Chancleta del alma

LA CHANCLETA[1]

 Quiero creer que se fue de paseo. Aprovechó el desorden del fin de semana, se fué a un pueblo cercano de tierra caliente y seguramente no ha encontrado pasaje de regreso; por las usuales congestiones no ha podido reintegrarse a sus labores.

Eso pasa, me decía en el CAI el teniente encargado, por darle tanta libertad a quienes trabajan con nosotros y, sobre todo, al desorden de los fines de semana que crea un ambiente de fiesta y relajo en los cuartos y casas en general. Está claro, continuó el teniente, que es muy nocivo permitir que las chancletas, de por sí bastante liberadas, se junten por dos días seguidos con botas, tenis, zapatos de oficina, otras chancletas más viejas, pantalones, calzoncillos, medias, sostenes (degenerados incorregibles) sábanas, cubrelechos sucios de chocolate, juguetes de diferentes familias, balones, mapamundis de inflar, frisbis de propaganda, novelas aburridas (viejas amargadas) periódicos viejos (tomatragos, jugadores, trasnochadores y pendencieros) diccionarios, esferos (de mejor familia pero que tienen sus resbaladitas y se unen a la juerga) calculadoras (viejas frías y llenas de cálculos; insensibles y que no saben bailar) jarabes (gente circunspecta pero rumbera) y papeles. Hemos tenido más de veinte (20) denuncias entre ayer y hoy sólo en este vecindario, no sólo de chancletas, en algunos casos se cree que la chancleta se largó con un zapato y los han visto pasar los vecinos por el corredor, la sala, la cocina y en las escaleras de salida los han visto unirse a un combo de camisetas y calzoncillos (huy!) y luego subirse a un bus y salir como desesperados para Melgar.

Me puse entonces a pensar si alguna vez había tratado de educar a mi chancleta. Casi me pongo a llorar de remordimiento. Ni siquiera le había presentado a sus compañeros de trabajo. Una vez me dijo que se conocía con las medias, pero que no más, que solo se encontraban de vez en cuando con los otros en las fiestas de fin de semana. Claro, me dije, así cualquiera pierde el sentido de la vida y apenas puede se va para Melgar con un zapato.

En Melgar una chancleta joven puede conseguir trabajos fáciles y bien remunerados. ¿Que tal emplearse de asistente de piscina en el Hotel Guadaira? Es decir, sólo tener que pasar al jefe de una cama de madera por tres o cuatro metros hasta el borde de la piscina, dejarlo allí, recibir un refrescante salpicón de agua, esperarlo unos cinco minutos conversando con bronceadores (¡gente Caribe!) sombreros para el sol (campesinos pero ingeniosos y elegantes) gafas (mujeres de mundo) y hasta con una que otra cartera (viejas sofisticadas y alcahuetas que, se sabe, se vuelan a impresionantes parrandas con los cinturones, las tirantas y los suspensorios).

Hay trabajos menos exquisitos pero de todos modos exóticos para una chancleta bogotana. Por ejemplo, ir a trabajar de auxiliar de paseos en el río Sumapaz. El único problema es la arena, pero se acostumbran y en todo caso no es un trabajo diario, de rutina, encerradas en un cuarto con alfombra, oyendo pero no viendo televisión y con muy pocas oportunidades de ver el sol. Mi abuela, le oí decir un día a la que ahora busco, conocía el sol porque su jefa vivía en una casa, no en un apartamento, y salía cada rato a limpiar el jardín y a charlar con la vecina que usaba en la cabeza unos rulos muy simpáticos. “Incluso, mi abuela me contó que estuvo enamorada de un rulo travieso en la época del nueve de abril cuando a la jefe le tocó irse a esconder a un garaje y usarla a ella de almohada”.

Pero bueno, hablando de las cosas de Melgar, también se puede dar con trabajos esclavizantes que hostigan, que no respetan. “Una amiga, por ejemplo, fue a dar a una tienda de esas con mesitas de lata donde sirven aguardiente y se forman discusiones y la gente se vomita de vez en cuando y a donde aparecen esos choferes de tractomula con un trapo rojo en el hombro, un palillo entre los dientes, los mechones en desorden, la camisa abierta y el sudor saliéndose de la franelilla y, claro, con unos zapatos sucios que se creen divinos, oliendo a cloche y freno y empiezan a coquetearla a una que anda bien ocupada, que mate cucarachas, que restriegue escupitajos, que péguele al niño y que dale que dale todo el día y parte de la noche bajo unos pies gordos y unas piernas mofletudas y varicosas y una cara de gorda coqueta que para allá, que para acá y sin oír nunca una voz de aliento, sino por el contrario, puyas y puyas “papito regale para unas nuevas que vea esta porquería de chancleta” y así. Por eso es muy raro que una de Bogotá vaya a caer en un sitio de esos, aunque las de Girardot e Ibagué se pelean esos oficios con las cotizas y las alpargatas. En todo caso mija, yo si he oído cosas muy bonitas de Melgar, por ejemplo, unas amigas me cuentan que hay sitios donde no se trabaja sino caminando despacito y al alquiler, es decir, que nadie le toma ese cariño lastimoso sino que las personas las aprecian como protección contra microbios y entonces una se siente muy bien, como si fuere una especie de científica al servicio del medio ambiente”.

Me metí pues en el mundo, en la historia, en la cultura de las chancletas fugadas. Supe de historias alegres y de historias tristes y hasta de amores imposibles y de algunas que llegaron a ocupar importantes lugares en la política y en el periodismo. Hasta de una que se hizo auxiliar de ópera y de otra que tuvo amores con el izquierdo de los zapatos viejos en Cartagena y de todo lo que le pasó después en un barco mercante hasta que murió de pulmonía en una plataforma petrolera del Mar del Norte.

En todo caso, está claro que Melgar – Tolima, por arte del turismo, del transporte de carga, del río Sumapaz, de las tiendas con cucarachas, por los carros de paletas, por las piscinas, por el calor, las montañas y ¡qué se yo! es la primera escala seria que hace cualquier chancleta que se muda de un apartamento en Bogotá. Supe de una que se enamoró de un neumático que la pisó en la carretera, mejor dicho, en el parque, en frente de la iglesia y se fue de ahí pegada hasta que el neumático se reventó de pasión en Chicoral y la pobre terminó de parche toda desmembrada.

Otra, en cambio, se salió de un pie y nadó y nadó hasta el río Magdalena, se metió al Canal del Dique y terminó tomando tranquilamente el sol en el Hotel Hilton de Cartagena, relajada, sin prisa, con toallas, comiendo bien, hablando de peinados y haciendo paseos a las Islas del Rosario. Creo que ahora vive en una cabaña paradisíaca en Barú donde la consideran un objeto de placer y animación.

Otra, también por el rumbo del río Magdalena, fue a dar a un caño de Barranquilla pero terminó de asistente de un bar y vive de la menta.

Otras han muerto tranquilas en quehaceres domésticos o en labores del campo; salvo tres o cuatro historias, la chancleta no parece una persona violenta, ni que genere desavenencias. Cuando encuentran trabajo duran bastante y mueren de viejas.

Claro que también existen las historias de chancletas oligarcas que nunca salen de los almacenes (las hay que ni siquiera salen de las fábricas, pero de ellas se sabe poco) y se pasan la vida creyéndose de mejor familia, hablando con las cortinas, con los cortes ingleses, con las camisas danesas, con los suéteres importados y hasta con sillas de montar a caballo de las finas y nunca llegan a saber de matar cucarachas o corregir mocosos.

Incluso en Melgar se formó una escuela de chancletas benefactoras y otra de líderes y parece que lograron realizar hasta una marcha y como que tienen su patrona, “Satacleta”, quien colaboró con la madre Teresa de Calcuta y con su excelencia el cardenal primado.

A la mía, por su temperamento, no la ubicaba exactamente en ninguno de los supradichos menesteres y a ratos me la imaginaba en un horrible basurero asediada por ratas y ratones. No tenía noticias y a mi mente acudían feos recuerdos, como el de la que fue a dar a Egipto, la embalsamaron, la metieron en una urna de cristal, la mandaron de regalo al embajador persa, éste la negoció con los turcos y terminó en el museo de artesanías latinoamericanas de Moscú. No sabía yo quien me acompañaría a ver televisión, a comer una fruta en las noches de insomnio, a ir del cuarto a la sala y de la sala al cuarto antes de bañarme, a escribir mis reflexiones, a salir de la ducha y no pisar el piso frío, a recoger el periódico. ¿En quién voy a pensar que me recibirá en casa cuando llegue de pelea con un zapato?

¿Estará mi chancleta en Melgar, en Guarinocito, en un bar de Barranquilla, en una escuela de karate?

No lo sé, pero si no aparece, espero que encuentre una vejez tranquila, que no tenga que matar cucarachas, que no sea dejada debajo de un congelador de cerveza de tierra caliente, que siempre haya luz y cantos para ella, que ojalá me escriba, que logre conocer un zapato comprensivo, o un sombrero, en fin que no lleve una vida polvorienta, que encuentre un trabajo a destajo, que me comprenda, que me perdone, que…

 

[1] Unidad funcional de 2 calzados, pero se les llama en singular por respeto y razones diversas. Se prefiere el riesgo del equívoco biexistencial a las explicaciones detalladas. La unidad, en esta materia, no tiene posibilidades ni tradición ni es capaz de ser sujeto narrativo.

Testigo de gallinas

Capítulo Primero (menos técnico que el siguiente)

Yo, inocente, caucásico, a good looking guy, no tenía idea de que en una sala de espera de un aeropuerto se pudieran reunir, sin cita ni acuerdo previo, cien agudos y, casi disimulados y disimuladores, observadores del comportamiento ajeno.

El uno miraba los zapatos del otro, éste escuchaba la conversación de la pareja, pero ella, a la vez que escuchaba, más con gesto que con palabras (diríase algo de si se puede escuchar con palabras, pero así es la vida) analizaba la mirada juzgadora de la señora esa con su maleta barata, pero, a su vez, claro, era observada intermitentemente por un muchacho más bien tranquilo pero, sin duda, un verdadero genio en el arte de escanear sin ser agresivo. No enumero, por respeto a ti, lector, todos los otros sutiles pero fuertes ejercicios de profundización en “el por qué del otro”, o en su familia, su desayuno, o riqueza, que tenían lugar en dicho recinto.

Como los observadores tienen por código no dejarse confrontar ritualmente y por eso retiran la mirada moviendo lenta pero oportunamente la cabeza cuando el otro intercepta su línea de vista, sucedió que, dado el ambiente de cámara[1] que imperaba en la susodicha sala de espera, todos empezaron a mover la cabeza y, sin que se pudiera decir que había conciencia colectiva (por lo menos no se lo podía decir en ese momento, sin que esto implique que la hubiera o no, sino que “no se lo podía decir”) todos, todos, evolucionaron en sus movimientos de cabeza, a un lado, al otro, arriba, abajo, en círculos, en triángulos, en octágonos y, aunque sea difícil de creer, incluso en formas mucho más evolucionadas y artísticas, pero sin llegar a ser sublimes, porque no eran fluidas, solo por eso. Lo hacían cada vez más rápido, tal como si se tratara de un gallinero, o en un gallinero, o como las gallinas de un gallinero.

Los movimientos de cabeza pronto fueron acompañados por gestos manuales estilo los de compresión, es decir, lentos y reposados, de cierta pesadez, de cierto aplanamiento, en fin, esa mano que se despega de la pierna, sin que la muñeca se separe del muslo, y que vuelve en un solo movimiento a quedar, como al inicio, en completo reposo.[2] De manera natural, no forzada, se incorporaron cruces y descruces de piernas, y, sin que se pueda definir un momento preciso, como sí se lo puede cuando entran, por ejemplo, los oboes al concierto, en respuesta iluminada, incomprensible, adamantina, tras la sugerencia perfecta del director, empezó a pergeñarse una sonrisa, esta sí colectiva, de esas que no muestran dientes.

