema: quince mil pesos cada uno por una habitación pequeña y con piso de cemento, pero con aire acondicionado, televisor y baño.

Quedamos bien instalados y nos vamos a recorrer el lugar, en especial a establecer si hay algún vestigio de la hermosa leyenda, recogida en una de las canciones mas emblemáticas del folclore colombiano, según la cual hubo época en la que un hombre desesperado por los desaires de la amada se convirtió en mitad caimán y salía por las riberas a requerir o espantar doncellas. Y “se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla”

Pues sí, hay una plaza del “Hombre Caimán” en la cual, se nos informa, tiene lugar un festival anual de música regional, la cual es presidida por la estatua de la tal bestia sicalíptica y parrandera.

Satisfechas nuestras pesquisas antropológicas, vamos por la vulgar satisfacción del hambre, que es mucho, y damos con una pizzería, en la cual, para sorpresa y gusto, venden la mejor pizza y lasagna del mundo. Tal cual. Durante la conversación de sobremesa Felipe me informa que a “la vaca” (el dinero común de los dos) le faltan $150.000ºº ¡claro, carajo, esa fue la risita del muchacho que rescató el dinero que se me cayó en Santa Cruz, sinverguenza!   Luego, muy juiciosos, sin el menor amague por cerveza, pues sabemos de la fuerte jornada del día siguiente, vamos por yogurt con granola para el desayuno y unas salchichas y leche condensada para el almuerzo.

PLATO – CALAMAR

(Jornada 9 Marzo 17 07)

Muy a las 6 o 6 1\2 de la mañana estamos en el famoso puerto de Plato, sito a una legua de nuestro hospedaje, al cual pasa con puntualidad inglesa el motociclista del día anterior, quien ha contactado un amigo con otra moto, de manera que la cosa se facilita notablemente.

Alli, ya se sabe, encontramos mas de 15 tipos, entre los cuales rápidamente se auto seleccionan quienes bajarán los kayaks al caño, proceso más o menos democrático con uno que otro amistoso empujón e insulto. Saco la cámara para captar la despedida y les digo, con cierta solemne improvisación, que los llevaremos en el recuerdo y les pido que alguno que diga unas palabras, a lo cual solo se escuchan exclamaciones y bromas, pero en todo caso nos desean buena ventura.

La jornada de la mañana, hasta el almuerzo, es descansada, o mejor, es “ante cansada”, es decir, anterior al cansancio total. La segunda etapa del día es de fuerza pura, es el desafío psicológico y físico, apoyado en la determinación y en la no existencia de otra opción. Hay que hacerlo y punto. La pérdida de agua es enorme y, consecuencia lógica, el agotamiento es indescriptible.

En algún momento de la mañana somos interceptados por una lancha artillada del ejercito, cuyos soldados hacen las preguntas de rigor, nos recomiendan no “dar papaya”, nos muestran sus mapas y el GPS, toman nuestros nombres y nos dan el número del celular al que deberíamos reportar cualquier asunto sospechoso. Finalmente nos anuncian que llegando a Calamar es posible que seamos nuevamente interceptados por otro comando  para verificar los nombres. Nos despedimos con gran cordialidad y seguimos nuestro rumbo.

Sí, hay algo heroico en este viaje poco usual. Por una parte está el componente deportivo, que pertenece al género de la maratón,  prueba para obligar al cuerpo a utilizar todas sus reservas de energía, sobreponiéndose a uno que otro dolor muscular que aparecerá de cuando en cuando. Recuerdo, de esta especifica jornada, el cansancio acumulado en el cuello y en los músculos entre los hombros y el cuello, pero, además, una que otra punzada en los hombros. Sin embargo, a estas alturas de la travesía estoy cierto de que el entrenamiento al que nos sometimos a lo largo del año previo a la prueba fue suficiente y no hay duda alguna sobre la viabilidad de completar el recorrido propuesto.