Con la acentuación de los movimientos de cabeza, de las manos, de las piernas y, sí, con lo de la sonrisa, el ambiente se caldeó[3], es decir, adquirió una connotación visual y olorosa de gimnasio griego, a tal punto que casi que era evidente que los nombres a los que respondían estos observadores podrían ser Apolonio, Protágoras, Esquilo, Apulón, Adriadna, Sócrates, Euclides, Tarso, Eurídices, Apolo, Príamo, Páris, Perseo, Artemisa, Aquiles, Mitro, Efigenio(a), Zeus, Sófocles y Agamenón.

Algunos se ponían de pie y otros se sentaban. Y uno, y dos, y tres, y cuatro, y cinco, y seis, y siete…

Pero, como era obligatorio disimular, se escuchaban comentarios, casi conversaciones, y risitas. Aquel sacó penilla y el de más allá se quitaba y se ponía la argolla de matrimonio.

Cuando llamaron a abordar todos coincidieron en que había que mirar hacia atrás y devolver el movimiento, pero sin abandonar los ya señalados movimientos en curso. Una señora cacareó y todos movieron la cabeza hacia adelante y hacia atrás mientras doblaban las piernas y caminaban como aves en tierra. Algunos picotearon, pero solo la señora que había cacareado puso un huevo y el ambiente de cámara se llenó de plumas.

 

Capítulo segundo

(más técnico que el anterior) narrado por Iioni Fraktlls, a quien encargué de estar atento y recibió testimonio del ingeniero de vuelo.

Al avión solo entraron gallinas y, dado que no estaba equipado para transportar aves, el piloto pidió un poco de paciencia e hizo llevar una cuadrilla de mecánicos para que quitaran las sillas y echaran algo de tierra fresca, de manera que el estiércol pudiera mezclarse sin demasiados contrastes.

Se retiraron las tapas de los compartimientos de maletas y en ellos se acomodaron casi todas las gallinas, pero las que no encontraron lugar se dedicaron a revolotear por el avión ensuciando a los mecánicos.

El piloto, el copiloto, la jefa de azafatas y yo, nos encerramos en la cabina y desde allí convencieron a tres mecánicos de buen talante, pero sin convicciones zoológicas, que sirvieran unos pasa bocas, dado que nadie discutía que todas y cada una había pagado por su tiquete.

Ya sin los asientos, las trescientas cincuenta gallinas estuvieron a sus anchas.[4] Algunas utilizaron el retrete para peinarse, pero casi todas prefirieron almorzar en la zona de pasajeros (retrete, peinarse, almorzar ¿tiene sentido? No lo sé, pero así fue[5])

Cuando el avión aterrizó y se cumplieron los procedimientos para el desembarque, hicieron una fila y fueron saliendo de manera sumamente ordenada, aunque prefirieron que no les colocaran las escaleras y optaron por un gracioso salto a tierra, todo lleno de aleteos y del ruido normal que hacen las gallinas vivas en estos eventos.

De hecho, se organizaron por orden alfabético y fueron entrando en parejas a los salones de inspección fitosanitaria, de los cuales salían evidentemente altivas y orgullosas. Se perfumaban como cualquier gallina en situación similar.

La cuestión de los taxis sí requirió de la intervención de la policía de puerto, porque, se sabe, si hay gremio discriminador, es el de los taxistas, especialmente los de origen famélico y los que gustan del sancocho, es decir, aquellos de los extremos.

Las autoridades aeroportuarias y los maleteros estuvieron muy atentos con lo del equipaje y, lo que más sorprendió, fueron realmente elocuentes en los consejos para el uso de los porta maletas.

A nadie se le ocurrió requisar debajo de las plumas, no fuera a haber quejas ante la prefectura animal, pero claro, no faltó quien relatara el hecho como un exceso, pues si la competencia contra quejas por maltrato animal la tiene dicha prefectura, nunca se ha interpretado que la competencia sea la misma si la queja va del animal a la prefectura.

Sobra pues afirmar, aunque, como se evidencia, lo hacemos, que todo salió bien en el sentido de los trámites de viaje, incluyendo la porción terrestre, aun con los pequeños cambios aquí narrados.

Habiendo partido los taxis, el comandante de la Aeronáutica, autoridad del área, concedió libre plática, si se me permite un término no exactamente logístico sino náutico-aduanero, para que una vez más una cuadrilla de mecánicos, con especialización en tornillería silletera, pero, también, con habilidades en limpieza de rila fresca, ordenara el avión.

Todo quedó bien, de forma coherente, se apreciará, con la manera civilizada como se trató, solventó, dirigió y manejó el asunto, maneras éstas no tan usuales en situaciones como la descrita, que pude presenciar por mi calidad de ingeniero de vuelo y no, ciertamente, como pasajero, condición en la cual quizá no lo habría creído. Por otra parte, esta condición laboral me limita para contarles lo que pudo haber pasado después del abordaje de los taxis, porque de eso en adelante no tengo información.

Coda: la edición de esta noticia no fue autorizada, razones tendría la censura, que siempre las tiene y buenas. No lo discutimos, pero, me pareció un exceso destruir esta nota que, por lo demás, tampoco es tan diferente de lo que todos solemos presenciar en los aeropuertos internacionales y, simplemente, va en la política de que es mejor que la verdad se cuente a que no. Se recomienda sí algo de mesura, como cuando se cata un vino.

Fin.

 

[1] Debe aclararse que hay música de cámara, la aplicación quizá más conocida del concepto “cámara” dentro de estos contextos, pero también existen “ambientes de cámara” (Para una aproximación académica sobre el punto ver “Anotaciones Enciclopédicas sobre Cámara” de Henry Jártose Jr. Edit. Ikdlú, Buenos Aires. 2005

[2] Y si no hay reposo previo nada se puede en este aspecto

[3] Y no de caldo, caldero, ni de los asirio caldeos, sino como se entiende en su sentido natural y obvio en el texto que se pie pagina solo para abundar en transparencia.

[4] No tiene importancia alguna que al inicio del relato se haya dicho que en la sala de espera había cien observadores. El hecho es que al avión entrarontrescientas cincuenta gallinas. Punto.

[5] Nota del autor, no del ingeniero

CONVERSACIÓN EN EL AEROPUERTO

A veces, lo que resulta increíble es cómo se llega a la verdad y no lo extraño o sorprendente del suceso, eso lo tengo claro desde que estudié epistemología. Por lo tanto, os ruego aceptar que mi profesión me llevó a instalarme en una silla de madera de roble debajo de la barriga de un monstruoso avión 747 de la línea Aricane Et Artián, un martes a las 10:45 am, para verificar los seriales de unos repuestos cuyo inventario se había colocado en unas cajas que iban a ser cargadas en dicho avión.

Situación más bien rutinaria, dado mi oficio, un poco tediosa, algo mezquina, y, la verdad, irritante, dado el tamaño de la letra de los documentos de comprobación y porque en algunos repuestos los números de identificación los graba el fabricante donde se le facilita a él y no en donde después puedan ser leídos sin dificultad. También, porque la policía se había hecho presente y acercaba sus caballos más allá de lo que resultaba cómodo para una diligencia jurídico administrativa.

Cuando llegó la hora del almuerzo, a las 12:45pm,  nos sirvieron los sánduches y la gaseosa en unas mesitas grasientas cubiertas por un ridículo mantel de organdí bordado por algunos de los miembros del equipo de físico culturismo LGBT empresarial, recientemente desposados entre sí, en ceremonia colectiva para mecánicos de todo sexo. No me contaron bien, o no lo entendí, si el vínculo se constituyó por parejas o en colectivo polivalente, aunque todos estaban felices por el suceso. Esto no es relevante y sería inocuo, y quizá de todos modos lo sea, si no fuera porque nos quedamos sin luz, se estropeó el computador y se borraron los registros de toda la mañana.

Mientras se hacían las reparaciones se me permitió, o mejor, toleró, que algo va de uno a otro verbo, caminar unos metros por los alrededores. En ello estaba, cuando escuché unas voces gruesas, pausadas, acostumbradas a la conversación:

-¡Qué cantidad de pendejadas que se inventan en vez de ponerse a trabajar!

-¡Ja! Y eso es prácticamente todos los días.

-Bueno, pero a usted lo que le gusta es volar ¿o no?

-¡Claro! Aunque una buena carreteada también me anima.

-A mí me gusta la acción, sea al trote, al galope, o incluso al paso pero con ritmo. Lo que no me gusta es ser silla, como hoy, ahí como los muebles. Para eso están éstos.

-Bueno, pero dígame una cosa ¿por qué ustedes caminan diferente cuando están solos por ahí, a cuando son cabalgados?

-Es una cuestión estética y de satisfacción personal. Pero, no crea, en el campo, cuando jugamos, también hacemos nuestros pasos. Lo que sucede es que no hay como realizarse en el oficio, en la cabalgata.

-Opino que tenemos más cosas en común de lo que se cree ¿no le parece?

-Sin duda, sin duda.

-¿Y ustedes qué opinan de los humanos?

-Extraordinarios, nos sirven bien, nos animan.

-Sí, así es. Para nosotros son indispensables. No solo debo reconocer que sin ellos no podríamos desarrollarnos a fondo, sino que nos ayudan a crecer, a volar.

-Mi papá decía que debemos tratarlos bien porque son nuestro mejor servidor.

-Sí, la grandeza mecánica la aportan ellos. En eso es distinto con ustedes, porque ustedes no son mecánicos ¿o sí?

-Bueno, sí, aunque no somos construidos o ensamblados, como ustedes, nuestro funcionamiento interno está basado en la mecánica. Por ejemplo, observe nuestras patas en la parte anterior a los cascos, es decir, esta parte, aquí, en la que nos apoyamos. Es tan compleja como su tren de aterrizaje, solo que más pequeña.

-Sí, tiene usted razón. En realidad nuestra esencia no es el tamaño, ni la capacidad de carga, sino nuestra estructura de vuelo.

-¡Claro! Claro, eso lo entiendo, en nuestro caso es la velocidad, la fuerza interior, esa potencia pura, majestuosa, que se refleja en nuestros músculos. Por eso los humanos nos hacen tantos retratos.

-Igual a nosotros, aunque más que retratos al óleo y cosas de esas, que tienen una tendencia hacia lo vivo, a nosotros nos fotografían y nos hacen películas, que, yo sé, a ustedes también, pero sí, a ustedes el homenaje es a través de retratos, de la pintura.

-¿Ustedes no pertenecen a lo vivo?

-Pero no en el sentido de vida animal, lo nuestro es más articulación existencial, somos más de materiales, de cosas predeterminadas, mucho más rígidos, somos estructurales y, claro, no somos fisiológicos sino estructuralistas.

-Sí, sí, sé a lo que se refiere. Nosotros somos más bien blandos, biológicos, así es.

-Pero, volviendo al tema, creo que nos parecemos, ambos utilizamos a los humanos con mucho respeto y entendemos que son un complemento perfecto para nuestros propósitos.

-Sin lugar a dudas. ¿Ha notado la ceremonia, la dignidad que asumen ante nosotros?

-¡Claro! Siempre uniformados, cubiertos, cautelosos, advertidos, solemnes, jerárquicos.

-Sí, sí ¿y qué tal cuando hay guerra?

-¡Extraordinario! Ustedes en eso nos llevan siglos ¿o no?

-Sí, pero ustedes lo han hecho de maravilla. ¿Qué tal cuando le enfilan a un barco lleno de ametralladoras en la mitad del océano? El otro día hablaba con una ametralladora e incluso ellas reconocen que ustedes se ven muy bien.