Por otra parte, está el componente de aventura, que es, sin duda, el principal acicate y motor filosófico del asunto. Porque estas gestas, señores, y me perdonan que me tome confianza en la auto exaltación del esfuerzo, requieren de un profundo componente filosófico. Las jornadas de remo, reflexiono, tienen su parentesco con esas etapas ciclísticas que hemos hecho por las montañas colombianas. Cuestas de casi 30 kilómetros, como la de Pescadero – Aratoca, no se hacen sin filosofía, sin amor. Puede que sea amor a la necedad, pero de que es amor es amor y en esto quiero ser irreductible. Es más, en realidad estas pruebas de resistencia constituyen una purificación espiritual, una especie de nirvana, del cual uno retorna vanidoso sí, pero, al mismo tiempo, humilde, más comprensivos de que somos una integración físico-espiritual que, como tal, debe ser cultivada. Y no deja de llamar la atención que todos los métodos de búsqueda espiritual pasen por la conciencia profunda del cuerpo como templo o albergue de la otra dimensión. No puede ser de otra manera, porque, al fin y al cabo, solo a través del cuerpo llegamos al espíritu. He dicho, y así lo aprueba Prambarakatanga Supachi Bihari Vasjpajee en su famoso manual de superación personal, editado en Colombia por este servidor.

A unos doce kilómetros de Calamar, en cercanías de la confluencia de dos brazos del río, empezó a soplar en contra un viento fuerte, que levantaba la arena de un largo playón a nuestra derecha, a unos 20 grados y, por lo tanto, el agua se picó, con la consecuencia natural de que la velocidad disminuye y el esfuerzo es superior. Esto, cuando uno se encuentra ya en la porción psicológica del “ya estamos llegando” es mortal, porque lo que se había presupuestado que fuera una hora u hora y media a los sumo, pasa a ubicarse en las 2 o 3 horas y, además, si bien el final de la tarde refresca el ambiente, anuncia la oscuridad de la noche, durante la cual la navegación sería muy azarosa y nos obligaría a pernoctar en la carpa o en una casucha campesina, lo cual implica incomodidades, que no es problema mayor, pues en ultimas, es parte de la diversión prevista, pero, comporta, y ello es lo indeseable, pérdida de control de la situación.

En todo caso, volviendo al viento y al río, al llegar a la confluencia misma de los 2 brazos, nos topamos con un fuerte y desordenado oleaje, que si bien no generaría por si mismo riesgo de zozobrar, si podía implicar que fuera entrando agua a la bañera y convertir el asunto en una faena pesada, con aumento en los índices del culillómetro.

Pasada la prueba nos dirigimos a la orilla, desaguamos los botes, recomponemos el ánimo, estiramos las piernas, y decidimos acometer el tramo final hacia Calamar. Tal como se nos había anunciado, pronto recibimos orden del ejército de remar hacia la orilla, son verificados nuestros nombres y entre bromas sobre cómo nos deberíamos de haber portado de mal para que nos enviaran a esta pena de galeotes, somos autorizados para continuar.

Calamar, como era de esperarse, no llega sumiso y tras cada curva se aleja, en un raro e infantil juego de “si me quieres búscame con todas tus fuerzas”. Pero llega y nos ofrece un sucio ribazo en el que hacemos tierra y, como no, con la ayuda de los del comité de recepción, en este caso sin borracho pero con varios en “tres quince”, subimos los kayaks  y analizamos opciones. Decidimos ir a un hotel que da a la calle del río. Entran los kayaks a un oscuro salón en donde nos dice don German que allí estarán muy bien y nos conduce a los cuartos, que dan a un patio interior, parte del cual con un techo de palma y hasta hamaca. Casi pintoresco, salvo que es horrible. Nada de aire acondicionado ni televisor, afeites y melindres afeminados, impropios de un puerto de gente seria. Con un ventilador es suficiente. Pero todo tiene un límite y cuando nos entregan las toallas Felipe exige energúmeno que “así nos toque pagar 5.000 pesos más,” es decir, llegar a la iracunda suma de 25.000 pesos por los dos, deben darnos unas toallas sin rotos y unas sabanas sin manchas, es decir, lavadas. German acepta, “ni mas faltaba señores, aquí estamos para servirles, pero por favor permítanme que retire este sapo de 5 kilos de la sala, no va y sea que se les meta a la habitación y yo se que no a todos les gustan las mascotas, no señor” El batracio sale con sus gracioso saltos empujado por German y, ahí si, nos cambian las toallas, nos tienden sabanas limpias y ¡perfecto! A tomar un baño y salir a reconocer la plaza.