-Sí, pero nada como cuando ustedes arrancan a toda velocidad a campo traviesa contra un batallón igualmente desbordado, incontenible. ¿Ha notado que a veces en las películas estas escenas salen en cámara lenta? Como en “Gladiador” o en “El Último Samurái”.

-Sí, claro. ¿Sabe cual me gustó?

-“Top Gun”

-¡Claro! Fue un tremendo homenaje a los modernos.

-¡En fin! Cada uno en lo suyo. Ahí vamos.

-Sí señor. Me toca irme a trabajar. Ha sido un placer.

-Igualmente, que esté bien.

Por supuesto, esta conversación me abrió el pensamiento, me dimensionó en otra concepción, caí en cuenta de muchas cosas. La verdad, terminé de hacer mi informe con alegría. Así se lo comenté a mi automóvil mientras regresaba a la oficina.

 

FIN.

Marcel Proust. Perdido

 

Un intelecnauta, sin duda. Lee la revista El Malpensante mientras almuerza en Subway un emparedado “italianísimo”, Coca Cola y papas fritas, el 31 de diciembre de 2014.

Y no son cosas de poca monta. Por una parte, un poema de Bukowski y por otra, un sesudo artículo sobre las lecciones que un novelista ha sacado de Proust y sus 3.000 páginas de “En Busca del Tiempo Perdido”. Así son las personas en días y circunstancias cuando el día es soleado y el viento sopla fresco y no hay pajaritos en la calle.

El vendedor pregunta: “¿de quince o de treinta centímetros?”

Y el comprador responde: “¿cuál es la diferencia?”

Y el vendedor responde: “los quince que le restan son iguales a los quince que le faltan”

Y yo exclamo: ¡guau! Así, no como un perro sino como un English speaker ¿know what I mean?

Y alguien más se acuerda de “todo no vale nada si el resto vale menos”

Todos, por supuesto, intelectuales, pensadores reflexivos unidos por lo alto, es decir, por la trascendencia, la profundidad. Son gente de mucha monta, divulgadores del lenguaje, maestros de la ceremonia, lectores de cosas importantes, utilizadores de la sabiduría sencilla y plena con la que los grandes novelistas sacuden a las almas buenas con exquisitez, con el caviar ecuménico de los humildes que “así son”. Sin pedantería ni aspavientos, pura comprensión. Lindos ¿de qué otra forma podrían ser?

 

 

En una conferencia amena.

Buenos Aires. Agosto 4 

Los viajes deben abrir a la soledad y ésta a la libertad.

Desde la sabiduría del conferencista, Henry sentía que todo aquello era importante, muy importante, trascendente, muy trascendente, prácticamente un dechado maravilloso de cosas útiles y determinantes para la vida, la vida adecuada, la marcada por la nobleza y el donaire de las mentes claras.

Por supuesto, aquella catarata de conocimientos era tan profunda, tan clara, tan benefactora a su inteligencia, que le tranquilizaba y ese estado lo transfería a una actitud de observador agudo y sereno, tan sereno, que lo hacía levitar hacia unas lámparas grandes, doradas, elegantes, constituidas por una aglomeración transparente de lagrimas de cristal que conformaban una especie de cavidad no frutal, aunque similar a un corozo lúcido y serio, dentro del cual nacía el día y semejaba el sol como centro de un sistema, pequeño en términos siderales pero desbordante para los seres humanos, tan pequeños y pasajeros, tan transitorios, tan escasamente concretos.

De allí dio un salto reflexivo hacia la teoría de la cohesión de los vacíos estructurados a base de distancia entre materias aisladas, pero impermeables, como la piel, el cuero y, en general, las superficies de los seres vivos. ¿Qué es lo que la suma de los vacíos del universo no deja permear, no deja entrar? Los fluidos acuosos. No la humedad de las cremas, y menos, las de soluciones evaporables como el alcohol o las oleaginosas, materias que, está demostrado, penetran los espacios de la piel. Nunca ha sucedido que alguien se llene de agua por vía de contacto. De la misma forma, en consecuencia, y este es el gozne, la unión: los espacios del universo no son llenados por el agua que los contiene.

Demostrado ya, que al universo, en cuanto sistema, no le entra agua, la pregunta obligada es: ¿y de donde sale la lluvia? Aquí debe hacerse una distinción: el agua que no entra al universo no es la misma sustancia que conforma lo que en este específico mundo se conoce como “agua”. Segundo, la sustancia acuosa es universo céntrica y autosuficiente y, por tanto, no se comparte con sustancias, geles, pomadas o, en general, aplicativos de naturaleza puntual y descentrada. Tercero, sentada la diferencia señalada, el agua que no entra al universo no es la misma, ni tiene parentesco, con la que llueve en el planeta tierra o la que subyace bajo estratos diversos en otros cuerpos celestes.

No obstante la física y férrea distinción, estas sustancias generan equilibrio de convivencia molecular. Porque teniendo lo externo un pequeño pariente en lo interno, no pretende hacerle daño y, en contraposición o contraprestación, lo interno, el quantum acuoso del sistema solar, es hidrogeno 2 y oxigeno 1, y no quiere, no pretende, conocer, abordar, llegar, a su pariente, tutor, padre, y horizonte de regulación, sino que simplemente se siente cómodo, y se amolda, presintiendo , por lo demás, y permítanme esta digresión, lo que Pewtrrgrontw ha llamado, según traducción libre: una adecuada y equilibrada convivencia.

El sueño, tanto el mortal como el eterno, es delicioso y su análisis constituye un signo, un símbolo, un rescate de valía, de valor.

Pero, resultó que a la media noche había demasiado calor. Bebió agua de un vaso puesto en la mesita de noche, la cual era evidente que había sido instalada cuando terminaron las conferencias. También estaban allí las llaves del salón.

¿Por qué nadie hablaba? ¿Por qué no había nadie en ese enorme salón presidido por tan bárbaro equipaje de lágrimas de cristal?

Recordaba los principios jurídicos tutelares, la aplicación práctica del sistema de solución de controversias y una mejora sustancial en algunos conceptos impresos en diapositivas, pero, además, tenía la sensación borrascosa de un sueño pesadísimo, violento, casi torvo, y no entendía cómo podía estar solo, cubierto por una frazada y con una almohada, una lamparita, un libro, una mesa con comida y un digestivo. No recordaba haberse emborrachado, ni de saludos o despedidas. Todos se fueron, se dijo, “pero sé donde estoy”.

Por lo tanto, continuó durmiendo plácidamente. “Pero me despertaron a las dos de la mañana para tomar el taxi que me llevaría al aeropuerto.”

¿Y los otros días? ¿Qué se hicieron los otros días? Preguntó.

Tomo la palabra. Puedo estar en precarias condiciones pero no permito ser narrado. Ahora soy yo quien se comunica y quiere respuestas.

Nada, ha dormido usted muy bien

  • – ¿Y mi hotel?
  • – Nada, se dio el aviso y se comunicó que usted quería seguir durmiendo.
  • – Y la seguridad jurídica?
  • – preservada.
  • – ¿y la el principio del non bis in idem?
  • – preservado
  • – ¡Puedo tomar una ducha?
  • – Sí, sí, siga usted, se le ha asignado el baño de la servidumbre.
  • – Muy amables.Salí pues muy bañado y afeitado y tomé el taxi.Cuando llegué nuevamente a mi ciudad de origen continué mis actividades normales y volví a ver a los colegas que asistieron conmigo a tan importante evento, pero nunca he tenido oportunidad de preguntarles por lo sucedido, ni ellos han tocado el tema.Bueno, todo puede suceder, y sucedió específicamente, en el viaje. Es la manera que los viajes abren a la soledad y constituye el precio de asomarse a la libertad.

A la manera de Nicolás Gómez Dávila

Nada que se colectivice es importante[1].

 

El espíritu debe ser pendenciero o es imitación.

 

Hablar de (o siquiera mencionarlos) tus propios éxitos, no llega a ser de mal gusto, se queda en lo plebe.

 

Dijo Prambarakatanga: “Para mí, ahora que ya entendí, lo trascendental está en los principios básicos: respirar, que es la esencia de la vida, debe hacerse bien; hacer, que es la esencia de la subsistencia, debe ser poco, consciente e importante; pensar, poder pensar, que es la esencia de la libertad, requiere abundante tiempo a tu disposición, o es esclavitud.”

 

Una vez que una injusticia se vuelve ley de la república deben pasar siglos para que los beneficiarios de la misma entiendan que no la merecen.

 

Ras Siglo XXI.

La gente a la que atribuimos grandeza se lo ha ganado por algunas de sus conductas o pensamientos, no por ser perfecta. Por lo tanto, no les defendamos cualidades inexistentes o innecesarias para hacerlas dignas de admiración.[2]

 

[1] Posible plagio

[2] Idea tomada de artículo de Juan Gabriel Vásquez. “Donde Mataron a Gandhi” diario El Tiempo, Bogotá, octubre 25/09, página 25, sección 1.

Servicio social

Advertencia a 31 de diciembre. Servicio social

 

En cuanto al fin del mundo, lamento defraudarlos, pero debo ser muy claro: el mundo se acabó, lo que pasa es que no hubo cataclismos, tsunamis, ni aerolitos, pero se acabó. La gente es poco observadora y conformista y no se ha dado cuanto de un detalle muy tenue, que consiste en que la oscuridad de la noche y la claridad del día ahora son distintas. Hay una diferencia de 0.0003 claritsus, unidad poco conocida, lo admito, pero que es concluyente.

 

La explicación es esta: el mundo viejo, el que tuvimos hasta el 21 de diciembre iba a explotar, pero la fuerza gravitacional de otro mundo, con la ayuda de un agujero negro, hizo que la explosión no se diera pero que la tierra, el planeta Tierra, se derritiera. Tal cual. El mundo se acabó por derretimiento inmediato aunque imperceptible, pero solo unos pocos lo notamos. Un nuevo planeta, que nunca se había percibido, porque, precisamente, estaba protegido visual y materialmente (no ejercía gravedad) por el agujero negro, que pasó a gran velocidad (4.000.000.000.000.000.000.000,3 años luz por segundo) a dos centimetros de lo que quedó del viejo mundo cuando se derritió y, por tanto, recogió, en una fracción inefable, todo lo que estaba pegado al viejo mundo y lo reajustó en su ahora sí perceptible gravedad. De ahí la tenue línea que hemos referido en cuanto a las diferencias de luz en el día y de oscuridad en la noche.

No debemos preocuparnos, porque, en términos generales todo va a seguir igual. Solo unos pequeños detalles. Por ejemplo, la fractura de San Andrés, que genera terremotos en la costa pacífica del planeta ahora es un poco menos agresiva. Se corrió 2 centímetros y, por lo tanto, se hizo blanda, y ya no genera movimientos diestros sino zurdos, lo cual, en términos geológicos, hará que dentro de 50.000 años haya una etapa de buena fertilidad y que la tierra deje de ser, en 600.000 años, una esfera para convertirse en un tubo mucho más dócil. En algunos de los años por venir lloverá más pero en otros lloverá menos. Cosas así.

 

Ahora, se recomienda no abandonar las precauciones, porque este nuevo mundo también se destruirá en unos 2.000.000 de años y todo indica que para ese momento no habrá un tercer mundo de rescate. En ese momento, el que no haya diseñado una cápsula fuerte para vagar por las galaxias con buena ropa y comida se morirá.

 

Correr en la selva (palabrería dizque feroz, babosada grandilocuente ¡qué miedo!)

 

Salir a correr es exactamente igual que hacerse a la mar y navegar. Ambas cosas son de una infinita inutilidad y, por tanto, capaces de encender una desbordada pasión existencial.

Se trata de una retirada de lo racional para bucear en las profundidades de nuestro mundo animal y en la sincera aventura de identificarnos con las bestias de las sabanas africanas. Como ellas, nos regimos por el instinto, el hambre o la furia; nada de elaboraciones perturbadoras como justicia o cambio ¡NADA!

Se corre por ahí como un chacal o como un búfalo asesino, para saciarnos de palpitación, para buscar una presa y destazarla a mansalva, para procurar el apareamiento después de derrotar sangrientamente a tres rivales de gríseas garras y colmillos de baba.

Lo único que nos atrae es la desolación de la palabra, la fiebre de la poesía, la hecatombe inmarcesible y torpe del atardecer, espejo de oscuros dioses que ya devoraron la placenta de quien los parió para hartarse de odio y aprender del gusto por el banquete de la traición y el trueno.

Volvemos con angustia y recelo a la manada para cuidar el egoísmo y enfrentar la muerte del poder absoluto dispuestos a mancillar a cualquier criatura que fastidie nuestro nauseabundo tedio estival lleno de moscas y parásitos. Como leones o cocodrilos en el barrial del Serengueti.

Cuando se corre se potencia la fuente física de la vida, a través de los golpes del corazón y se hace evidente que funciona y que de ello depende todo. Es un retumbar de catacumba, un fuego, un mazo de potencia, de gruta, de sima, un piélago circular que no lleva a ninguna parte, igual que una catedral gótica, que una catarata o un dinosaurio enorme. Como una roca infinita en la que nos reconocemos como explosión del universo. Como maldita sea el primer instante, como puta vida que te dio felicidad, como granuja despreciable sobre el asfalto.

El polvo del camino, como estela silenciosa del corredor del Kilimanjaro o del Cerro de la Virgen nos quiere envenenar, pero antes de matarnos ya lo esperamos como el diablo o como el ángel a la lucidez, esto es, con daga en la mano y escudo en el pecho y rayos inefables en los ojos del tiempo.

Se sale a correr solo por el gusto primario de no dejar sin venganza la línea de la carretera…

Pero, cuando regresas escuchas a tu hija, niña inocente, comentar a una amiga que su padre hace jogging en el parque, tranquilo y pacífico, todos los días.

Ag 6.