Solo que se desgaja un aguacero bíblico que rápidamente inunda el patio interior y llena de goteras el salón donde están los kayaks, pero, por fortuna, lo que es en la habitación ni una gota. Sin embargo, se va la luz y, claro, nos quedamos sin ventilador. Esperaremos, tranquilos, pues estos aguaceros fuertes tienen la ventaja de que son cortos, nos decimos.

Y, si, a las nueve de la noche deja de llover y aunque la luz no regresa a esta parte del pueblo, salimos a dar un paseo y a buscar la comida. Por intuición nos establecemos en la cantina billar donde están los agentes del orden con sus motocicletas y nos tomamos unas cervezas con Germán que se nos unió como para respaldarnos y echarnos su cuento. Santandereano él, familia por aquí y por allá, todero de profesión, ha vivido en Cartagena y fue ayudante de remolcador, pero ahora le cuida la casa hotel a una señora y helo ahí en este pueblo que pertenece al río, pero, digo yo, no solo a este, sino a todos los del mundo. Allí mismo creo que Mark Twain hubiera podido encontrar a Huckleberry Finn.

CALAMAR – CARTAGENA

(Jornada 10 Marzo 18 07)

Calamar, quizá no lo he precisado, está en la esquina del río Magdalena y uno de sus brazos “El Canal del Dique”, que lo conecta con la bahía de Cartagena. Es una obra medio natural, medio construida por el hombre uniendo pantanos a base de dragados. Su origen viene de la época de la Colonia y tiene hoy día cierta importancia para la industria y el comercio, pues constituye una buena vía para unir los puertos de Barranquilla y Cartagena sin salir al mar y permite el acceso al río a las industrias de Cartagena. Tendrá unos 40 o 50 metros de ancho y una longitud de 115 kilómetros, con muy poca corriente normalmente, pero menos aún en este verano fuerte en el que estamos. De su desembocadura en la bahía de Cartagena a ésta, debe haber unos 12 kilómetros. Como nuestras posibilidades máximas por día, con corriente, que ahora sería casi nula, son apenas de 90 kilómetros y, además, el plazo previsto y las fuerzas están agotados, tomamos la decisión de recorrerlo en lancha hasta la desembocadura y solo hacer la parte marítima a remo.

Para el efecto, desde el día anterior contratamos los servicios de Ismael Turbay, un tipo grande, de nariz árabe y camisa abierta, descendiente sin duda de comerciantes fenicios, quien nos ofreció sus servicios en una embarcación bastante deteriorada pero con un motor aceptable. Que no se requiere más para las faenas de la zona y, además, tal como está ya lo hace principal en la ribera.

Muy a las 7 a.m. salimos del hotel, después de un desayuno en la casa de una vecina con la que Germán nos contactó en la noche al regresar de comer y en la que pudimos constatar, mientras despachábamos los huevos revueltos, el pan y el café, cómo conviven en una casa deteriorada pero digna, con un precario baño, varias generaciones de parientes y un par de inquilinos; en la parte de atrás algo de depósito de materiales y un taller de reparación de bicicletas. Al pagar, Felipe descubre que el dinero está completo, solo que repartido en dos bolsillos, uno de los cuales no había vuelto a revisar desde el pueblo aquel en el que los muchachos cruzaron sonrisas. No lo fue entonces de sinvergüenzas, la risita, sino de niños. Así es la vida.