El Café

Bogotá, mayo
Primer informe de administración.
Divulgador: Ramiro Araújo Segovia
Atendiendo el claro mandato recibido de la Junta Directiva, a continuación informo y doy razón de las primeras medidas tomadas para cumplir el propósito de reingeniería de procedimientos relacionados con el necesario control, seguimiento y logística práctica, bajo estándares usualmente aceptados, que deben aplicarse al flujo de productos sensibles que se utilizan en esta oficina, atendiendo no solo al concepto de materias primas e insumos, sino también a la misión de responsabilidad social que forma parte esencial de la mística empresarial de esta organización, según aprobación ISO, debidamente autorizada y certificada por INCOTEC DE COLOMBIA S.A.
El Café.
1. Introducción.
El café, por sus connotaciones estimulantes y de aporte a la vigilia (la vigilia es materia prima o insumo de todo proceso intelectual ) debe ser un producto de reparto generoso en las oficinas de abogados y, por tanto, es indispensable diseñar un procedimiento que agilice, bajo garantía, el acceso de todos y cado uno de los directivos y funcionarios de la organización al consumo de tan preciada bebida.
2. Estado de la cuestión.
Después de una etapa de observación cuidadosa durante90 días y noches se pudo establecer que la empresa carece de un manual confiable y avalado, que garantice el consumo de café, especialmente en taza, pero sin que esto constituya un preconcepto ni obstáculo para la logística de la cadena intra oficina, desde el recibo del café ya molido y listo para preparar porciones líquidas personales, hasta su degustación satisfactoria por el personal permanente o transeúnte que lo solicita con avidez.
3. Metodología.
El manual confeccionado se basó en la siguiente metodología:
3.1. Definiciones
3.2. Antecedentes
3.2.1. Directos
3.2.2. Indirectos
3.2.2.1. Con ínfulas
3.2.2.2. Sin Ínfulas
3.2.3. Mediáticos
3.2.4. Modernos
3.2.4.1. Amanerados
3.2.4.2. Maricones
3.2.4.3. Otros
3.3. Investigación de campo
3.4. Campo de la investigación
3.5. Averiguamiento
3.6. Pesquisa
3.7. Indagación
3.8. Encuesta
3.8.1. Depuradas
3.8.2. En bruto
3.8.2.1. Sin metodología certificada
3.8.2.2. Con metodología certificada
3.9. Estado de la cuestión
3.10. Aseguramiento de las evidencias
3.10.1. Evaluación de las evidencias evaluadas
3.10.2. Estandarización de los resultados
3.10.3. Definición de criterios de prospección de la evidencia
3.10.4. Creación de la matriz ponderada
3.10.4.1. Macro ponderación
3.10.4.2. Micro ponderación
3.10.4.3. Matriz sin ponderación
3.10.4.3.1. Guiada
3.10.4.3.2. Caótica
3.10.4.3.2.1. Yuxtapuesta
3.10.4.3.2.2. Imbricada
3.10.4.3.2.3. Machimbriada
3.10.4.3.2.4. Desvergonzada
3.10.4.3.2.5. Ambivalente funcional
3.10.4.3.2.6. Ambivalente disfuncional
3.11. Prolegómenos para un ante proyecto de prólogo metodológico
3.12. Proyecto de prólogo metodológico
3.13. Prólogo metodológico
3.14. Metodología final
3.15. Evaluación de prueba
3.16. Evaluación final
3.17. El manual
4. Manual para el suministro de café al personal directivo, funcionarios, empleados, clientes, visitantes, y, en general, para quien desee consumir café en la empresa.
4.1. Terminología
Acompañamiento: cualquier alimento, droga o cosa que pueda consumirse por un humanos durante la ingesta de café.
Asuntos cafeteros: lo que conviene a la adecuada producción, mantenimiento de existencias, comercialización y degustación in situ del café.
Café: Una bebida tan negra como la tinta, útil contra numerosos males, en particular los de estómago. Sus consumidores lo toman por la mañana, con toda franqueza, de una vasija, jarra, o copa muy grande de porcelana que pasa de uno a otro y de la que cada cual escancia y toma una porción completa. Está formada por agua y el fruto de un arbusto llamado bunnu. (Léonard Rauwolf) En Colombia lo llamaremos tinto o tintico. Para extranjeros o en otros países lo llamaremos café. Hoy en día se toma en tazas individuales y no se utiliza para los males del estómago; por el contrario, se ha propagado la idea, sin base científica conocida, de que puede generarlos cuando se consume en exceso.
Complemento: componente o insumo que se agrega al café ya diluido en agua, bien sea por medio de cucharita o por infusión, con el propósito de endulzar, morigerar amargura si la hubiere o así se percibiere de manera real o subjetiva, blanquear, o saborizar hacia leche de vaca o artificial, en ambos casos líquida o en gránulos.
Cantidad: número de unidades comercializables de café ya preparado.
Entidad reconocida: la organización, con personería jurídica, constituida por los actores del café o delegada por éstos, encargada estatutaria o legalmente de velar por el cumplimiento de los asuntos cafeteros.
Función greca: personas naturales o jurídicas que laboran directa o indirectamente en la preparación del café, pero también en su servicio o reparto o en áreas laborales afines, concatenadas o integradas.
Inventario nacional: cantidad ponderada por período, de las existencias de café en grano ya sometido a torrefacción u otros procesos anteriores o posteriores que permitan la molienda y empacado, con independencia de la marca o comercializador.
Inventario local: cantidad ponderada por período, de las existencias de café ya molido y listo para mezclar con agua caliente que existe en la oficina, según certificación debidamente notarizada.
Oferente de café: la persona con sitio o cargo en la oficina, con capacidad formal o reglamentaria, sea por costumbre, tradición o norma, de ofrecer a propios o visitantes la ingesta de café.
Oficina general: casa, construcción o conjunto de pisos pertenecientes, administrados, o a disposición, de una empresa o persona, natural o jurídica. Cuando se haga mención a “oficina” y se generen dudas se entenderá que se hace referencia a ésta.
Oficina: lo que comúnmente se entiende por oficina en el lenguaje común. Por el contexto del reglamento se sabrá si se hace referencia a la oficina general o a la oficina de este inciso, pero para evitar confusiones siempre se utilizará la voz “oficina” y cualquier aclaración que fuere necesaria se hará según el criterio señalado en el inciso precedente.
Oficinista: persona natural que tiene a su disposición una oficina, habitáculo o espacio dentro de la oficina. Hay oficinistas grado “a”, “b” y “c”. Cada metro cuadrado de oficina otorga un punto. Los 2 oficinistas con más puntos son oficinas grado “a”, los 2 siguientes son grado “b” y los otros 2 son grado c”. Los demás oficinistas en principio no tendrán grado. Sin embargo, los puntos son libremente negociables, pero su negociación no tendrá validez sino a partir de la publicación de la inscripción del negocio en el libro que se llevará para el efecto por la secretaria elegida por el grupo secretarial de las secretarias de los oficinistas con grado.
Período: unidad de tiempo, generalmente un mes, durante la cual se calculan las existencias ponderadas de café disponible para comercialización o reparto.
Persona: persona natural. No incluye las denominadas personas jurídicas, con independencia de su carácter societario o no, ni los colectivos de abogados, las ONGs, las fundaciones, ni entidad alguna, civil o eclesiástica, a nombre de la cual se solicite un tinto o café. Si así se hiciere, se entenderá que el café está destinado a quien solicita el café a nombre de la persona jurídica y, por tanto, no se hará trámite alguno para establecer la existencia legal del ente jurídico. Él peticionario persona natural será considerado beneficiario y sujeto único del pedido, con todas sus consecuencias finales o de trámite, sin perjuicio de que frente a solicitudes plurales se entienda y ejecute la orden de allegar el café a las personas naturales que acompañen físicamente al solicitante, sin que se pueda pretender o considerar que el café será degustado por la persona o personas jurídicas a quien dicho acompañante pudiera representar de hecho o por razones jurídicas.
Propio: persona que labora en la oficina, con o sin título profesional, sin importar su jerarquía o pretensión salarial, con tal de que tenga, en forma permanente u ocasional, situ dentro de la oficina, pero que no sea visitante.
Situ: lugar o sitio donde se degusta el café
Solicitante: quien pide o acepta un café, con independencia de su rango, condición social, profesión u oficio, o de lo que haya determinado su presencia en la oficina.
Solicitud: acción de pedir café, la cual debe ser escrita, pero sin que necesaria u obligatoriamente deba incorporarse a un medio electrónico, hasta tanto se implemente un sistema informático adecuado y debidamente aprobado por un comité interdisciplinario que será reglamentado por la junta directiva . Incluye el ofrecimiento y la recepción tanto de visitantes como de propios.
Soporte: documento en el que consta cualquiera de las etapas del proceso surtido desde la solicitud (incluyéndola) y el consumo del café.
Verificación de inventarios: acción realizada por la entidad reconocida, por efecto de la cual se determina la cantidad de café disponible para un período
Visitante: persona natural que visita la oficina y que no tenga la calidad de propio, pero que se hace a un sito para degustar café.
4.2. La solicitud.
4.2.1. En general
La solicitud, en general, se enmarca dentro de los claros objetivos de suministrar de manera ágil y eficaz la degustación de un café, pero sin olvidar la preservación de pautas claras enmarcadas en la política de mantener siempre un seguimiento sobre el producto en cada una de sus etapas. Por lo tanto, se ajustará a las siguientes etapas generales: verificación de inventario, aseguramiento de la calidad, protección del consumidor, idoneidad de los intermediarios, control de complementos y planificación de acompañamientos.
4.2.2. Para visitantes
4.2.2.1. Ofrecimiento. Todo oferente, habitual u ocasional, deberá contar, previo al ofrecimiento, con certificación general o especial, que acredite inventario local y nacional
El oferente de un café, para efectos de garantizar el servicio y la obtención de la bebida, deberá tener al día la libreta general de certificación de inventarios que garantice el cumplimiento del trámite.
El personal autorizado, al recibir el requerimiento, verificará por vía de conmutación interna, telefónica o presencial, la clave previamente asignada que será prueba irrefutable de la autorización de generar ofrecimiento de café.
El personal autorizado cotejará cada hora, desde las 8am hasta las 6pm y según el movimiento de inventario acumulado de todos los oferentes, la afectación potencial del consumo frente al inventario nacional y tomará las medidas que considere oportunas, a efectos de, máximo en la primera hora del día siguiente, actualizar la base de datos del inventario nacional.
El personal autorizado inmediatamente realizado el cotejo de la autorización del oferente para su ofrecimiento, acudirá al personal de gerencia y control y pedirá la constatación numérica sobre la ficha designada para el efecto, en la cual se estampará por sello o firma, la autorización de validez o auditoría, confrontando la base de datos de los oferentes inscritos y sus cupos acumulados según las solicitudes acumuladas en los 5 días previos a cada solicitud.
Surtido el trámite supra anunciado, la orden de pedido será tramitada sin demora ante el personal de greca y recursos de complemento y acompañamiento, el cual se limitará a verificar única y exclusivamente los siguientes aspectos:
Que el inventario local ponderado esté dentro de los márgenes razonables previamente certificados y cotejados con el inventario nacional, de lo cual levantará recibo manual que enganchará en dispositivo diseñado para el efecto, del cual hará recolección el personal de auditoría cada 2 horas, para efecto de los trámites estadísticos indispensables para la planeación diaria.
Que el personal operativo esté disponible dentro de los 5 minutos siguientes al recibo de la requisición.
Que la temperatura y condiciones de color, sabor y granulación residual sean las adecuadas y levantará acta sumaria y manual asignando el número consecutivo que corresponda a cada pedido y lo enganchará a adminículo cercano al dispuesto para los recibos manuales de cotejo de inventario.
4.2.2.2. La recepción del café. De acuerdo con la organización interna y autónoma del anexo A-32 prv/nal 0007654 de la Cuarta Reunión de Trámites y Etiqueta en la Recepción del Café –ADLCRTERC- (pronunciado con el sonido del español “alter” en todos los idiomas) aprobada como anexo 17.987 por la quincuagésima segunda reunión especial de cafeteros antes de la desaparición del Pacto Mundial del Café, pero que ha sido declarada como norma consuetudinaria pare efectos protocolarios, y, así, elevada a la categoría de guía general de conveniencia, la recepción del café es libre y no se reglamenta.
Sin embargo, con base en la interpretación austera del artículo 38 realizada por ADLCRTERC, se recomienda, sin perjuicios que se puedan tomar, sin carácter sancionatorio sino correccional, las medidas adecuadas para el perfeccionamiento de la etiqueta del café –PEC-
Al recibir un café la persona deberá:
a) Abstenerse de estirar la extremidad con la que normalmente recibe objetos entregados por humanos y permanecer inmóvil de cuerpo pero haciendo un rictus forzado de sonrisa, al tiempo que murmura “gracias señora o señorita” o simplemente “muchas gracias”; además, casi que dirigirá la mirada a quien le suministre el café y, si ha lugar, el acompañamiento, pero sin llegar a concretar un intercambio de miradas.
4.2.3. De propios
4.2.3.1. Ofrecimiento. Para efectos de este trámite, a propios se aplicarán las ya señaladas normas aplicables a visitantes, pero, con el propósito de prestar un servicio ágil y sintético, de eficacia estadística, se tendrán en cuenta las siguientes exigencias de carácter obligatorio:
Cada propio deberá, dentro de los 5 primeros días hábiles de cada mes enviar por medios electrónicos, según reglamentación de carácter general que expida el comité interdisciplinario, en la cual se determinará su conformación y facultades, pero que mientras dicho comité se auto establece estará constituido por oficinistas grado “a” y 2 representantes de la función greca.
Con la información recibida de los propios, la función greca levantará una matriz de la cual se extraerá diariamente un máximo y un mínimo, dentro de los cuales se permitirán fluctuaciones de oferta y aceptación de café, las cuales pueden ser automáticas. Los propios que excedan los máximos podrán negociar con los que no alcancen los mínimos, pero, si el resultado final por 2 días seguidos sobrepasa los máximos o no llega a los mínimos, función greca convocará a reunión matinal para el siguiente día en que estén presentes los miembros del comité a efectos de tomar los correctivos que la situación aconseje.
4.2.3.2. La recepción del café. Se seguirán las reglas para visitantes, sin perjuicio de la tolerancia en actitudes que no violen lo esencial, ni generen desorden en la recolección de parámetros estadísticos.
4.3. Capacitación. Función greca, con la colaboración de 2 representantes de oficinistas con grado, organizará cursos de capacitación en aspectos tales como:
4.3.1. Botánica del café
4.3.2. Descubrimiento del café como bebida
4.3.3. Geopolítica del café
4.3.4. Principales clases de café
4.3.4.1. Arábigo
4.3.4.2. Del Quindío
4.3.4.3. Del Viejo Caldas
4.3.4.4. Del Valle del Cauca
4.3.4.5. Del Brasil
4.3.4.6. Vietnamita
4.3.4.7. Mezclado
4.3.5. La cata del café
4.3.5.1. La cata propiamente dicha
4.3.5.2. El olfateo del café
4.3.5.3. La degustación integral
4.3.5.4. La degustación parcial
4.3.6. Ocasiones para café
4.3.6.1. El café formal
4.3.6.1.1. En la política
4.3.6.1.2. En la diplomacia
4.3.6.1.3. En reuniones de oficina
4.3.6.1.3.1. Actitudes frente al café
4.3.6.1.3.1.1. Actitud de mundo
4.3.6.1.3.1.2. Actitud indiferente
4.3.6.1.3.1.3. Actitud equilibrada
4.3.6.2. En el deporte
4.3.6.3. Con extraños
4.3.6.3.1. Recién conocidos
4.3.6.3.2. Conocidos de confianza
4.3.6.3.3. Conocidos de circunstancia
4.3.6.4. En restaurantes llamados cafeterías
4.3.6.5. En puestos callejeros
4.3.6.6. En dispensadores automáticos
4.3.6.7. En o de dispensadores humanos
4.3.6.7.1. Con cilindro formal
4.3.6.7.2. Con simple termo
4.3.6.7.2.1. El termo de centro de ciudad
4.3.6.7.2.2. El termo popular
4.3.6.7.2.2.1. De obrero
4.3.6.7.2.2.2. De mecánico
4.3.6.7.2.2.3. De oficinista
4.3.6.7.2.2.4. De malandro
4.3.6.7.2.2.5. De carretera
4.3.6.7.2.2.6. De playa
4.3.6.7.3. Otros
4.3.6.8. En panaderías
4.3.6.8.1. Con periódico
4.3.6.8.2. Sin periódico
4.3.6.8.3. Con libro
4.3.6.8.4. Otros
4.3.6.9. En tienda
4.3.6.10. En velorios
4.3.6.11. En sala de espera
4.3.6.12. En restaurantes
4.3.6.12.1. El café como tal en horas distintas al almuerzo o la comida
4.3.6.12.2. El café después de las comidas
4.3.6.12.3. Con cigarrillo
4.3.6.12.4. Sin cigarrillo
4.3.6.12.5. En cualquiera de lo dos casos anteriores
4.3.6.12.5.1. Expreso
4.3.6.12.5.2. Americano
4.3.6.12.5.3. Capuchino
4.3.6.12.5.4. Otros
4.3.7. Conversaciones con café
4.3.7.1. Para conocerse
4.3.7.2. Para pasar el rato
4.3.7.3. Para esperar juntos
4.3.7.4. Con interés mutuo
4.3.7.5. Sin ningún interés
4.3.7.5.1. Amablemente
4.3.7.5.2. Con disgusto
4.3.7.5.3. Con odio
4.3.7.5.4. Con desidia
4.3.7.5.5. Otros
4.3.7.6. Para enamorar
4.3.7.7. Para terminar relaciones
4.3.8. En visitas por compromiso
4.3.8.1. Para pedir favores
4.3.8.2. Para cumplir un encargo
4.3.8.3. Para hacer favores
4.3.8.4. Para entregar un trabajo
4.3.8.5. Para negocios
4.3.8.6. Con la nobleza
4.3.8.7. Con la plebe
4.3.9. El café en solitario
4.3.9.1. Por muy temprano
4.3.9.1.1. Con lectura
4.3.9.1.2. Sin lectura
4.3.9.1.2.1. Con blackberry u otro adminículo de esa laya
4.3.9.1.2.2. Sin adminículo alguno
4.3.9.2. Por descanso
4.3.9.2.1. Con lectura
4.3.9.3. El café al levantarse
4.3.9.3.1. Con sueño
4.3.9.3.2. Sin sueño
4.3.9.3.2.1. Por costumbre
4.3.9.3.2.2. Otros
4.3.9.4. El café en la casa, en horas diferentes de al levantarse
4.3.9.4.1. Con lectura
4.3.9.4.2. Con música
4.3.9.4.3. Las dos anteriores
4.3.9.4.4. El café de meditación
4.3.9.5. El café en vacaciones
4.3.9.5.1. El café de piscina
4.3.9.5.2. El café de contemplación
4.3.9.5.3. Otros
4.3.9.5.3.1. En la playa
4.3.9.5.3.2. En el museo
4.3.9.5.3.3. Otros
4.4. Cartilla e instrucciones. Función greca y propios sin grado redactarán una cartilla operativa para la divulgación y mejor entendimiento de este informe, la cual será revisada y aprobada por los propios con grado y función greca o devuelta para correcciones, o rechazada. En este evento se contratará un asesor externo con el acompañamiento de la Federación Nacional de Cafeteros, el Fondo Nacional del Café y la empresa que se encarga de los establecimientos Juan Valdez.
4.5. Encuestas periódicas. Con el objeto de contar permanentemente con criterios de prevención, corrección y mejoramiento, función greca y propios, a través de 2 representantes de unos y otros, contratarán u organizarán con su personal, encuestas sobre todos los aspectos que consideren relevantes y publicarán gráficas y números útiles.
4.6. Asamblea general. Todos los actores mencionados en este informe serán convocados una vez cada año a una asamblea general, presidida por un presidente general elegido por propios y función greca, para debatir sobre las políticas que deban regir el siguiente período. Para el efecto, con la información recogida por función greca, se convocará mediante carta especial a todos los que hayan degustado un café en la oficina. Para propiciar, que no estimular, la asistencia, se anunciará y así se hará, la rifa de una carga de café pergamino entre los asistentes.

Atentamente

La administración.

El Mundo de las Pequeñas e Inútiles Aventuras

El mundo de las pequeñas e inútiles aventuras.

 

Ramiro Araújo Segovia.

 

El sábado 29 de noviembre salimos a buscar el mar en Cartagena, para, desde allí, hacer la siguiente navegación en kayak: Cartagena, desde la playa detrás del Hospital Bocagrande, tomando hacia el costado noroeste de la Isla de Tierrabomba, hasta Playa Blanca en la Isla de Barú (22 k.); de Playa Blanca hasta las Islas del Rosario (22 k); de las Islas hasta más o menos el kilómetro 17 desde la punta de Barú hacia Santa Ana, en el cual funciona el hotel Baruchica (a unos dos kilómetros por tierra de Playa Blanca)(24 K); y desde este punto a Cartagena, entrando al Canal del Dique por el Caño Lequerica y atravesando la Bahía desde Pasacaballos hasta el mismo lugar de salida (26 K). (Medidas aproximadas siguiendo el recorrido de la travesía. En línea recta de Cartagena a las Islas del Rosario hay 30 kilómetros)

 

De Bogotá a Cartagena:

En la carretera, durante las muchas horas de los 1.150 kilómetros hasta Cartagena, me acordé de un viaje anterior en el que también llevé el kayak, pero en la camioneta Montero Mitsubishi verde, pariente por una línea que no viene al caso, de la Honda CVR actual.