Ismael y un par de muchachos del pueblo amarraron rápidamente los kayaks a la carpa de la lancha, se puso gasolina y ¡palante compa! Se pasa por las poblaciones de Santa Lucía, San Cristóbal, Soplaviento, Mahates (donde mi bisabuelo, El General Segovia, se dio en la jeta con los liberales anti gobiernistas en la guerra de los Mil Días. ¡Gente de partidos, no blandengues opinadores civilizados como los de hoy! Ni bandoleros narcotraficantes, secuestradores  e hideputas como las FARC. He dicho.) Gambote, y Pasacaballos.

Hube de hacer un pedido de estación para salir al monte, que el estómago no siempre se comporta como corresponde a un noble aventurero, parada y faena que fue complementada con rápida carrera a los arbustos cuando nos dejaron en la playa en la desembocadura. ¡cosas y casos de vivaqueante!

A varios kilómetros de la desembocadura ya se siente la brisa marina y huele a mar y, claro, el ánimo responde con ansiedad, porque no es solo salir al Caribe de los piratas, sino porque el mar es el mar y, a pesar de que llegamos a una bahía, es abierta y bien barrida por los alisios.

Al desembarcar vemos al noroeste la boca que conduce al mar abierto y la población de Bocachica con sus fuertes de San Fernado y San José; enfrente, la población de Caño del Oro, antiguo lazareto, ambas en la isla de Tierrabomba que forma la bahía grande de Cartagena, dejando dos entradas, la de Bocachica, y la de Bocagrande al norte, solo navegable por pequeñas embarcaciones por ser de poco fondo y estar, además, bloqueada por una escollera que echaron los defensores de la plaza en los años buenos de las peleas con los piratas franceses e ingleses. Allá, al fondo, entre la bruma, justo de donde sopla el viento, los edificios de Cartagena.

Nos aventamos a cruzar la bahía, con olas de metro y medio, que, claro, no será mucho en términos absolutos, pero vistas desde un kayak, en el cual uno no levanta más de 60 centímetros del agua, la cosa se ve enorme, en especial para marinos de agua dulce como nosotros. Pero a poco ya nos damos cuenta que estas embarcaciones se levantan y caen con gracilidad, sin un solo atisbo de duda y, por lo tanto, nos podemos concentrar en no perder el ritmo y gozar del poderoso paisaje y de las deliciosas y salobres salpicaduras, como verdaderos y osados marinos.

Se nos cruza, a unos 150 metros, un majestuoso carguero, lo cual nos hace recordar que debemos pasar un importante canal de navegación de embarcaciones mayores, de lo cual más vale salir rapidito. Nos aseguramos que no hay más barcos a la distancia y remar y remar rumbo norte, sube y baja con la mareta, que a medida que nos acercamos a la mitad del trayecto hasta la isla, se hace desordenada y altanera, superponiendo las pequeñas olas que amasija el viento desde la bahía interior, con las olas del mar abierto, ya largas y  apaciguadas por la escollera, pero aun así ofreciendo un hermoso reto al estropeado cuerpo. Los navegantes locales llaman a este espacio de mar “Las Cuatro Calles” que corresponden a la que viene del mar abierto por Bocagrande, la de la bahía interior, defendida por los pequeños fuertes de Castillo Grande y Manzanillo (donde hoy está la Casa de Huéspedes Ilustres de los presidentes de la república) la que viene de Bocachica y la del Canal del Dique, por donde hoy hemos entrado.

Y no quiero aburrirlos o sonar excesivo, pero agrego que mi madre y otras abuelas de Cartagena saben que allí hubo tiempos de tiburones y naufragios y, por tanto, Las Cuatro Calles dan título y membresía, sí señor.

Dos buenas horas de remo vigoroso hasta una playa en el costado noreste de la isla, desde donde ya tenemos las playas de Cartagena a tiro de arcabuz, si es que esto corresponde a 3 kilómetros. Un descanso pues, y nos vamos para el último tramo contra viento y mareta, duros pero gozosos, ¡que ya llegamos, ya llegamos!

Como último pasatiempo, mientras avanzamos lentamente, recuerdo toda la carga de historia que hace de Cartagena la ciudad legendaria que es. Fortín militar de primera línea y ciudad principal del Nuevo Reino de Granada, a la par con Lima en el Perú, era sitio de llegada de esclavos y contrabando también y uno de los lugares de reagrupamiento de las flotas que venían con los tesoros de Veracruz y Portobelo. Asolada por piratas como el barón de Poitins en 1697, a quien el valiente Sancho Jimeno vendió cara la entrada antes de ser traicionado por un virrey cobarde y venal, o como el arrogante Vernon, quien en 1741 ya traía grabadas unas monedas celebrando la toma, las cuales el inolvidable Don Blas de Leso le obligó a llevarse de vuelta en la faltriquera para llenar de embustes a su majestad de Inglaterra, a quien convenció de que su derrota fue cosa del destino y se hizo político de cierto reconocimiento.

Se aclara, en todo caso, que Blas de Leso es nuestro héroe como el que más, porque antes de la independencia esa es también nuestra historia, así después ¡al carajo el rey y la p…que lo parió! Y que viva nuestra sangre revuelta de cruz y espada, mestiza, mulata, samba, cuarterona, salta atrás y tente en el aire.

Nada mal digo, para un desembarco en playa que ya convida a ron y cumbia. A unos 100 metros de la costa el viento se apagó por los edificios y solo nos queda ubicar el Club Unión, sitio de encuentro con los amigos que nos recibirán para ir la casa de Alejandro Vargas a descansar y aumentar hasta el infinito el tamaño de las olas y la bravura de las jornadas.

Varamos en medio de los turistas y nativos, que, como es domingo, toman todos el sol a lo caimán. Aparece el Coyi, mi hermano, y nos damos el gran abrazo. Luego el Gonza, el Flaco Vargas, Alejo y Jorge Arturo. Voy donde el primo Jose Félix Lequerica, a media cuadra, le hablo de dejar allí los kayaks mientras el Coyi se encarga de enviarlos a Bogotá, a lo cual, por supuesto, accede incondicional y firme, como corresponde a estas tierras donde amistad y parentela lo son todo. El asunto queda pues arreglado, la aventura terminó y, por tanto…  me tomo “la mejor cerveza que he bebido en toda mi vida.”

F I N.

ANEXO I

CUESTIÓN CIENTIFICA PREVIA A LA TRAVESÍA

Se dirá que la ignorancia es atrevida y estaremos en lo cierto, pero duda es duda y hay que resolverla.

Al principio me pareció elemental que para calcular la velocidad del kayak en el río era cuestión de tomar la velocidad del río y adicionar la velocidad del kayak en aguas quietas. Si uno va sobre la corriente, pues cada palada generará una velocidad incremental. Es como si uno va por una cinta caminadora de un aeropuerto y camina sobre ella: se avanza a la velocidad de la cinta más la velocidad que uno imprime sobre la cinta.

Pero he aquí que se me enreda la cabeza con una suerte de hipótesis insalvable para alguien ignorante en teorías físicas. ¿Se debe hacer una suma aritmética de la velocidad del río con la velocidad normal en aguas quietas, o habrá una rata de rendimiento decreciente a medida que la velocidad del río sea mayor? Es decir, ¿la velocidad del río puede absorber la potencia de cada palada? Inicialmente pensé que si la velocidad del río llegaba a ser igual a la velocidad que se le imprime al kayak en aguas quietas, sería imposible lograr mayor velocidad que la del río.

La velocidad del kayak en aguas quietas es de más o menos 7 1/2 k/h, luego, asumí, esta sería nuestra velocidad máxima. Error garrafal, rápidamente desvirtuado en la práctica, pues resultó evidente que podíamos llegar a una velocidad de 10, 11 y hasta 14 k/h

Sin embargo, queda la pregunta: ¿con independencia de la velocidad del río, siempre debe sumarse la velocidad en aguas quietas? Todo parece indicar que sí, pero, tengo aun una duda basada en el siguiente problema: en el agua, a diferencia de lo que sucede en una banda caminadora de un aeropuerto, que es un elemento totalmente rígido, cuando uno introduce el remo en el agua se produce un efecto de frenada, salvo que uno le imprima mayor velocidad que la de la corriente ¿o no?