En aquella ocasión viajé con el hermano de Alejo y su esposa. En otro vehículo la familia de Alejo y éste. Salimos demasiado temprano, a las 4am, y la noche previa prácticamente no dormí. No había en ese momento indicio alguno de que mi falta de sueño hubiera afectado al vehículo, pero así fue, tal como se demostró claramente en el taller con la ayuda del computador. A la altura de Puerto Serviez, después de unas 6 horas de camino, el carro hizo un ruido de traqueteo del motor, empezó a salir humo y hasta ahí llegó. Se fundió.

En esas situaciones se abre el capó, pero, dados los nulos conocimientos de mecánica, se trata más de dar la noticia de la varada que otra cosa. Se hace una primera junta con los del otro carro y con mi tripulación, mano a la barbilla, algunas ideas iniciales. Aparece un vendedor de paletas y, por supuesto, algo opina, pero no logra encajarnos sus helados; todavía la preocupación era superior al calor. Le preguntamos si sabe de un taller y nos dice que sí, que hay una bomba de gasolina muy cerca, que irá a avisarles.

Al rato llegan dos mecánicos con la indumentaria típica y una caja de herramientas, uno es el ex paletero. Se asoman, hacen experimentos echando agua al radiador y van afirmando cosas, que, yo diría, corresponden a la sabiduría mecánica colombiana, siempre dispuesta a ayudar, siempre auto capacitada y anecdótica, porque claro, “a un primo le pasó lo mismo hace unos días y lo sacamos del problema”. Proponen bajar algunas piezas, llevarlas a arreglar y en unas horas estaríamos listos. Algo nos dice que esto no es recomendable.

Como estamos en tiempos de celular me comunico con mi concuñado en Bogotá, y, sabio él, me sugiere llamar al seguro de la tarjeta de crédito. Lo hago y quedan en darnos razón en una hora o cosa así, para informarnos de la grúa y el taxi que nos recogerá para llevarnos a un taller en las cercanías, quizá a Barrancabermeja.

Ya van siendo las tres de la tarde. Calor, pero tenemos bebidas y hasta un sánduche. Es decir, la cuestión es simplemente una reunión familiar a la orilla de la carretera y, además, hay un par de asientos plegables. Llamadas van, llamadas vienen y, como somos, podría decirse, ejecutivos, gente con iniciativa y capacidad de análisis, pues nos declaramos en junta directiva permanente. Es una lástima, no dudo en considerarlo así cada vez que me acuerdo de este suceso ¡no haber tenido un papelógrafo con su correspondiente estandarte! Para ir anotando opciones, ventajas, desventajas, riesgos, costos y, por supuesto, haber diseñado una matriz y delineado una curva proactiva. Pero la educación es la educación y de todos modos el asunto se fue depurando a medida que entraba la tarde. Ahora, vale anotar que algo intentamos, es decir, pasamos la cerca de alambre de púas y con un machete cortamos unas ramas y construimos el equivalente de la armazón para el papelógrafo, pero, cuando llegamos a la parte de los listones que irían arriba y que deberían ajustarse para sostener el papel, el asunto se convirtió en una pesadilla, pues no había diseño ni habilidades. Además, no había papel. Alguien que había vivido en Estados Unidos sugirió que quizá en la población más cercana nos podrían alquilar un “Video beam”, que conectado al computador del hijo de Alejo, nos permitiría proyectar tomando como telón el lado de alguno de los vehículos. Pero bueno, las circunstancias son las circunstancias y en lo de curar con dioxogen la herida del que pasó la cerca de púas y la discusión subsiguiente sobre simplificar las cosas aun sin “Power Point” el tema se fue diluyendo.

Descartamos llevar el carro a Barrancabermeja y, aunque fuera necesario pagar un servicio no contemplado en la asistencia básica del seguro, la decisión fue que la grúa y el taxi nos llevarían a Cartagena, en donde mi hermano ya había ubicado un magnífico taller, el de Sarmiento, en el cual reparaban sus automóviles los ejecutivos de la empresa. El taller nos abriría las puertas a cualquier hora que llegáramos.

La compañía de seguros comenzó a reportarnos por teléfono que la grúa y el taxi habían salido de Puerto Boyacá, que ya estaban llegando…y llegaron. A eso de las 5:45pm encaramaron la camioneta en la grúa, fuimos a la bomba de gasolina, tanqueamos, baño, comimos alguna cosa y salimos. Debe anotase que el conjunto grúa, camioneta y kayak se veía magnífico. En cambio los del taxi pasábamos desapercibidos.

Como tenía que ser, llegó la noche y aunque les sugerimos a los del taxi y la grúa que la pasáramos en un hotel y continuáramos al día siguiente, la respuesta fue tajante en el sentido de que ellos debían cumplir la misión sin descansar, para lo cual estaban perfectamente entrenados. ¡Oh noche sublime y colombiana! En dos ocasiones, ya al amanecer, el conductor del taxi estuvo a punto de irse a una cuneta pero logramos moverle el timón y despertarlo. Un tinto aquí, otro más allá, una bebida en un pueblo, etc. Estos tipos resultaron conocidos de “El Mostro”, quien con su compañero nos había llevado alguna vez en lancha a un grupo de Puerto Boyacá a Cartagena.

Llegamos a los 10am del día siguiente a la casa de playa del amigo Alejo, a 40 kilómetros de Cartagena. Los del taxi y la grúa estiraron las piernas y el de la grúa fue directo a conocer el mar (¡!). Mucha gente de los pueblos del interior no lo conoce aunque vivan a la orilla del gran rio y se ganen la vida como navegantes. Bajamos el kayak y quedaron en dejar la camioneta en el taller indicado, al cual yo iría el lunes para establecer las reparaciones a realizarse.

Todo bien. En la tarde Alejandro me llevó a mi sitio en Cartagena y me encontré con la familia que había viajado en avión. La reparación tomó una semana más de lo acordado, pero las vacaciones fueron efectivas. Sin embargo, al regreso a Bogotá me volví a varar llegando a San Alberto, pero por otra cosa. Un lugareño me remolcó hasta un taller y al cabo de un par de horas continué mi camino. Así es la vida en estos viajes al o desde el mar.

Pero bueno, en esta segunda ocasión todo marchó a la perfección. Primero, no se madrugó con tanto énfasis. Realmente no tiene sentido dormir poco cuando se va a viajar por tierra: a las 7am es suficiente. Se desayuna en el restaurante Juanito, después de Villeta, al inicio del ascenso al Alto del Trigo y más adelante se almuerza… o no se almuerza y se llega aun de día a Aguachica. Al día siguiente se llega también con luz natural a Cartagena.

En Puerto Salgar un soldado de la patria nos ordena detener el carro, pero no es para solicitar papeles o hacer requisa, sino para contarnos que “estas niñas están vendiendo un bono que jugará con la lotería de Cundinamarca, todos los meses durante todo el próximo año y solo vale cuarenta mil pesos. Los ingresos se destinarán a los soldados heridos en combate” Bueno, entre ejército y heridos, ¡quien se va a negar!

Pero al regreso nos volverían a parar para lo mismo y cuando explicamos que ya habíamos comprado el bono nos dicen que este es distinto y que, de todos modos, no es obligatorio; pero lo espetó con cierto tono. No se compró el tal bono, pero el asunto fue levemente tenso. La pregunta es si una persona investida de autoridad, y armada, puede sugerir, o si la sugerencia es el trámite para que se obedezca sin ejercicio de la fuerza física.

Hay cosas importantes en la cultura. Por ejemplo, en alguno de los pueblos de La Costa se acercan al carro dos muchachos y uno de ellos nos dice algo sobre los kayaks que van sobre el techo y el otro con gran repentismo interviene y dice clara y sonoramente, a manera de respuesta: “¿oye y tú por qué mejó no le pides a este man la mondá y se la mamas?” y entonces un tercero que alcanzó a escuchar interviene: “¡No joda y este man la debe tener grandísima ah!”. A lo que finalmente uno de los otros grita con agudeza ya retirándose pero pendiente con la mirada, como reclamando una celebración o su astuta ocurrencia: “¿pero funciona”? Opto por acelerar ¡No jodaa!

Navegación.

Etapa uno

Llevamos los kayaks a la playa escogida. Allí nos esperaba el equipo de apoyo. Es muy temprano aunque ya amaneció. El cielo es propicio para el deporte y la aventura, es decir, no demasiado abierto. Hay humedad y algo de bruma en el ambiente. Como estamos en la bahía, próximos sí a la salida a mar abierto, pero todavía bien resguardados del oleaje mayor, la superficie casi no oscila y apenas si en el beso final se hace una pequeñísima rompiente. De centímetros.

Nos metemos en la bañera, ajustamos el faldón, tomamos el remo, lo apoyamos un poco en la arena y con dos movimientos de cadera entramos al mar. Un par de paladas, bajamos el timón, una mirada alrededor, más a la manera de un tic como el de los bateadores de grandes ligas, que desajustan y ajustan sus guantes una o dos veces antes de acomodarse para conectar un balazo a más de cien kilómetros por hora.

Se hunde el remo una vez, dos, tres…estamos navegando hacia la punta nor- occidental de la Isla de Tierrabomba, donde está asentada la pequeña población del mismo nombre. En el extremo sur occidental está el pueblo de Bocachica, nuestra primera referencia una vez estemos costeando ya en mar abierto.

Son tres kilómetros de Castillo Grande a la isla. Poco a poco lo proyectado se va haciendo realidad de una forma totalmente des-solemnizada. Siempre pasa de esta forma. Uno dice: “le voy a dar la vuelta al mundo” a remo, o a vela, o a pie, y cuando das el primer paso es idéntico al paso que das para ir de la cama al baño y, por lo tanto, uno se pregunta: “¿ya le estoy dando la vuelta al mundo? ¡Increíble! Porque estoy en el mismo sitio al que llego cuando echo “una nadadita”, o cuando me acomodo en un neumático para tomar el sol flotando en un día de vacaciones con los niños.”

Continúo avanzando y ahora estoy más alejado, ya no dentro de los parámetros de un turista tomando el sol, pero solo algo más. Es como salir de viaje hacia el Lejano Oriente, 20 horas de vuelo en avión, atravesando un océano, embarcarse, dejar el aeropuerto, y darse cuenta de que ya estás volando hacia la China, pero todavía sobre el patio de tu casa.

La etapa siguiente es sentirse lejísimos de la playa de partida pero sin distinguir aún con claridad las casas de Tierrabomba. Percibes que ya estás dentro del silencio del viaje y que estás solo. Como el escalador cuando ha superado los 30 metros y todo empieza a depender de él, del entrenamiento, de las habilidades desarrolladas a base de repeticiones y de aquellas que se practicaron “por si acaso”; solo que ahora las posibilidades son reales, aunque mejor no pensar en ello. Estás entrenado para que esas cosas no sucedan ¿te has puesto a pensar que los cientos de ejercicios de salvamento que se pueden haber hecho en un trasatlántico solo se pondrán a prueba una vez en la vida (o en la muerte) y que las circunstancias nunca serán idénticas a las asumidas en el entrenamiento?

Poco a poco el océano respira bajo la embarcación y luego cambia para dar paso a unas olas relativamente empinadas, suaves, más rápidas que las pequeñitas de nuestra Represa del Tominé. Nos levantan e impulsan hacia adelante. Debemos ser cuidadosos para que la proa no se vaya a clavar contra el agua.

Peces pequeñitos saltan, de seguro huyendo de su depredador, algunos, porque no faltará los que lo hacen por seguir al grupo, por diversión, o para rascarse. Por los lados Bocachica hemos visto delfines en otras ocasiones. Pero todavía falta trecho. El pensamiento de quien rema o trota no es lineal.

Murakami dice que los pensamientos o ideas que penetran en el espíritu mientras se corre (que es igual con el remo, digo yo) son meros accesorios del vacío. “No son contenidos, son pensamientos generados en torno al eje de la vacuidad.”

“Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a las nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son sólo meras invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y solo queda el cielo. El cielo es algo que, al tiempo que existe, no existe. Algo material y, a la vez, inmaterial. Y a nosotros no nos queda sino aceptar la existencia de ese inmenso recipiente tal cual es e intentar ir asimilándola.”

Esto es perfecto para la navegación a remo. De hecho a veces trato de contar paladas pero me es muy difícil llegar a cien sin que antes no se me haya atravesado algo, nimio, o importante, plácido o no tanto. Son las nubes que pasan.

El acto de navegar es la meditación, es el yo que va despertando de cuando en cuando. Es como si el movimiento se hiciera quietud, pero con la diferencia de que hay, al menos, una línea en el horizonte. En la quietud total no existe la línea del horizonte como referencia. ¿Es por eso tan difícil? Creo que en esto radica el atractivo del cine, de las películas. No tienes que lidiar con las nubes, no hay pensamientos, solamente te ocupas de recibir el relato.

La hilandería, el tejido, esas cosas, están emparentadas con la navegación. Primero, porque Hermes dios griego del comercio, le dijo a Poseidón, dios del mar, que Komé rey kukrometerfo de los tejidos, era hijo de Pane, madre total de la tersura y el movimiento. Todos saben de la tersura del plano acuático y del movimiento de las telas. Segundo, porque la puntada y la palada del remador son lo mismo. No son equivalentes sino expresiones de la misma deidad. Físicamente solo es cuestión de cambiar dedos por brazos y, en cuanto a la esencia, sobra toda demostración. Baste resaltar que nadie se atreve a definir una tela como una sucesión de vacíos unidos por golpes de nudo y tampoco se puede afirmar que el viaje en kayak es la unión de impulsos que atan detenciones potenciales.

En la pirámide de Chichen Itzá, en México, pude alguna vez percibir un fenómeno único que me parece también bastante relacionado con lo de remar. Resulta que en el costado sur de la pirámide el eco de un aplauso, y no de otro tipo de ruido, no consiste en otro aplauso, sino que es el graznido de un pato. Es decir, es como si uno gritara “¡hola!” y el eco respondiera no ¡”hola”!, sino “¿cómo estás tú?”. La explicación es que el ruido del aplauso emitido no se estrella contra una pared lisa, sino contra escalones, cada uno de los cuales está un poco más atrás del otro y, por lo tanto, la respuesta es dada por cada uno de ellos en un momento diferente creándose un pequeñísimo silencio entre una y otra respuesta; como el oído humano no alcanza a captar el silencio entre cada una de las respuestas lo que nos llega al cerebro es algo así como el graznido de un pato y no un aplauso. ¿Por qué no hay eco en los otros costados de la pirámide? Configuraciones acústicas. Alguna relación con el asunto tiene la forma del templo superior de la pirámide en cada uno de los lados. ¿Sabía usted que el graznido de un pato no produce eco? Yo tampoco.

Y también forma parte de la experiencia de navegar a remo, el hecho de que un relato que podría ser ameno, entretenido, se convierta en esta suerte de disquisición filosófica, cuasi erudita, propia de quisquillosos, insolventes y engreídos “juristas” que, claro, con tal de discutir, no pueden aceptar como todo el mundo que el agua es el agua, sino que dale con su importancia y que si moja o no y patatín y patatán.

Aunque se navegue viendo la costa, ésta no es la misma que cuando estás parado sobre ella. Porque ahora está lejos, es solo algo que se desplaza despacio, imperceptiblemente, no es tierra firme, es algo que pertenece al mar en el que subes y bajas. Es “la costa”, no tierra firme. Ésta es distinta y contiene caminos, árboles, fauna, minas, tesoros, ciudades, pobladores. Quienes verdaderamente comprendieron esto, nos cuenta Ospina en “Ursúa”, fueron los conquistadores. Para ellos, mientras navegaban, cuando estaban llegando después de cientos de días en la soledad del mar, la costa era la referencia, la salvación, el fin de la etapa. Pero, por otra parte, en cuanto tierra firme, era apenas el inicio de una nueva vida en un entorno que cada vez los alejaría más del mar por donde habían llegado. Esos viajeros tenía posibilidades físicas de volver, pero todos sabían que era un viaje sin retorno. Como la gente que desde ya se está reclutando para irse a la estación espacial de Marte, de la que no podrán regresar jamás; quizá alguno, pero el destino escogido es el del no retorno.

Nosotros no pertenecemos a esa categoría, somos simples mortales, necios deportistas, liliputienses de la aventura. Sin embargo, he aquí que más o menos logramos comprender. La Isla de Tierrabomba nos ofrece unas tres o cuatro puntas de referencia y a la hora y cuarenta y cinco minutos de navegación estamos cruzando el canal de acceso de los grandes barcos a la Bahía de Cartagena.

Desde aquí, desde Bocachica, una opción es ir muy cerca de la costa hasta que el mar se hace cristalino y enfilarnos hasta una pequeña ensenada y descansar a la entrada de la misma en una playa mínima, para luego bordear unos tres kilómetros hasta Punta Gigante, voltear y entrar a la Bahía y cruzar hacia Playa Blanca. En esta ocasión navegamos directo a Punta Gigante, paso de Moja Culo, lo cual nos ahorró mucho tiempo y descansamos al dar la vuelta, muy cerca del hotel Decamerón, para luego irnos hacia la entrada a Puerto Naíto, pero sin entrar, y buscar una cabaña un poco alejada del centro del turismo de Playa Blanca.

Cuando se completan las 4 horas de remo no hay demasiado ánimo para exploraciones, así que atendemos la primera recomendación y somos recibidos por un gringo casado con colombiana, sus hijos y sus perros. Bueno, casado solo con la colombiana, los hijos son los hijos y los perros…ladran, claro. Tienen un lugarcillo agradable, rústico, casi primitivo. Exquisito para un descanso.

Pero ha de tenerse en cuenta que por poético que algo se perciba, no es lo mismo percibirlo que vivirlo. Un cambuche tiene su olor, sus suciedades, su escalera que maltrata los pies, poca luz, arena, humedad, poco espacio, mosquitos y ruido del maldito televisor del hijo del gringo que mirará programas hasta el amanecer. En fin, igual que la poesía misma, la cual no deja de ser poesía por toda la transpiración dejada en ella por quien la hizo. O dígame alguno si La Patria, tan cantada, tan enseñada a los niños, tan amada, tan jolgorosa en las justas deportivas ¡tan orgullosos que nos sentimos de ella! no está compuesta de un manojo de mentiras estiradas sobre unos sucesos violentos, poco claros, manoseados por los políticos y los generales, adosada de mocos y caca, de traiciones y esperpentos. Pero ¡oh gloria inmarcesible! Todo cabe en la bandera y lleva el sello del escudo y flamea con el aliento sublime desde el pecho de sus hijos, como si fuera un bello y fresco siroco o los dulces alicios, jugos tropicales para el comercio o diversión de los lectores de arrebol. ¡Basta! Punto. Por ahora.

Así que nos instalamos, lo cual consiste en subir al cambuche la bolsa con las pertenencias mínimas, enterarnos del baño (un inodoro y un lavamanos rodeado de unas tablas amarillentas de m y algo de techo) y sentarnos luego bajo un parador de palma en unas tumbonas a contemplar…

Cuando está listo el pargo se come pargo y después se sigue contemplando. Uno o dos rones. Para seguir contemplando. Una excursión hasta la entrada de la ensenada Puerto Naito, descalzos, para torturarnos y pasando por una porción de playa sobre la que el hotel Decamerón ejerce una intimidación blanda. Como todas las playas en Colombia son de uso público, a algunos hoteles se les tolera que ejerzan una especie de ocupación permanente, con guardias, sillas, etc., lo cual en la práctica hace que quien no sea huésped del hotel se siente realmente incómodo si las utiliza. ¿Y qué? No, nada, se trata de comentarios de un kayakista jurídico. Porque así como la tela está hecha de puntadas, y el viaje de paladas, la ley está hecha de frases y, por lo tanto, el idioma y el viaje a remo también son la misma cosa. ¿Increíble, no?

A las 5pm, en algún restaurante del lugar hay Happy Hour; más que restaurante es un bar rústico sobre la playa, con unas 5 mesas sobre la arena, algunas con su paraguas de palma. Terminado el Happy Hour pasamos al restaurante “La Española”, cuya propietaria es “la española”, claro. Se casó con colombiano y ahora ayuda a la crianza de los nietos. Tiene unas cabañitas que parecen mejores que las que escogimos, pero nada como para hacer un cambio. Espagueti con atún. ¡Perfecto! Y a dormir, porque la jornada de mañana es algo más larga. Avanzaremos hasta la punta de Barú y de allí cruzaremos a las Islas del Rosario previo un reconocimiento de la ensenada de Cholón y de un hotelito llamado Sport Barú.

 

Etapa dos.

Ni Tierrabomba, ni Barú, ni las Islas del Rosario, alcanzan a aparecer en un mapa de América del Sur y apenas si aparecen en un mapa de Colombia de 80 x 80 centímetros. Por lo tanto, nuestra aventura es bastante reducida en cuanto al ámbito geográfico. De todos modos somos pocos los que la hacemos en kayak o en mínimas embarcaciones de vela. Nadie nadando.

En el hotel de Cholón nos reciben, nos dan café tinto, y nos muestran el lugar. Bueno, puede ser una opción para pasar la noche en un próximo paseo. De ahí rumbo oeste directo a Isla Grande. Este tramo es más o menos peliagudo porque implica una travesía sin costa a los lados y puede haber oleaje cruzado. Pero en esta ocasión el asunto es moderado. Al llegar a Isla Grande primero nos asomamos al hotel Cocoliso y luego pasamos por el extremo oeste, por Caño Ratón, e ingresamos a la Bahía de las Mantas, una ensenada de aguas claras en la que hay algunas casas y, al fondo, el hotel Caliente Tours, en el cual decidimos quedarnos a pasar la noche. Fue aquí donde Pete Manjarrés, sonero Guatemalteco, murió enhebrado exacto en el corazón por la espina de una manta raya a la que le estaba faltando al respeto. Igual que le ocurrió al cazador de cocodrilos.

Nos acomodan bien en una verdadera cabaña con un balcón, con una mesa, en la cual puedo contestar algunos correos y hasta redactar un concepto, utilizando el computador con internet a través del celular de Felipe, aparatico que, dicho sea de paso, ha resultado extraordinario, con sus mapas y GPS.

Lo que me trae al tema de los mapas. Hace algunos años, hasta los 90s, más o menos, cuando se viajaba, uno llevaba un mapa en papel, dificilísimo de volver a guardar de la forma original. Pero era fantástico andar por ahí ubicándose en el mapa, lo cual implicaba entrar a un café y desplegarlo en la mesa y con un esfero empezar a marcar la ruta, etc. Luego el asunto se daba vuelta en la cabeza y a volver a comenzar. Pero era la única manera. Hoy con los GPS la ubicación se ha facilitado cantidades. Es una de esas cosas que se consideraban “que tal que hubiera un aparato que…”. Por supuesto que el celular es otra de esas cosas extraordinarias, pero ya nos acostumbramos y cada vez le reclamamos más y más accesorios. Las oficinas de correo en las que se enviaban telegramas o se pedían llamadas, y los mapas en papel, van quedado en el baúl de los recuerdos. ¿Se acuerdan lo difícil que era sacar el mapa en el kayak con el bamboleo de las olas, desplegarlo sosteniendo el remo con la barbilla, sin que se mojara y hacer anotaciones con un lápiz?