Porque, si uno avanza a 10 k/h e introduce el remo y lo deja quieto, frena la embarcación digamos que en una escala de 1/10. Por lo tanto, digo, si lo introduce a una velocidad de 5 k/h habrá un efecto de frenada menor, pero lo habrá, ¿o no? Entonces, el tema es si cuando la corriente es de, por ejemplo, 20 k/h y yo introduzco el remo haciendo la fuerza con la que en aguas quietas imprimo una velocidad de 7 ½ k/h, ¿estoy frenando o acelerando la embarcación?

¿O simplemente mi potencia será absorbida por la velocidad de la corriente?

Porque, para hacer avanzar el barco hacia delante, necesito encontrar una resistencia del agua cuando yo introduzco el remo y hago fuerza hacia atrás, pero, si voy en una corriente de 20 k/h, cuando introduzco el remo en el agua no debo encontrar resistencia hacia atrás, porque la velocidad de la corriente hará que el remo se vaya hacia atrás, pero sin permitirle encontrar una resistencia, es decir, sin generar una velocidad incremental adicional a la generada por la corriente.

O, de otra forma, dado que el agua es el elemento de apoyo que permite darle velocidad al kayak, pero, al mismo tiempo, es un elemento que genera resistencia al avance (diferente de la banda caminadora que no constituye resistencia al avance distinta a la resistencia de rozamiento que también generaría el “piso o agua quieto”) debe haber un momento en que la resistencia al avance sea superior al apoyo que la misma agua ofrece al remo para generar velocidad hacia delante.

Supongo que esto tiene alguna relación con por qué un cuerpo con una fuente de potencia encuentra un momento en que no es capaz de acelerar más, lo cual debe suceder cuando la capacidad de resistencia del medio en el que se desplaza es superior a la potencia de avance ¿o no?

Se podrá quizá decir que cuando uno va en la corriente no hay resistencia, porque la corriente no se hace resistencia a sí misma y uno es parte de ella. Bien. Pero, el problema no es con el kayak que va en la corriente, sino con el remo, que viene de fuera de la corriente y necesita un apoyo en un agua que va más rápido de la velocidad que el remo necesitaría para encontrar apoyo en esa agua.

¡Falso! Como uno va con la corriente, uno siempre encontrará un apoyo en el agua, porque está partiendo de la misma velocidad del agua, luego no hay problema. Es distinto, y aquí está la trampa, si uno estuviera en la orilla y quisiera impulsarse “apoyándose” contra el agua. Si el agua está quieta, lograría algún apoyo, pero, si hay corriente, ahí sí no se lograría apoyo alguno.

Si se va en una corriente de 100 k/h y se mete el remo dentro del agua, el remo no se le va hacia atrás, no, el efecto es el mismo que si la corriente fuera de 1 k/h El remo, al entrar en el agua, también es impulsado por la corriente, sin encontrar resistencia alguna. Por eso es que cuando algo baja con la corriente, y es observado desde algo que también va impulsado por la corriente, parece que estuviera quieto; no genera estela, porque no está rompiendo el agua, va con ella.

Bueno, con esto he encontrado una respuesta teórica, a priori, lo cual me convierte en un científico notable y he recuperado la calma.

Quedan dudas por ahora menores, como la de ¿por qué un ingeniero naval me dijo hace algún tiempo que bajando en balsa con la corriente el timón funciona al revés? Debe ser porque un cuerpo que es llevado por una corriente nunca alcanza la velocidad exacta de la misma por aquello del peso y la inercia y, por tanto, al meter la pala del timón a la izquierda, por ejemplo, aumenta la resistencia de ese lado y la corriente empujará la popa a la izquierda y el efecto es que la proa toma hacia la derecha. En cambio, cuando se avanza a mayor velocidad que el aguan, al meter la pala del timón hacia la izquierda la popa es empujada hacia la derecha y el efecto es que la proa toma hacia la izquierda.