Mientras transcurre la tarde se contempla, se bebe algún ron, y cuando llega la hora de comer la cazuela, se la come. No es más lo que se puede hacer en estas giras deportivas. Las manos van llenándose de ampollas y debe utilizarse esparadrapo. El problema es que al quitarlo sale con algo de piel.

 

Etapa tres.

A las 7am en punto ya estamos remando, después de un excelente desayuno con arepa de huevo y café con leche. Surge una discusión interesantísima sobre si deberíamos dar la vuelta a la isla arrancando hacia el oeste o hacia el este. Para mi debía ser hacia el oeste y girar rumbo sur, sur este, para encontrar la punta de Barú. Me parecía que estábamos muy cerca del extremo oeste, pero no contaba con que la isla es más ancha en esa parte y, además, su posición, respecto de Barú, hace que este extremo esté más lejos de Barú que el otro, el cual finalmente tomamos. Verificado después en el mapa resultó que de la forma en que lo hicimos fue 200 metros más corto. ¡Magnífico! No es fácil medir distancias a ojo en el mar, porque desde lejos uno no tiene una apreciación adecuada de si la isla o costa de destino está inclinada o no respecto de la línea de la cual uno sale. Y está la deriva de la embarcación y todas esas cosas, que hacen creer que se está viajando en línea recta cuando en realidad lo termina haciendo en semicírculo.

Una maniobra aparentemente elemental en el kayak, como es la de llegar a una playa con rompientes, así sean pequeñitas, en muchas ocasiones termina con un vuelco poco elegante. Nunca la he realizado en una playa con rompientes grandes. A lo mejor es conveniente bajarse antes y llegar con el kayak a la sirga.

Cruzamos. Bahía Barbacoa, siempre resguardada de los vientos del norte, prevalentes, y, a partir de diciembre, y hasta abril o mayo, bastante fuertes. Son los Alicios o Trade Winds. Debemos remar unos 17 kilómetros más y encontrar el hotel Baruchica. En algún momento nos abrimos demasiado de la costa y tuvimos que hacer un esfuerzo por recuperar un rumbo adecuado. Nos acercamos a un complejo de construcciones, que desde lejos parecía un hotel, pero resultó ser un laboratorio de investigaciones marinas más o menos abandonado. ¿Más o menos? Diría un extranjero, “¿Está o no está abandonado?” Más o menos, contesto, aquí no somos tan claros; nunca actuamos de manera radical, sino ahí, aquí nadie tiene razón, sino que depende, la gente manda, pero no totalmente, hacemos las cosas a nuestra manera, vamos por etapas, en todo. Democracia, pero no total, castigos fuertes, pero no efectivos, jodidos, pero felices, así.”

Así que reanudamos la búsqueda con la ayuda del GPS, el cual indicaba que estábamos bastante cerca. Al sobrepasar el último cabo nos orillamos bastante y le preguntamos a un lanchero por el hotel y nos dijo: “más allá de la cabaña aquella”. Pero pasamos la cabaña, en la que había un letrero de “Perros bravos” y del hotel nada. Paramos nuevamente a consultar el GPS y nos indicó que estábamos a unos 200 metros pero que ya nos habíamos pasado. Así las cosas, decidimos hacer tierra y salir a la carretera que pasaba muy cerca y caminar los 200 metros. Un mototaxista nos dijo que en la siguiente curva. Pero nada. El GPS nos informó que nos habíamos pasado otra vez. Es decir, el hotel fantasma. Utilizamos silbidos en el único portón que se veía, pero nadie contestó. Maluco el bejuco. ¿Qué hacer?

Finalmente alguien salió desde la casita del fondo y nos indicó que era allí. ¡Bravo!

Es un establecimiento ecológico. No venden bebidas artificiales y su dueña, amable, nos acoge y nos atiende, pero, desafortunadamente no tiene habitaciones disponibles. Nos ofrece cuidar los kayaks y nos recomienda con un taxista que nos llevará nuevamente a los cambuches de Playa Blanca. Y nos cobra durísimo. ¿Cómo habría sido sin la recomendación? Aquí al turista se le saca todo lo que se le pueda sacar, sin remilgos, que ya se verá si vuelve o no vuelve ¡Qué carajo! Y muchos de los turistas tampoco largan mucho dinero que digamos, pues vienen a mendigar comida y fumar mariguana. ¡En fin!

La playa es blanca y el turismo es de cualquier color. A las señoras las bajan cargadas de las lanchas o el lanchero les hace escalera con su pierna derecha. Una vez abajo cada cual se divierte con sus fotos y sus gritos y su baño de mar. Es bonito. Parece que el gobierno quiere hacer una infraestructura turística para organizar el caos pero, como es natural, los actuales ocupantes no están dispuestos a ceder sin dar la pelea. Debería ser algo que los incluya. Sería bueno algo menos salvaje, más higiénico. Es decir, rústico y natural, pero no tan cercano a la no participación humana.

Debo contarles que mi primo está vendiendo unas plantas purificadoras de agua, salada o no, que podrían ser la solución en sitios como éste. La noche antes de la salida mi hermano nos contó que es prácticamente socio del proyecto del primo, quien a su vez está asociado con un empresario de Barranquilla y entre ambos tienen contactos y toda una estrategia de ventas. Cinco millones de dólares por planta, lo cual arroja unas comisiones como para cambiar de vida.

Pues resulta que conversando con el dueño del cambuche en el que nos decidimos quedar en esta ocasión vino a colación el asunto de las máquinas y nos dijo que uno de los que iba a visitarlo esa tarde, por lo del cumpleaños de su hijita, era miembro de concejo municipal o algo similar en el corregimiento y que por tanto deberíamos hablar con él, lo cual hicimos. Inmediatamente llamamos por celular a mi hermano y él se comunicó con el primo y éste con el socio de Barranquilla, el ingeniero, y al momento ya teníamos una cita en Cartagena para una reunión de carácter técnico.

¿Por qué razón escogimos este alojamiento cuyos cambuches están precisamente encima del bar, en el que hay un equipo de sonido? Creo que le creímos a la tía del señor, una que prepara buenos pescados fritos, cuando nos dijo que el equipo se apaga a las 6pm. Lo que no manifestó con claridad es que el sobrino nos iba a pedir una extensión de la hora, por lo del cumpleaños de la hija, solo hasta que lo consideráramos razonable pero que de todos modos después de las 6 él le bajaba el volumen. Pero dar la “orden” de apagar el picó a las 8pm, cuando los 10 contertulios del hombre están en lo mejor de las anécdotas no es del todo fácil. Solo hasta las 12am tuve la carga suficiente de decisión de exigir el fin de la fiesta y ¡oh sorpresa! Se acabó de inmediato sin reproche alguno.

Al día siguiente el dueño del cambuche no se levantó porque estaba enguayabado y los personajes interesados en las máquinas nunca llamaron.  Le comunicamos a mi hermano de cancelar la reunión, pero el ingeniero de Barranquilla mandó decir que él viajaba de todos modos para explicarnos el asunto a nosotros. Muy bien.

Etapa cuatro.

Llegamos bien temprano al hotel Baruchica donde nos recibió la dueña con jugo y desayuno ecológico, pero Felipe no pudo con nada porque el estómago le estaba jugando una mala pasada desde la madrugada. Ya en el mar al poco tiempo lo atacó el vómito, la debilidad fue manifiesta, y hubo de retirarse a la embarcación de apoyo. Hice el resto de la jornada en representación del equipo.

Caño Lequerica contra la corriente. Bordeado de bella y exuberante selva siempre constituye un pasaje inolvidable. Al salir al Canal del Dique se siente el gran rio y la corriente a favor anima. Pero ya es una vía habitada, con embarcaciones en las orillas y proyectos industriales. Nos cruzamos con un remolcador enorme con cuyo capitán intercambio gestos de saludo. A través de ellos nos hicimos colegas, gente de mar, aventureros. Así son las cosas aunque usted no lo crea, así son.

Al final del Canal empiezo a buscar un sitio donde estirar las piernas para entrarle con fuerza al último tramo de 12 kilómetros hasta Castillogrande, pero el sitio previsto no está disponible por cosas de la marea o qué se yo y, al llegar a la Bahía imagino erradamente que a mano izquierda debería haber alguna playita, pero no, este lugar es un fangal inmundo en el que es imposible hacer pie, de manera que debo retomar el rumbo, hacer un corto transbordo a la lancha, desde la cual, me informan es ese momento, me habían estado haciendo señas para que no me fuera hacia donde me fui. ¿Ves?

Cruzo a Caño de Oro, bordeo esta parte de la isla de Tierrabomba y al llegar a la punta enfilo hacia la playa de partida. Hay dos buques de carga anclados en la zona, los cuales sirven de referencia sicológica, pues una etapa es hasta el uno, la otra hasta el siguiente y de ahí una tercera hasta el punto de destino.

Cuando uno ve desde lejos una embarcación de remo en el mar parece quieta y cuando empieza a notar su desplazamiento, su movimiento es constante, apacible, absolutamente desligado de la sucesión de movimientos musculares que hace quien va en ella. No es cuestión de uno, dos, uno, dos, sino de una especie de “punto en movimiento”, sin más explicación. Es sin duda, la diferencia entre el espectador y la experiencia.

Las pequeñas cosas inútiles que disfrutamos.

Tres cosas adicionales: No sé si alguien le ha dado la vuelta al mundo en segway: Sería perfectamente inútil, encantador. Las otras dos se me olvidaron mientras escribía la primera. Pero Bueno, una cuarta sería el hecho de que en alguna parte de este viaje fuimos perseguidos por una jirafa. Tal como suena, por una jirafa llevada a una hacienda cerca del mar. Sirvió como maleta para un importante transporte de drogas, pero no prohibidas sino de simple acetaminofén. ¿Para qué? No lo dijeron, solo nos lo contaron y nos entregaron la película, pero ésta se mojó y la botamos. Es decir, no hay prueba alguna, pero estoy seguro de que me creerán, porque no me voy a poner a inventar cosas ¿para qué?[1]

2013, diciembre, inicios.

 

 

[1] Se podría considerar contradictorio que una jirafa, animal de cuello largo y corazón grande, persiga a navegantes en kayak que van por el mar, pero ha de tenerse en cuenta que no toda persecución es lineal, sino que puede perfectamente consistir en acoso. Sale en un cabo y amenaza, deja saber que estará esperándonos en la playa donde descansemos. Hay casos documentados de eventos en los que la jirafa, a base de presencia e inquina hace que las embarcaciones vuelquen y espera en la costa la salida del agua del navegante. También, casos de situaciones en las que de noche, cuando el marino duerme en un cambuche elevado, la jirafa toma ventaja de su extenso cuello y logra su objetivo.

 

Por supuesto, la película a la que se hace mención es la relacionada con lo de la droga, pues no hubo nunca filmación de la persecución. De todos modos, en este caso lo que hicimos fue, en uno de los descansos, alquilar una carabina a un soldado y reventarle la cabeza al extraño cuadrúpedo. Con el cuello se hizo un tótem y con la piel del cuerpo el jefe de la tribu se hizo un traje ceremonial; este es el único jefe tribal de esta zona que tiene traje de jirafa para eventos especiales. Otros, en ciertos lugares del mundo, utilizan piel de tigre, pero esto es demasiado evidente, casi infantil y, se ha dicho, que poco serio.