Esto último, debe aclararse, no interfiere con la teoría principal discutida en este anexo. A lo sumo implicaría que no se puede sumar al 100% la velocidad de la corriente a la velocidad de agua quieta, sino en, diga usted, en un 90% o cosa así.

FIN DE LA PARTE CIENTÍFICA DEL PASEO



[1] Por Internet supimos de Juan Manuel Verón y sus amigos, que hicieron un recorrido de 3.000 kilómetros desde Rosario hasta Río de Janeiro, bajando el Paraná, saliendo al legendario estuario del Río de la Plata y luego rumbo norte costeando hasta Río de Janeiro ¡para quitarse el sombrero! Ver www.rosario-rio.com Pero, además, nos enteramos de que en el mundo, en España, Argentina, Estados Unidos, etc, etc, las aventuras en kayaks ya están inventadas. Pero, todas son maravillosas y dignas de ser contadas. Incluso en Colombia el grupo “Tierra Nativa” da cuenta de una travesía por el río Amazonas, pero sus integrantes parecen muy cautelosos para compartir información, por lo cual no les insistimos.

En los buses

Ayer presencié unas de esas cosas que si a uno se las cuentan tiende a pensar que son mentira. Imagínense que iba en un bus de recorrido urbano, ni lleno ni vacío, ni viejo ni nuevo, sino como es la usanza en estas ciudades, “trabajable”,  y un señor que se subió en la calle 57 con carrera séptima, que se sentó justo delante de mí, trabajador él, de oficina, ni rico ni pobre, sino más bien de dignidad compuesta, como se dice ahora, dio con la idea esta tan de moda en la clase media, de rascarse el interior del oído con lo primero que le pone a su disposición el bolsillo, atiborrado de inutilidades, ¡seguramente! porque así he podido verificar que sucede, y procedió pues con una llave y en eso estuvo hasta la calle 67, en la cual normalmente me hubiera bajado, pero cuando iba a hacerlo vi con sorpresa que cambiaba de instrumento, aunque, a decir verdad, conservaba la misma actitud de intelectualidad de quienes hacen cosas personales en público y me dije, entre auto broma y sorpresa: ¿a que nos lleva este individuo tan normal?

Pues que se introdujo un fósforo en el dicho oído y se rascaba con tal deleite, si bien discreto, nada especial, digo, que no me bajé del bus en mi paradero. ¡cosa de reflejo! Nada digno de Freud o Jung, acepto, pero interesante a las 11 de la mañana.

No he podido entender la razón, pero se le prendió el fósforo en el oído, y como era peludo de orejas el sujeto y quizá tenía cera acumulada, que bien se sabe lo ígnea o pirotécnica que resulta, y además, que en esto no hay especialistas, así es la vida, que empezó a botar fuego furioso por la oreja izquierda, que era la del trámite, y en un santiamén la cabellera siguió la línea inflamable y ¡hay mi madre! y sale ese señor disparado por el corredor del bus hacia la puerta de adelante todo encendido en candela y ¡auxilio que me quemo! y el chofer que lo ve de reojo y atina a meter el breke a fondo y se catapulta el señor de los infiernos, con llamas de hasta 10 centímetros ya en la cabeza, contra el torpedo derecho del bus y con las mismas cae fuera entre dolores y solicitudes de auxilio, con tan buena suerte que ¡zas! una bicicleta que lo atropella y allá van en llamas y fierros nuestro encendido auto pirómano y el repentino ciclista, contra una valla de propaganda ¡Sprite te dice la verdad!

Todo parece indicar que el golpe apagó las llamas, pero todavía retumban en mis oídos los gritos del ciclista: ¡el diablo mami, el diablo!

Ras. Por enero del 07.